Sacó un USB del bolso y se metió debajo de la mesa buscando la entrada en la parte trasera de la torre. El escritorio estaba pegado a otro colocado justo enfrente, y un tablón plagado de enchufes separaba ambas mesas por debajo. Dos módulos de cajones cerraban la mesa por cada lado, así que decidí jugar un poco y no dejar salir a Elena. Pero ella fue lista y como no podía esquivarme, trepó por mis piernas y se sentó sobre mi.

— Y parecía tonta cuando la cambiamos por aquel pokémon…
— ¡Shhh! Que tengo que trabajar.

Abrió varios archivos y los fue mandando a imprimir. Yo aproveché y la rodeé con los brazos y metí las manos poco a poco por debajo de su blusa. Ella siguió con lo suyo sin decir nada, pero apretó su culo contra mi polla, que estaba ya bastante dura. Le toqué las tetas por encima del sostén y le mordí suavemente la parte trasera del cuello. Me disponía a meter la mano por debajo del sostén cuando ella se levantó de un salto.

— Voy a ver si se está imprimiendo bien.
— ¿Y tienes que ir ahora?

Sonrió pícara y me sacó la lengua.

— No te hagas ninguna paja, ahora vuelvo.
— Ya me he hecho alguna mirando las fotos esas que pones en Facebook— dije mientras ella salía del despacho.
— Y más que te harás— respondió desde el pasillo, riendo.
Volvió al cabo de unos minutos y se sentó en un sofá que había junto a la pared en frente de mi y se puso a ordenar los papeles.
— ¿Y qué capricho tienes que te quedas hasta tan tarde para cobrar antes?
— Esposarte, amordazarte y follarte.

Ella se rió.

— Ya. Eso ahora, pero no cuando te has quedado a trabajar.
— Quiero comprarme un objetivo nuevo para la cámara de fotos.
— ¡Me gustan las fotos que haces! Pero casi siempre haces fotos de cosas o de sitios, casi no haces fotos de gente.
— Hago. Pero las cosas y los sitios se quejan menos si las subes a Internet. La gente a veces sí.
— Pues a mi no me importa que suban mis fotos a Internet— contestó.
— Me di cuenta de ello en el momento que te agregué.

Se puso de pie.

— ¿Y has hecho fotos a alguna chica desnuda?— preguntó mientras empezaba a desabrocharse poco a poco la blusa desde abajo.
— Pues no— mentí.
— Yo pensaba que todos los fotógrafos hacían esas cosas.
— Tengo que ponerme al día— respondí—. Una pena que no tenga la cámara aquí.
Ella dejó de desabrocharse la blusa.
— Ah… ¿prefieres que me desnude otro día?
— ¡No! Quiero decir, sí… puedes desnudarte otro día que tenga la cámara… pero podemos considerar esto un cásting…

Ella acabó de quitarse la blusa y se quedó con el sostén negro. Se quitó las sandalias y empezó a desabrocharse el cinturón sin dejar de mirarme a los ojos. A pesar de que tuvo alguna dificultad para quitarse aquellos vaqueros tan ajustados, estaba claro que a Elena le encantaba poner cachondo a los chicos. Y se le daba muy bien. En braguitas y sostén rodeó la mesa y se sentó sobre ella, justo ante mi. Levantó las piernas y apoyó una pierna sobre mi muslo. El otro lo pasó por mi cara, yo le solté un lametazo. Lo puso contra mi pecho y con un suave empujón, me alejó un poco, lo suficiente para poder estirar las piernas y bajarse un poco las bragas. Yo volví a acercarme y, con la boca, las bajé un poco más hasta que quedaron tiradas por el suelo.

Abrió las piernas dejándome ver su precioso coño, rasurado a excepción de una fina línea de pelo rubio que escalaba unos centímetros por su pubis. Me pareció momento de agradecer el espectáculo que me había ofrecido y empecé a lamerle el clítoris. Ella me apretaba suavemente con sus manos contra su vagina. Besaba sus labios poco a poco e introducía la lengua. Cuando noté que empezaba a respirar más fuerte, volví a centrar mi lengua en su clítoris e introduje dos dedos en su coño. Entonces ella se separó un poco y me hizo mirar arriba. Se quitó el sostén, no sin alargar un poco la intriga haciendo el típico gesto de taparse las tetas por debajo al descubrirlas, mientras yo seguía metiéndole dos dedos y con el pulgar masajeaba el clítoris.

Dejó caer el sostén, que quedó entre mi brazo y su muslo. Al ver esos pechos, no muy grandes pero firmes y resistentes ante la gravedad, mi primer impulso fue lanzarme a lamer esos pequeños pezones erectos, pero ella volvió a guiar mi cabeza hacia su entrepierna. De un manotazo quité de encima de mi brazo el sostén, que fue a parar más allá del ratón, y me volví a centrar en su clítoris. Inmerso estaba en el coño de Elena cuando oímos la puerta cerrarse de un portazo.

Ella se escondió debajo de la mesa y yo recoloqué teclado y ratón para que pareciese que nada había interrumpido mi trabajo. Unos segundos después, Ramón estaba en la puerta del despacho.

— ¡Me he dejado la carpeta de la presentación de mañana!
Nada raro. Una vez se fue un mes a Argentina y se dejó todas las maletas en casa. Hizo el ademán de ir hacia su despacho, y tuve la esperanza de tener un minuto para que Elena se pudiera esconder en el baño, pero al momento se giró y entró en el despacho.
— ¿Estás seguro de que quieres acabar esto ahora? No es tan urgente.
— Esta semana estaré liado con otras cosas, y prefiero dejarlo listo ya y no tener que correr en el último momento.
Mientras hablaba con Ramón, el sabor a coño de su hija se hacía cada vez más intenso en mi boca. Me pasé la mano por los labios como si eso fuese a hacerlo desaparecer.
— Bueno, cuando lo acabes mándamelo por correo, no hace falta que vengas mañana.

Dijo algo más, pero yo no estaba escuchando, porque al mirar la pantalla me había encontrado los trabajos de su hija y estaba cerrándolos con disimulo. Tenía pegajosos los dedos y estaba pringando el ratón de flujo vaginal. Entonces vi a Ramón acercarse.

— A ver, déjame ver cómo lo llevas.

Fui lo suficientemente rápido como para girar la pantalla noventa grados y así evitar que Ramón rodease toda la mesa, aumentando mucho las posibilidades de que encontrase a su hija desnuda debajo de ella. Mientras Ramón revisaba mi trabajo, hizo algún comentario que no escuché porque estaba muy ocupado bendiciendo el momento en el que decidí apagar la luz halógena y dejar encendida sólo unas pequeñas lamparitas que había sobre los escritorios, dejando una luz muy tenue. Aun así, entre los cojines del sofá podía ver la blusa y el pantalón de Elena. Eso me hizo acordarme que había apartado su sostén. Miré a mi lado y ahí estaba, sobre la mesa. Si Ramón apartaba un poco la vista del ordenador vería un bonito sujetador donde no esperaría encontrarlo.

En ese momento Elena debió empezar a aburrirse y comenzó a frotar su mano con mi polla, que a pesar de la interrupción seguía firme. Cuando miré abajo lo primero que vi fue, en el suelo, las bragas negras que había dejado caer con mi boca. Estaban fuera del campo de visión de Ramón, pero no estaban precisamente escondidas…

En ese momento decido esconder: