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Relato erótico leído [CPD_READS_THIS] veces
Tiempo de lectura estimado: 15 minutos
Fotografías:
2
Idioma: Español-España
Autora: PecositadeZ

Este relato está inspirado en dos grandes profesores. Ella se llama Vera y es una señora que ha pasado ya los cuarenta. Tiene el pelo corto, de tono negruzco, y un cuerpo fibrado que no denotaba su edad. Solía maquillarse los labios de un rojo que se acercaba al color morado, lo que daba a sus facciones un aire de depredadora que desde el primer momento que la vi, y junto con su forma de caminar y de mirar a los alumnos, me hizo pensar que era Dominante. Su compañero en la asignatura era el señor Salín. Ni siquiera sé su nombre, todos le llamábamos por su apellido. Tenía más o menos la edad de Vera, quizá fuera algo mayor, tenía el pelo corto con alguna entrada, una espesa barba negra y una constitución fuerte que impresionaba también en conjunción con su altura y la prominente tripa siempre encerrada tras camisas discretas. Lo que más me gustaba de él era su voz: una voz grave y profunda, de verdadero hombre como los que ya no quedan. Vera también le debió encontrar su encanto porque ambos mantenían una relación sentimental que era un secreto a voces.

El día 23 de junio jamás saldrá de mi memoria. Todos nos arremolinamos delante de la puerta de clase en la que habían colgado un par de folios con las notas de los de clase. Yo tenía buenas vibraciones, que se rompieron de golpe al vislumbrar un 4’5. No me lo podía creer. Aparté a la gente a empujones y me quedé pasmada delante de mi nombre y mi nota. Los releí lo menos cincuenta veces para asegurarme de que no me estaba equivocando. No me podía permitir pagar los 400€ que costaba la segunda matrícula de su asignatura, por lo que me apresuré a ir a su despacho. Llamé con fuerza, movida por la rabia de saber que mi examen podía estar aprobado. Raspado, sí, pero aprobado. La voz calmada de Vera me dio paso y abrí la puerta, cerrándola tras de mí con energía.

–Siéntate, Sandra.

Toda mi decisión se esfumó cuando Salín habló con aquella voz que me hacía estremecerme entera, y más aún con la mirada de Vera clavada en mí. Ella estaba de pie tras él, que revisaba papeles en la mesa del despacho. Aproveché el tiempo que tardé en sentarme para intentar recordar a qué había ido yo allí.

–Yo… querría ver mi examen.

–La revisión de exámenes es el día 26.

Salín me miraba inexpresivo, como una roca. Me hizo dudar. “Qué cojones estoy haciendo aquí” me decía a mí misma “qué coño voy a decirles”. Tragué saliva y me aparté un mechón de pelo castaño de la cara para colocarlo tras la oreja, nerviosa.

–Lo sé, pero pensé que…

Toda mi elocuencia, toda mi seguridad se esfumaba delante de aquellas eminencias en la materia. Me sentía mucho más pequeña de lo que en sí ya era, y sólo acerté a bajar la vista y a echar la silla hacia atrás para irme.

–Perdón.

Apenas me dio tiempo a levantarme cuando Vera me sujetó suavemente por el brazo. Me miraba con cierta ternura, aunque tenía los labios fruncidos de tal manera que me pareció un ave rapaz a punto de saborear una nueva presa

–Espera –me pellizcó la mejilla con cariño, un gesto demasiado familiar que me desconcertó por completo y me hizo quedarme parada, empezando a sonrojarme y de nuevo puse la vista en el escritorio –La nota que tienes es merecida. No tenemos aquí los exámenes, pero te aseguro que no vas a encontrar una calificación injusta.

Me encogí de hombros, incapaz de responder todas las enfurecidas palabras que se me pasaban por la mente. Salín debió darse cuenta de la rabia que se me acumulaba dentro quizá porque, aunque yo no fuera consciente, estaba apretando los dientes con fuerza.

–Estás a tiempo de subir nota, Sandra.

Su voz grave hizo que me estremeciera y, por el rabillo del ojo, pude ver a Vera bajando la cara para ocultar una sonrisa que casi se me hizo malévola. A pesar de que de haber grabado la conversación no se extraería nada raro, yo notaba que algo raro pasaba. Hubo un silencio que resultó una confirmación para ellos. Yo estaba realmente paralizada, no sabía qué hacer, sensación que se acentuó cuando Vera colocó su mano en mi hombro y poco a poco descendió hasta acariciar mis clavículas. Creo que dejé de respirar mientras su mano avanzaba cuerpo abajo, acariciando mis pechos por encima de la camiseta, por el ombligo pasaba después y según se dirigía despacio a la ingle alcé la vista. Los ojos claros de Salín me escrutaban con interés y, al ver mi mirada de estupefacción, sonrió de medio lado. Vera se detuvo justo en el punto donde se encontraba mi clítoris y retiró la mano. Estuve a punto de protestar, lo cual me sorprendió a mí misma más de lo que podríais imaginar.

