Este relato erótico contiene fotografías eróticas de la protagonista. Para ver las fotos basta con pulsar sobre el desplegable con el texto correspondiente.


Relato erótico leído
13457 veces
Tiempo de lectura estimado: 9 minutos
Fotografías:
1
Idioma: Español-España
Autora: Mari Sanchez

Tengo treinta y siete años, la flor de la vida. Juventud y experiencia.

Tuve una infancia feliz o al menos eso creo, con mis tres hermanos. Fui una estudiante aplicada, una empollona decían.

Mi madre nos matriculó a mi hermana mayor y a mí en gimnasia. Me gustó enseguida. En opinión de los entrenadores poseía un físico perfecto para practicarla. Me gustaron los aparatos, la barra fija, las paralelas asimétricas, como un muchachote. Pero también me obligaron a practicar ballet y danza.

Competí, pero no tenía ambición para ser una número uno.

Pronto en el vestuario me di cuenta de la belleza que atesoraban los cuerpos femeninos. Lo callaba pero me gustaban mis compañeras. En aquellos tiempos descubrí la autoridad y el rigor en los entrenadores, casi siempre hombres. Casi el miedo, la obediencia. Y eso me excitaba.

Pronto sentí deseos sexuales que callaba. Mi educación era religiosa, rígida, estricta. Trabajo y obediencia. Esfuerzo y sacrificio. Sin duda como muchas otras, preparadas para el matrimonio y la familia. ¿Os suena? ¿No os resulta familiar?

Me enamoré y me casé, pero los hijos no llegaron. Casa, marido y trabajo.

Soy una secretaria aplicada. Honrada. Leal. Incansable. Meticulosa. Estudiosa. La distinguida en mi organización. Estrella en mi empresa. Eso también trae problemas cuando algunos desaprensivos te distinguen por el físico, por el modo de vestir.

Os confieso, visto a mi gusto. Deportiva. Elegante sin sofisticación. Minis o escotes. Me gusta ser mirada y reconocida, pero no lo hago con mala intención. Es por mí misma, ¿sabéis? no cambiaré mi personalidad presumida y coqueta porque algunos desaprensivos consideren mi cuerpo o mi modo de vestir una provocación. Soy una mujer libre, inteligente o al menos eso creo. Pero siempre hay problemas. Proposiciones, a veces agradables aunque siempre rechazadas. ¡Soy una mujer casada! Y más molesto aún algún episodio de acoso. Especialmente si proviene de un superior. Entonces hay que contárselo al esposo.

Pronto descubrí que mis narraciones de los hechos ocurridos ejercían un extraño efecto en él.

Siempre me dio apoyo y soporte, ¡pero le excitaban!

Y lo que es peor. Revivirlo y contárselo, con vergüenza, ¡descubrí que también a mí!

Nuestro sexo doméstico ganó, sin confesárnoslo, en frecuencia e intensidad. Lo tenía por la noche en casa y mi imaginación se disparaba con los desaprensivos de día. Temía convertirme en una puta. En una exhibicionista. En acabar pervirtiéndome. Pero mis remordimientos cesaban con una buena masturbación a solas, en el baño de casa. ¿Me estaba convirtiendo en una guarra?

Sin duda era pecado, aunque fuera del matrimonio sólo hubiera imaginación y autodefensa ante los atractivos agresores.

Todo pecado acarrea castigo, punición. Y eso fue lo que me ocurrió.

Mi marido. Perfecto. Licenciado. Fiel. Enamorado. Trabajador. Y algo mayor que yo, quince años en concreto. Se obsesionó con estos hechos. No me di cuenta enseguida. Pero más adelante descubrí que creía ver en mí una personalidad oculta. Veía en mí una criatura cuya educación había sepultado la verdadera personalidad. Jamás me lo contó a mí, pero creía que yo era en realidad una viciosa, una degenerada sexual, atraída por hombres guapos y por mujeres promiscuas. Alguien que necesitaba probar y descubrir nuevas experiencias sexuales.

Una especie de puta multiorgásmica. ¡Y yo sólo era una fiel esposa, una ejemplar ama de casa que quería disfrutar de buen sexo en familia!

Sin decírmelo entabló amistad y se compinchó con un joven pintor. Planearon una estrategia para conseguir lo que ellos llamaban mi perversión. Amor de hombre.

Empezó algo que ahora me parece curioso, pero que entonces no entendía. Mi marido con tacto e infinita paciencia intentaba convencerme de que posara para el pintor……¡desnuda!

Transcurrieron meses, me parecía inaceptable. Me lo presentó, era guapete y simpático.

Salimos los tres a cenar. Se desarrollaba una mutua confianza, pero yo no lo veía nada claro. El matrimonio era sagrado para mí y no iba a tirar mi vida por la borda.

Finalmente, un día que siempre maldeciré, acepté. ¡Qué nervios! No sabía qué me ocurría. Mi vientre casi se dolía de espasmos. Nunca me había ocurrido algo así. Y él, mi marido amado, sin duda con su mente febril, emponzoñada, sin darse cuenta de lo que estaba provocando.

El estudio estaba en una población próxima, en la costa. Tres días a la semana mi marido me acompañaba y dos horas después, si eso era lo convenido pasaba a recogerme.

El primer día. ¡Qué nervios!, ¡Qué vergüenza! Estaba hecha un flan, no podéis entenderlo, temblaba. Tuve suerte, porque el pintor se comportó muy profesional. Cuando me desnudé, completamente según sus indicaciones, temblaba de nervios. Me veía horrible, vieja, indefensa.

