Relato erótico leído
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Idioma: Español-España
Autora: Mari Sanchez

Mi vida funcionaba razonablemente bien. Os aseguro que es muy gratificante tener un amante artista, y sentir la tolerancia y pasión de mi marido hacia esa transgresora situación. Eso me hacía sentir reconocida y deseada. Os lo aconsejo. Dejaos compartir sin temores.

Cada día me resultaba nuevo y estimulante. Es la situación inconfesablemente deseada por cualquier mujer. Quizá estaba empezando a creerme una diosa. Pero la compleja realidad de la vida, pronto me reservaba sorpresas.

Había terminado la semana laboral. La noche del viernes se acercaba llena de las promesas de todo un fin de semana. Había invitado a cenar en casa, con mi marido, a Jordi, el pintor. Mi amante consentido y artista favorito. El domingo iba a exponer su última obra, a la venta.

El lugar, una galería de un pueblo de la costa, veraneo de ricos, cercano a una playa nudista. No se puede imaginar propuesta más provocadora para mí, ¿no creéis queridos lectores? Por supuesto había confirmado mi asistencia, pues yo misma era la temática de algunas de esas obras que alguien iba a comprar.

Jordi pidió permiso para traer a la cena a otro invitado. Un compañero suyo de profesión y talentoso dibujante de comics. Era un hombre mayor y buen amigo suyo según nos dijo. ¡Encantados!

Mi marido me ayudó a preparar la cena. Ensaladas frescas y muy variadas. Vinos selectos y cervezas. Merluza bien fresca al horno. Había costado su buena pasta, pero estaba garantizada por mi pescadero.

Mi buen marido disfrutaba con mi entrega a Jordi, que disparaba su deseo sexual y yo me sentía muy halagada y os aseguro que le compensaba con creces. ¡Mujer afortunada!

Me vestí para la ocasión. Bien cortita y escotada. ¡No podía defraudar a tantos admiradores!

Me sentía cómoda y creo que con esa elegancia que da la sencillez, cuando una dispone de una buena tarjeta de crédito y conoce las tiendas adecuadas. Presentía una gran noche y quería brillar y deslumbrar, ¿entendéis?

Los invitados llegaron puntuales. Jordi me besó sin disimulos y afirmó que estaba muy guapa. Eso siempre resulta agradable. Luego nos presentó a Carlos, el artista cincuentón. No era guapo pero sí interesante. Un hombre alto y fuerte que más tarde nos contaría que había jugado al rugby.

Quizá desde un principio sus ojos felinos no se apartaban de mí, y yo me sentía desnudada por su mirada. ¡Pero en esa noche de fiesta no me molestaba, eso era solo otro estímulo más!

La comida fue muy elogiada y la conversación resultó de lo más interesante. Carlos resultó ser un hombre de conversación amena y viajero empedernido. Hubo muchas risas. Los tres hombres compartían intereses y todos se comportaban conmigo con gran cortesía. ¡Me sentía como una princesa!

Presumí un poco de mí ya lejano pasado como gimnasta de competición. Era un tema que siempre sorprendía a los chicos, especialmente cuando descubrían que lo mío eran los aparatos, las paralelas asimétricas o la barra fija. Muy alejados todos ellos de la idea de gimnasia danza que suele relacionarse más con la mujer.

Carlos me sorprendió preguntándome por la disciplina. Las reglas de los entrenamientos y las penalidades o incluso castigos que había tenido que soportar. Me preguntó si me había entrenado otra mujer, lo cual era cierto y si encontraba a faltar su disciplina. Eso me desconcertó un poco y abandoné, pese a cierta insistencia suya, ese tema. ¡Demasiada curiosidad!

En los postres Carlos nos habló de su gran pasión: el comic erótico y pornográfico. Mi marido y el mismo Jordi se dejaron arrastrar con gran interés por ese tema, en realidad poco conocido y fascinante. La voz grave y firme de Carlos parecía habernos hipnotizado pero lo cierto es que sus palabras tenían un gran interés, al menos para una audiencia como nosotros.