–¿Y bien, Sandra?

–Yo…necesito aprobar esta asignatura.

Creo que ellos se dieron cuenta de que les tenía casi tantas ganas como ellos a mí. El gesto de Vera me había dejado tan sorprendida que ni siquiera notaba que mi cuerpo estaba excitado. Por suerte eso cambió cuando empezó a desabotonar con sus hábiles dedos mi camisa. No apartaba los ojos de mi cara, pero yo era incapaz de mirarla a pesar de su insistencia. Sus uñas me hacían cosquillas en el torso, pero todo quedó eclipsado por la vergüenza que sentí cuando me retiró la camisa, pegando su piel a la mía y la dejó caer al suelo. Salín nos observaba sin tomar parte, a pesar de que yo deseaba con todas mis fuerzas sentir sus rudas manos sobre mi piel y su voz en mi oído. Respiraba tan agitadamente que mi pecho subía y bajaba tras el sujetador rojo. Vera se apoyó en la mesa y se cruzó de brazos.

–Quítate el resto, Sandrita.

Odiaba que me llamaran así, pero me veía incapaz de negarme. Me agaché para quitarme las zapatillas y los calcetines y después me puse en pie para desabrochar los vaqueros. Dudé un momento antes de bajarlos. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Me había vuelto loca? Mi conciencia parecía dispuesta a dar guerra, pero mi cuerpo iba por libre y los pantalones cayeron al suelo. La mirada de Salín hizo que me humedeciera por completo, casi se me olvidaba que existía la mujer ante los ojos salvajes de mi profesor. Le miré y me mordí el labio, ansiosa. El coño entero me cosquilleaba.

–Llevas una preciosa ropa interior de puta. –Vera, otra vez. Parecía que Salín era de piedra. Yo me moría de ganas de oírle hablar, de oír un cumplido hacia mí o hacia mi cuerpo. –Pero te he dicho que te quites todo.

Necesité varios intentos para desabrochar el sujetador, que parecía resbalarse entre mis dedos. Lo dejé caer al suelo, intentando no pensar en que estaba semi-desnuda ante mis profesores. Para cuando empecé abajar el culotte rojo de encaje y a mostrar mi coño completamente depilado, mi cara ya tenía un intenso tono rojo. La notaba arder y las manos me temblaban de la mezcla de nervios y vergüenza. Ellos no decían nada, lo que aumentaba mi tensión, y yo permanecía allí de pie, con las manos unidas tras de mí y la mirada gacha. Necesitaba tanto que Salín hablara… Sin embargo fue de nuevo Vera la que me habló.

–Date la vuelta

Obedecí, claro, sin pensar. Ver la puerta del despacho hizo que todo pareciese más irreal. Entonces noté a Vera acercarse a mí, pero no me sentí capaz de girarme para mirarla. Tuve que contener un grito de sorpresa cuando su dedo índice acarició mi raja con suavidad. Recorrió toda la extensión hasta llegar al ano y regresó para hundirse suavemente en mi húmeda cavidad. No pude evitar gemir suavemente con los ojos cerrados.

–Es tal y como decias, cariño, está empapada.

Él había hablado de mí. Pensaba en mi como una zorrita empapada y lujuriosa que le observaba con ganas de ser empotrada contra la pizarra mientras él daba clase. Gemí de nuevo algo más fuerte y Vera me recompensó hundiendo dos de sus dedos en mi interior. Sentí mis piernas flaquear, de espaldas a ellos y sintiéndome tan cachonda que tenía ganas de restregarme contra su brazo, de dejarme follar como fuera y con lo que fuera por aquella pareja de pervertidos.

–Deja que se corra.

La voz de Salín me hizo temblar. Vera introdujo otro dedo más y aceleró sus movimientos. Inconscientemente llevé mi mano a mi clítoris y lo acaricie en círculos, sintiendo un torrente de placer por todo el cuerpo que Vera cortó con un azote. Ella llevó su dedo a mi boca y yo lo lamí con fruición, sabiendo que iba a acariciarme como yo deseaba.

–Que se gire. Quiero verla la cara.

