Me levanté de la silla y le dejé que usase mi ordenador. Ella se metió debajo de la mesa buscando la entrada del USB en la parte trasera de la torre, mientras yo me deleitaba mirando el magnífico culo redondo que se escondía bajo esos tejanos apretados. Salió quejándose trepando por la silla.

— Si algún día diseño un ordenador, recuérdame que ponga el USB en la parte delantera— dijo.
— No te lo recordaré. Me ha gustado que esté detrás.
— A veces eres raro— dijo ella sin entender que me refería a las vistas de su trasero— pero bueno, si te gusta tirarte por los suelos, puedes hacer la croqueta aquí mismo.
— No gracias, estoy bien de pie.

Ella abrió varios archivos y los mandó a imprimir. Se levantó de un salto y fue hacia la sala en la que estaba la impresora. Me volví a sentar en la silla, que ahora tenía un cierto aroma a Elena. Entonces llegó un quejido.

— ¿Puedes volver a mandarlos a imprimir? Esta mierda se ha atascado— gritó ella.

Lo hice y al cabo de un rato volvió con un montón de hojas impresas y las manos manchadas de tóner.

— ¿Has matado a alguien? — pregunté.
— Ganas he tenido— replicó—. Voy al baño.
— ¿Puedo espiarte mientras te duchas? — pregunté.
— Creo que me valdrá con lavarme las manos— dijo—. Pero puedes mirar si te da morbo.

Me sacó la lengua.

— La ducha sonaba más interesante…

Se fue al baño y volvió al cabo de un par de minutos.

— Tengo que irme que he quedado para tomar algo y llego tarde.

Metió sus trabajos en una de esas carpetas que tienen el logo de la facultad por todos lados como si fuera un coche de carreras. Se acercó a mi y me plantó un beso, metió la lengua en mi boca y la sacó de sopetón.

— Venga, trabaja mucho y no te hagas muchas pajas, ¡eh!

Y se marchó. No me quedó otra opción que desobedecer su despedida.

Fin