Tras los cafés y alguna copa, Carlos nos invitó a visitar aquella misma noche la conocida editorial donde trabajaba. Siempre llevaba encima las llaves. Entusiasmados por aquella sorpresa y aunque era medianoche, todos nos fuimos hacia allí, confortados por la cena y los abundantes vinos.

Animados y llenos de curiosidad, alegres en el coche, nos dirigimos al edificio sede de la editorial, cuya planta baja estaba ocupada por una gran tienda de comics que de día estaba abierta al público, mayoritariamente adolescente e infantil.

De día había pasado por allí en muchas ocasiones, pero esta vez, de noche, las sensaciones eran muy diferentes. Además dentro de mí sentía una extraña y fuerte excitación sexual. No entendía qué papel jugaba en ella la presencia del robusto cincuentón, cuando también iba acompañada por mis dos hombres, hasta ayer centro satisfactorio y suficiente de mi vida.

Con su llave, Carlos abrió la puerta de entrada y se apresuró a desconectar la alarma. Cuando a la luz del día pasas por allí, apenas te invade una cierta curiosidad. Una mirada rápida como máximo a los comics de los escaparates y de curiosidad a los jóvenes, siempre escasos, del interior. A veces se podía ver algún adolescente atractivo y poca cosa más.

Carlos cerró la puerta con llave. Allí estaba yo, con los tres, tras una buena cena, intuyendo nerviosa alguna nueva experiencia. Sentía un hormigueo en la boca del estómago, ¿Qué iba a suceder?, ¿Qué descubriría, en la emoción de la noche, envuelta en su mágica oscuridad?

Mi marido y mi amante, Jordi, se adelantaron enfrascados en una conversación sobre las aventuras de Tintín. Carlos, me retuvo agarrándome por el antebrazo y con voz firme me dijo que quería enseñarme algo. Me tomó por la mano y me guió por la amplia tienda llena de estanterías, en dirección contraria,  hacia una esquina donde nacía una escalera hacia el piso superior. Subimos. Otra puerta. Otra llave. Encendió las luces.

¡Y me mostró su vellocino de oro, la sección reservada de comic erótico! Al final, otro despacho amplio, su mesa de trabajo y las estanterías con su obra. Yo temblaba, nerviosa entendí que iba a sufrir una iniciación en aquel mundo hasta ahora desconocido para mí.

Primero me mostró diferentes autores, al parecer famosos en su especialidad. Aquello, agarrada a su fuerte mano, me provocaba una intensa emoción, un descubrimiento. ¿Cómo el mundo podía funcionar sin conocer aquel arte?

Había dibujos muy bien hechos. De un realismo y exactitud que no esperaba encontrar en ese género. Pronto me di cuenta de que la expresividad de aquellas escenas sin censura, permitía ver lo que solo habita en la imaginación. Carlos me introducía, cada vez más cerca de mí,  en una fantasía prohibida y deseada. En nuestros sueños más inconfesables y sin embargo secretamente buscados. En una clara orgía del placer desenfrenado.

Sin dejar mi mano, me los iba mostrando. Tomaba algunos y los abría por las páginas que justamente me incomodaban y atraían. Los depositaba sobre una gran mesa repleta de estanterías por debajo.

Me di cuenta de las grandes posibilidades de aquellos dibujos, de aquel arte. Con ellos se podían expresar sensaciones y circunstancias de gran intensidad sexual, casi irrepetibles en el mundo real. Empecé a sentirme fascinada por aquel desconocido exceso. Dibujos de sexo brutal. BDSM. Fantasías excitantes. Deseos inconfesables allí expuestos con total libertad. Un mundo libre de convenciones.

De pie ante su mesa de trabajo, solos los dos, perdidos mis hombres, tras la introducción me iba a mostrar lo que deseaba, su propia obra. Le agradecí la confianza, aunque le manifesté que en lo visto hasta entonces, la mujer era mostrada en un papel muy sexual, muy viciosa, exhibicionista, objeto del dominio del macho.