Vera sacó su mano de mi interior, produciédome un quejido de disgusto y me instó a darme la vuelta. Apenas me había colocado de nuevo frente a mi profesor cuando su mano se hundió en mi interior con una fuerza animal. Me apoyé en el escritorio, temblando y gimiendo y alcé la vista para encontrarme con la mirada de Salín fijamente clavada en mi boca. Me mordí el labio notando como mi coño empezaba a chapotear de lo caliente que estaba. Sabía que iba a empapar el suelo entero y protesté debilmente, con los ojos cerrados, incapaz de seguir aguantando.

–No, por favor… no quiero mojarlo todo… por favor, para…

Mis débiles súplicas hicieron que Vera se riese burlándose de mí y que sus movimientos se acelerasen. Sus labios se posaron suavemente en mi cuello. Yo no podía más, pero mi vergüenza seguía siendo mayor que mi excitación. No pude evitar, por un momento, abrir los ojos y, con el pelo desmadejado y la boca entreabierta en un suspiro de placer, mirar a Salín. Él mantuvo mi mirada haciendo que me estremeciera.

–Hazlo.

No pude aguantar el grave tono de su ronca voz. Me eché sobre el escritorio y me dejé ir, notando los fluidos recorrer mis piernas muslos abajo mientras me corría como nunca antes ¡y en las manos de una mujer! Apenas podía contener los gritos de placer, pero lo hice. Era pronto y había gente en la universidad, ¿y si le buscaba problemas a mi profe por ser demasiado puta?

Me quedé tendida sobre el escritorio, los codos apoyados y las piernas temblando. La profesora salió de mi interior con suavidad y limpió mi propia corrida en mi pelo y mi cara, haciéndome sentir completamente sucia. Mientras yo recuperaba el aliento, Vera rodeó la mesa y se sentó a horcajadas sobre Salín para besarlo apasionadamente. Alcé la vista lo justo para ver que, mientras aquella mujer se movía sobre él como una zorra, él me miraba a mi. Le susurró algo al oído y ella asintió antes de levantarse. Salín se puso por fin en pie y no pude evitar fijarme en el bulto que encerraba su pantalón. Me relamí como una verdadera puta, deseando sentir su polla en mi boca, mientras él se colocaba detrás de mí. Sus manos fuertes recorrieron mi cuerpo acariciándolo de una manera casi mecánica. Cuando sus dedos pasaron por mi raja suspiré, humedeciéndome de nuevo. Tenía tantas ganas de que me follara que hubiera sido capaz de hacer cualquier cosa por él. Cualquier cosa por sentirle dentro de mí. Tomó mi pelo como para hacerme una coleta y me echó la cabeza hacia atrás con fuerza. Su boca estaba cerca de mi cuello. Ni su voz ni su respiración parecían haberse alterado, pero yo podía sentir contra mi culo su polla erecta encerrada en el pantalón.

–Te estás portando muy bien, pero no te he oído gritar. Voy a hacerte gritar, Sandra, porque no eres más que una puta y las putas gritan de placer. –Asentí como pude con la cabeza inmovilizada. Sus labios contra mi oreja me hicieron gemir de nuevo como una perrita en celo que siente a un hombre demasiado cerca –Aunque me has dejado el suelo bien sucio, puta. Vas a tener que limpiarlo. A cuatro patas, venga.

En cuanto me soltó me tiré al suelo y me rebocé por mis fluidos empapando todo mi cuerpo. Pude oír la risa de Vera, pero no me importaba. Sólo veía los ojos claros de Salín observándome con deleite. Cuando se desabrochó el pantalón me alcé ansiosa, pero él me hizo un gesto para que siguiera allí tumbada. Se sacó la polla ya bastante dura y empezó a masturbarse suavemente sin apartar la mirada de mí. Jadeé. Yo necesitaba pasar mi lengua por su capullo, saborear su piel, sentirle endurecerse en mi boca. Hizo un gesto que yo no pude interpretar y Vera hizo repiquetear sus tacones hasta colocarse a mi lado. Su ropa fue cayendo al suelo mientras yo me retorcía de ganas. Se quitó todo menos los tacones y pasó una de sus piernas a una lado de mi cara. Entonces se acuclilló sobre mí y puso su coño en mi boca. Tenía un olor intenso y profundo que casi me provocó ahogarme, pero supe que aquello era lo que Salín quería que hiciera y sería capaz de habérsela chupado a un perro con tal de que él me mirase con deseo. Saqué la lengua y recorrí su raja con la punta para después introducirla en su interior. Tenía muchísimo sabor y sentí que me inundaba una arcada, pero me contuve y chupé con más pasión. Vera gimió y me hundió más la cara cogiéndome del pelo. Fui a chupar de nuevo su raja y ella se empezó a restregar contra mi cara, contra mi lengua como si no fuese humana, sólo un complemento para su placer. Subía y bajaba inundándome toda mi cara con sus fluidos. Gemía escandalosamente, como un animal y supe que pronto iba a correrse en mí. Se dejó caer de rodillas sobre mí, ahogándome, sin parar de masturbarme conmigo con violencia hasta que se corrió salvajemente. Empecé a agobiarme de veras, pero ella se echó a un lado y quedó jadeando en el suelo. Salín dejó de tocarse de pronto y miró a Vera con una sonrisa.