Ambos de pie, inclinados sobre la mesa llena de pecado. Las explicaciones de aquel hombre mayor. La seguridad con que me hablaba. Pasó a mostrarme uno de sus comics de BDSM. Era duro, al menos para lo que yo sabía o imaginaba. Una bonita mujer era iniciada y educada en la sumisión. No pude evitar estremecerme con la visión de aquellos dibujos.

Aquel cincuentón fuertote y vigoroso, se puso a reír y allí de pie, me agarró con fuerza y me besó. ¡Cómo me gustó su decisión! Me sentí excitada y llena de deseo. Le entregué mi lengua llena de deseo.  Él dirigía, desde atrás me besó y mordisqueó en la nuca. Una mano me acarició el cuello y la otra me acarició las nalgas subiendo bajo la falda e intentaba abrirse paso entre mis muslos hacia arriba hacia mis braguitas. Yo apreté fuertemente los muslos para cerrarle el paso, aunque sentí una punzada de placer al hacerlo.

-¡No! – supliqué excitada y confusa.

Carlos me dijo, aumentando la presión sobre mi nuez de Adán:

-Qué prominente, es casi masculina. Un capricho de la naturaleza. ¿Nunca te han tomado por aquí? ¿Nunca te la han agarrado bien? ¿Sabes que puede provocarse aquí el placer de la asfixia?

Y oprimiéndola un poco más fuerte, me mordió en la nuca, como un león a su presa.

Mis muslos aflojaron toda tensión y su mano subió, apartó mi braguita y se abrió paso entre mis evidentes humedades, hasta localizar diestramente mi clítoris y empezar una danza continua de expertas caricias sin fin. Me sentí –perdonad- muy guarra.

-¿Sabes que tu clítoris es muy prominente y tieso?, ¡Parece un pequeño pene! Me gusta.

Sabía acariciar. Mucho, como me lo haría otra mujer. Estaba en sus manos. Como si me cayera por un negro pozo sin fondo. Temía y sentía. Un placer intensísimo. Temía haber encontrado a mi destino.

Era un maestro. Así, acariciándome con una mano, pegado a mí, sin dejarme hacer nada, disfrutando de su fuerza, de su dominio sobre mí. Usándome, inmovilizada como a una corderilla, abrió ante mi sus dibujos, su orgullo, su triunfo.

Era la historia de una hermosa mujer iniciada por su maestro en BDSM.

Ella era muy atractiva. Era humillada y sometida. Obligada, con su consentimiento, a la sumisión, a la entrega absoluta. Deseaba experimentarla, quería entregarse.

Sus pechos eran bellísimos y bien formados, con tiesos y enormes pezones siempre visibles entre sus transparencias, el látex ritual o simplemente su desnudez absoluta.

Su maestro era fuerte, masculino y no conocía la piedad. Sabía lo que a ella le gustaba y la guiaba en un mundo nuevo y terrible pero que también en mí despertaba una gran atracción.

El dolor controlado y el miedo eran un inusual y desconocido estímulo de inusitada potencia. Ejercían en ella un efecto adictivo que la llevaban a buscar nuevos retos, cada vez mayores, en manos de aquel dueño experto, al que yo ya identificaba con Carlos.

Me sentía desfallecer, casi desmayada de placer. Sus explicaciones y preguntas. Y cuando sentía la proximidad de mi orgasmo me conminaba a resistirme a él y a esperar más adelante su autorización. Creo que yo ya estaba instalada en una especie de estado orgásmico continuado. Fascinada y entregada.

Aunque él parecía desearme inmóvil y pasiva, yo busqué con mi mano sus pantalones, y sentí esa gran prominencia. Me la dejó introducir y sentí que era enorme. ¡Muy grande! Él se dio cuenta de mi gesto de sorpresa, mi boca entreabierta y de mi deseo.

Quizá siempre había esperado algo así. Me mareé. Me sentí morir. Me gustaba cogérsela, sentirla en mi mano. Hasta entonces creía que mi marido no estaba mal, pero aquello era inaudito. Deseé ese pene.

Y el modo en que me trataba. Sin duda era un hombre de verdad. ¿Qué querría de mí?

Me estaba tomando, sin penetrarme. Sus intenciones y deseos no eran claros, pero sentía que toda aquella diferencia me fascinaba. Quizá me estaba enamorando.