–¿Bien?

–No está mal. Es más zorra de lo que yo pensaba.

–Perfecto. Haz que se lave un poco. Apesta.

Vera tardó unos segundos más en recuperarse y se puso en pie. Se quitó los tacones y me ayudó a levantarme para conducirme a un pequeño baño. Había un pequeño bidé y Vera me hizo sentarme en él. Entonces abrió el agua y con sus propias manos y una pequeña pastilla de jabón, me limpió suavemente, sin importarle que estuviéramos llenando el suelo de agua. Sólo mi pelo quedó algo sucio, pero me sentía renovada. Me tendió una toalla y salió del cuartucho, dejándome sola y desconcertada. ¿Eso sería todo? ¿Ahora me iría a casa sin más? ¿Sólo interesaba a Vera? Me había parecido que Salín me miraba con interés, pero ahora todo se antojaba un sueño.

Cuando salí del baño, Vera estaba chupándosela al hombre que se había convertido en objeto de mi deseo. Su boca recorría el enorme pene como si no le costase ningún esfuerzo y él tenía la mano sobre su pelo, los ojos entrecerrados de placer. Al verme parada junto al baño me hizo un gesto.

– Ven, puta. –Obedecí extasiada. ¡Iba a poder chupársela! En seguida rompió mis ilusiones – Vera, ponte a cuatro patas. Esta zorra va a hacer que te corras otra vez.

Me acerqué descorazonada y al llegar a Vera, Salín se adelantó y me dio una bofetada seca y desprovista de emociones. Caí de rodillas, tan estupefacta y con los ojos tan llenos de lágrimas que no entendía nada. Vera no paraba de succionar su polla llenando de ruidos extraños la habitación.

–Tendrás que ponerle más ganas si quieres disfrutar, zorra. –Me dijo Salín, en un tono seco y grave que me hizo estremecer. Sólo oía que me quedaban oportunidades de sentir aún más placer. –Quiero tus dedos en el coño de Vera y tu lengua en su culo. Vamos.

Ni siquiera se me pasó por la cabeza dudar. Me lancé a su culo y separé sus nalgas para meter mi lengua en su agujero. Después metí los dedos en su coño, tan dilatado que entraron tres sin ninguna dificultad. Debían haberla follado muchísimo porque sentí que podría meter el puño entero. Su culo sabía amargo, pero no podía sacar la lengua de allí. Quería disfrutar. Obedecí a Salín y seguí masturbándola con fuerza. Le gustaba duro, como a mí, porque en cuanto aceleré el ritmo empezó a gemir ahogadamente, con la boca llena por la gran polla del profesor. Él gimió suavemente y quise morir de envidia. Yo quería hacerle gemir. Yo quería darle placer. Aceleré mis embestidas deseando que Vera se corriese, se cansara y así poder disfrutar yo de aquel miembro que se había convertido en poco tiempo una gran obsesión para mí.

–Hunde más la lengua, cacho de puta, ¡¡me voy a correr!! –gritó Vera.

Obedecí y ella volvió a correrse. Salín la apartó suavemente y ella se tendió en el suelo, con convulsiones de puro placer, mientras él miraba con una sonrisa mi cara de puta ansiosa. No dejaba de masturbarse con la polla a unos centímetros de mi boca, pero no podia atreverme a tocarla. No sin su permiso. Me moría de ganas porque él me deseara.

–Te has portado bien, Sandra. Levántate.

Me levanté dando un paso vacilante hacia él. El fornido hombre me empujó contra el escritorio, sobre el que caí de bruces, y se escupió en la mano, restregándomela después por el coño. Gemí escandalosamente ante ese pequeño gesto, tales eran las ganas que tenía de que me tocara. Él, como premio, se hundió en mí de un golpe, haciéndome sentirme totalmente llena, empalada en el pene de mi profesor, el hombre que ahora sabía que me deseaba y que llevaba tiempo mirándome en clase e imaginándose mi cara de puta gimiendo como ahora lo hacía. Me embestía una y otra vez, entrando y saliendo de mi joven coño sin compasión, destrozándome, haciéndome sentir que me saldría por la boca. Gemía tan alto que estaba segura de que podrían oírme, pero nada me importaba, sólo el placer.

–Eres una puta escandalosa. Me tenías ganas, ¿eh, zorrita?

Salín me agarró del pelo y me giró la cara lo suficiente para escupirme en ella. Entonces empezó a bombear tan fuerte que creí que desfallecería, a pesar del dolor que me hacía tirándome del pelo, a pesar del ruido que hacíamos, que me avergonzaba. Sólo quería estallar. Correrme. Se podía oír mi coño chapotear. Me corrí sin poder aguantar más, contrayendo su polla en mi interior por los espasmos. Salín, sorprendido, se detuvo.

–¿Corriéndote sin permiso?

Salió de mi interior y apenas oyó mis súplicas cuando escupió en mi agujero del culo. Me clavó la polla en el ano con tanta fuerza que creí que me estaban matando. Sollocé, pero nada podía hacer más que dejarme empalar por él. Sabía que si me retorcía sería peor. Las lágrimas se resbalaban por mis mejillas mientras él gemía de placer. Creo que fue eso lo que hizo que me calentara otra vez y muy pronto aquellos sollozos se convirtieron en jadeos y gemidos. Vera se había colocado frente a nosotros y nos observaba desde la silla, con las piernas desnudas subidas al escritorio. Yo empecé a gritar de nuevo y sentí que otro orgasmo, mucho más intenso y muy distinto al anterior, estaba a punto de inundarme.

–¿Puedo correrme, profesor? –supliqué, con unos balbuceos casi incoherentes.

–Hazlo, porque te voy a llenar este culito de puta de semen.

Sus palabras fueron lo último que yo necesitaba. Me corrí con fuerza, sintiéndome la más sucia puta del mundo y me dejé caer medio desfallecida sobre la mesa mientras Salín llenaba mi agujero de semen. Lo sentía caliente en mi interior y cuando él salió suavemente de mi interior, lo sentí resbalar por mis muslos. Él me ayudó a sentarme sobre sus rodillas en la silla y me sostuvo entre sus brazos mientras yo tiritaba. Cuando por fin reuní las fuerzas y el valor para mirarle a los ojos, encontré una mirada orgullosa que jamás podré olvidar. Sollocé por la cantidad de sentimientos que se acumulaban en mi interior y él, compadecido, me besó suavemente en los labios.

–Te llevaremos a casa.

–Gracias. –Miré a Vera, que estaba vistiéndose a nuestro lado con una sonrisa insinuada en los labios. –Gracias a los dos por todo.

Me limpié de nuevo un poco en el baño y después me puse la ropa y les seguí por una puerta trasera que los alumnos no teníamos permitido usar. Me dejaron ir delante con Salín, que me acariciaba de vez en cuando la rodilla. Cuando llegamos a mi piso, hubo un silencio incómodo que él rompió pasando su mano por mi cara y tomándome el rostro para besarme. Sus labios en mi boca me hicieron temblar. Vera bajó del coche y abrió la puerta. Al salir del todoterreno me sorprendió con un abrazo.

–Pequeña, ¿estás bien?

–Sí, Vera.

–Este es mi número de móvil –me tendió un papel con un teléfono y su nombre. –Tengo tu número y te llamaré, pero si necesitas cualquier cosa me puedes llamar, ¿vale? A cualquier hora.

–Gracias, Vera –contesté verdaderamente conmovida. –Gracias.

Me abrazó de nuevo y me acarició la cara antes de volver a montar en el coche. Salín me guiñó un ojo y me dedicó una sonrisa antes de arrancar y marcharse.

Me quedé en la calle un momento, recuperando el aire y despertándome de un sueño del que me despertó la melodía del móvil. Un número desconocido aparecía en la pantalla. Descolgué.

–¿Sandra?

–¿Vera?

–Sí, soy yo. Se me olvidó decirte que la nota de tu examen era errónea. En realidad tienes un 6’5.

Me entró la risa. ¡Jodidos hijos de puta! ¿Tan predecible era? ¡Lo habían planeado todo!

–Gracias, Vera –respondí entre risas, antes de colgar el teléfono y entrar por fin a casa, con la sensación de haber vivido el mejor día de mi vida.

Fin