Me quitó el vestido y yo le dejé hacer, expectante, casi temblorosa, ardiente. Me pidió que levantara los brazos, como si estuvieran atados arriba. Mis pechos quedaban realzados. Mis pezones tiesos. Me dijo: Una buena pose. Quiero dibujarte. Hacer una serie de comics. Serás perfecta. Una buena esposa sumisa. ¿Te gusta la idea?, ¿quieres? Sin esperar a mi respuesta prosiguió.

Entonces me extendió sobre la mesa, delicadamente, como si me depositara. Desorientada noté que hábil y rápidamente me había esposado a la pata del otro lado. Yo estaba extendida, expuesta e indefensa. Gimiendo, le dejé hacer.

Se acomodó para seguir acariciándome, ahora seguro de mi gran placer clitoriano. Me contemplaba y con la otra mano agarró con firmeza mi garganta y sin dejar de acariciarme abajo, empezó a asfixiarme. A controlar mi respiración con evidente placer. Aflojaba antes del límite y volvía a oprimir. Sin duda era un experto. Y yo, una novata fascinada. Entre las nubes, me habló:

-Vas a ser mi modelo. Te tomaré durante seis meses. Te voy a educar en la sumisión, y luego ya veremos. He visto que te fascina el BDSM, como yo lo siento y dibujo. Pero temes. Me gusta tu miedo. No te dejaré marcas permanentes. Sería un pecado en este cuerpo. Pero sí que algún día volverás a tu casa con las nalgas rojas, por unos cuantos azotes, necesarios, o unos latigazos sobre tus labios y pubis.

-Será un bonito distintivo efímero de tu entrega y una muestra de a quien perteneces.

-¿Imaginas volver a casa y pedirle a tu marido que te aplique una crema para aliviarte las rojeces que traerás entre las piernas, en tu culo o en el pecho?

-¿Te ves pidiéndoselo mientras te desvistes delante de él, exponiéndole palpablemente, sin palabras, que has sido forzada y sometida por mí? Luego le dirás lo bien que te has portado, como una buena esposa sumisa, complaciente con su amo y Señor. Contarás como has hecho todo lo que se te ha ordenado. Que lo has aceptado todo y más que ha salido de tu voluntad sumisa, para satisfacerme.

Yo me sentía caer en un pozo profundo y negro. La excitación y el vicio disipaban mi voluntad. Nunca había sentido una humillación tan placentera y profunda. Estaba instalada en un placer continuo, respirando con desesperación entre picos de un gran placer sexual, que poco a poco me convertía en otra persona. Quizá en un animalillo. Sentía como el deseo y el vicio se apoderaban de mí. Ya no pensaba, solo sentía y me gustaba esa vida. Sentir en la excitante oscuridad, en manos de aquel Señor poderoso y cruel que me estaba tomando. Y yo no sabía ni me importaba hasta donde me llevaría. Quería entregarme. Cruzar aquella puerta de destino incierto.

Prosiguió: -si fueras mi esclava te marcaría. Entonces sí. Pero sólo voy a entrenarte para que tú misma y otros puedan gozar de ti.

Entonces se dirigió a mi marido, que estaba masturbándose visiblemente, contemplando con Jordi el espectáculo. Yo no me había dado cuenta porque ambos estaban en silencio desde que habían llegado. Impactados por el espectáculo. Por lo que me estaban haciendo y yo aceptaba. El Amo prosiguió:

-Mañana prepararé un contrato formal. Lo firmaréis tú, tu marido y en este caso incluso tu amante. Los tres. Tú vendrás a vivir conmigo. Yo te acompañaré al trabajo cada día y te recogeré. En estos seis meses serás mi modelo y mi aprendiz. Me ingresarás íntegro tu salario. La mitad para la ropa que yo elegiré para ti y la otra mitad para gastos de manutención. Vivo del arte y no soy rico como tú. Te vas a vestir como yo decida y también te llevaré a un sex-shop, para elegirte fantasías y artilugios que vas a necesitar. Deberás probártelas allí mismo, en medio del local.-soltó con una carcajada.

-En estos meses, se acabaron las relaciones sexuales. Yo elegiré con quien y como, ¿habéis entendido todos? Te educaré en la sumisión, y deberás aceptar y hacer cosas aunque no te gusten o te ocasionen dolor. Este es tu problema, debes ser sometida.

Y dirigiéndose a mi marido: -Habrá algunos días en que te la traeré a casa o tendrás que ir tú a recogerla al trabajo. Fuera del trabajo no tendrá relación con otros hombres o mujeres, salvo los que yo elija y decida. Me interesa explorar su bisexualidad, que intuyo muy fuerte. Debes saber que más adelante la entregaré a otras personas. Y que su fuego crecerá hasta convertirse en un volcán en permanente deseo.

Dentro de seis meses te la devolveré y su valor será enorme por la educación recibida. Una sumisa culta, de clase alta, bien educada, no tiene precio en el mercado.

Ya decidirás lo que quieras hacer con ella. Podrás incluso venderla si te apetece. Tendrás clientes dispuestos a pagar fortunas si así lo decides. Pero eso ya será cosa vuestra.

También podría ocurrir que deseáramos hacer de ella una pequeña esclava. Eso sería muy duro para esta criatura, pero todo puede hablarse llegado el momento. Yo tampoco quiero encapricharme de ella. Necesita ser educada sin piedad. Para su bien.

Y dirigiéndose a Jordi: -No sé de dónde has sacado a esta perra distinguida y madura. Es muy inocente para su edad. Normalmente son más jóvenes, pero debe de ser algo tontita, quizás por ser de los barrios altos. No haré excepciones contigo, no te hagas ilusiones. Hoy mismo me la llevaré a mi casa, quiero empezar cuanto antes y no te acercarás a ella mientras dure su entrenamiento. La voy a hacer bajar todos los peldaños de la escalera de su dignidad de niña pija, de hija de papá. ¿Cómo no le has dilatado el culito? ¿No le has enseñado ese placer todavía? ¡Parece una niña! Tendré que usar dilatadores para prepararla. Ese va a ser mi privilegio, pues duele y humilla y haré que le guste y lo desee como nunca ha llegado a imaginar. Mira como le gusta que la acaricie. Mira como le excita la asfixia. Será una buena perra.

-Es un sueño. Quiero someterla como jamás ha podido imaginar. Será un placer para mí. Y una suerte para todos vosotros, también para ella.

Ya os la traeré el domingo a tu exposición. Te ayudará a vender a buen precio, ya lo verás. Id los dos y firmaréis con ella. Ahora dejadnos, se acabó para vosotros el espectáculo.

Cuando ellos se fueron. Sin esperar más, se abalanzó sobre mí. Con brutal fuerza me penetró con su enorme pene, animal. ¡Me moría de ganas! ¡Grité y gemí, poseída con el mayor placer que había sentido! Me sentía rezumar, atravesada por aquel gigante al que deseaba con todas mis fuerzas.  Así una y otra vez, hasta llegar al orgasmo. Y vuelta a empezar, hasta el siguiente. Él también. Sentía su deseo y su gran fuerza. La noche me abría a una nueva vida desconocida para mí.

Dos días después, me llevó a la exposición de Jordi.

Casi la mitad de lienzos eran desnudos míos. Me había tratado con mucha condescendencia. Todo lo positivo estaba realzado y mis defectos ocultos. Pero os diré que tampoco se alejaban tanto de la realidad. Me sentí muy halagada y ufana. Muy bien. Me encantaba aquella elegante exposición, aunque evidentemente era en sí misma una transgresión, lo que le confería un considerable morbo.

El público era en su mayoría adinerado y considerablemente culto.

Yo alucinaba al imaginar los salones y despachos donde se colgarían aquellos cuadros y me sentía húmeda solo de imaginar las miradas de tantos desconocidos como sin duda atraerían. Me excitaba y me gustaba esa idea. ¿Qué preguntas se harían acerca de aquella mujer, desnuda y misteriosa, desconocida, que había posado en los cuadros?

Continuará…