Me tranquilizaban sus órdenes, su profesionalidad. Hablaba poco. Y su mirada, al pintarme me hacia sonrojar a cada momento. Así un día y otro durante la primera semana. Empecé a pensar en dejarlo. Pero mi marido me animaba. Poco podía yo sospechar que ellos estaban en contacto permanente. Diseñaban y ejecutaban su estrategia sobre mí, débil mujer.

La segunda semana me dijo que necesitaba quitar tensión y estar más relajada durante las sesiones. Para lograrlo y a la vez estudiar mi cuerpo, me propuso posar para fotografía desnuda. Fue un acierto, ya os he dicho que soy presumida. Él ejercía un dominio sobre mí, poniéndome adecuadamente para cada fotografía, tocándome tan delicadamente que me hacía suspirar. Y yo podía ver como quedaba. ¡Diablos, no salía tan mal!

Esa semana me hizo varios centenares de fotografías que, nunca lo sabré, si acabaron en el mercado del negocio pornográfico más vil.

Os diré algo que debéis saber. La vergüenza puede provocar una gran excitación sexual. Puede ser fuente de un gran y prohibido placer que toda mujer debería conocer y disfrutar como yo he aprendido a hacerlo. Primero desde mi timidez. Desde mi desamparo.

Pero a la siguiente semana, yo ya le hablaba mientras él me pintaba, incluso me parecía agradablemente tímido en su concentración. Me sentía más atrevida, más decidida, más segura de mi misma.

Una gran alegría brotaba de mi interior. Un fuerte y desconocido deseo estaba naciendo en mí y hacía que ya nada me importara. Sólo continuar aquel viaje mágico y maravilloso. Sensual.

Sentía una extraña sensación dentro de mí, cuando sus fuertes manos separaban mis muslos para ofrecer una indefensa mejor perspectiva de mi sexo. Cuando sujetaba y alzaba con fuerza mis brazos y con autoridad me ordenaba mantenerlos en alto, pese a mi cansancio, para resaltar mis senos. Sentía endurecer mis pezones y esperaba que mi humedad no se notara.

Por fin llegó el día. Sin que el pintor me dijera nada, aunque ahora las risas eran frecuentes y las conversaciones entre nosotros, mientras estaba desnuda, agradables e interesantes. Le pedí permiso a mi marido para follar con el joven pintor. Me dio mucho corte y no comprendí nada, pero él me autorizó. Entonces no lo sabía, pero le había hecho muy feliz.

Hubo reglas y condiciones. Yo debía contarle hasta el último detalle de lo ocurrido. Debía follar con él dentro de las veinticuatro horas siguientes al coito con el chico. No me pareció un mal trato. Y así empecé.

Os lo diré claramente, os lo recomiendo. Yo me sentía halagada por ese obsequio que me hacía mi marido. Y que te pinte o fotografíe tu amante es sencillamente una pasada. Por no hablar del morbo de las explicaciones a rendir a tu esposo.

Ese día acordado fue el pintor quien pasó a recogerme por casa. Yo había preparado un pequeño equipaje, pues mi marido autorizó que me llevara de fin de semana a la costa, a su casa cuyo estudio tan bien conocía.

Nos despedimos correctamente de mi marido que nos pidió le llamáramos en algún momento.

El corto viaje fue ameno, ilusionado. Reíamos y bromeábamos. Yo sentía una tensión nerviosa en la boca del estómago. También una sombra de remordimiento. Paisaje azul del mar y pinos junto a la carretera. Un marco incomparable.

En su casa entre los dos preparamos la cena. Ensalada y pescado. Todo fresco. Él había comprado un buen vino y la música era acogedora y amena; creaba un ambiente adecuado.

Yo os confesaré que me moría de ganas de que ocurriera algo. Ya había olvidado mi timidez y estaba dispuesta a llegar tan lejos como él quisiera. ¡Me moría de ganas!

En la cocina, entre risas nerviosas, durante un momento nuestras manos se tocaron y entonces ocurrió. Me atrajo con fuerza hacia él. Me agarró por la cintura y me besó. Nos besamos, su juego de lenguas, los labios, los mordiscos que hacen subir la temperatura. Os juro que no me quedé atrás.

Yo estaba en éxtasis, lo repetiría con cualquiera de vosotros que fuera capaz de conquistarme de ese modo. Estaba muy caliente. Sabía tocarme. Intuía lo que me gustaba. Me besó los pezones que se pusieron tiesos como reveladores demonios traidores, mi fuente de inagotable placer. Siento una pasada por ellos.

Luego su mano bajó, apartó mis braguitas y con gran suavidad sus dedos entraron en mi húmedo coñito tan estrecho como lo tengo, y encontraron ese duro clítoris que es capaz de llevarme al orgasmo múltiple si lo sabéis acariciar. Yo debía ser entonces lo más parecido a una auténtica puta caliente, pues lo esperaba y deseaba desde hacía muchos días.

No pude evitar gemir a pesar de que no quería demostrar todo mi deseo y excitación en aquel momento. Os confesaré que me había convertido en una auténtica guarra. Como tal introduje mi mano dentro de su pantalón y noté un fuerte tronco, mucho mayor que el de mi marido.

Me arrodillé, casi me arrojé a sus pies y empecé a besarlo y a chuparlo con frenesí, pues siempre me ha gustado hacerlo.

Pronto me empujaba rítmicamente la cabeza y así me la metía bien adentro de mi boca, follándomela. Estupenda sensación. ¡Era enorme y muy dura!

Calientes como dos animales, como primitivos salvajes, me echó de espaldas y se puso encima de mí. Me penetró con facilidad, entre mis gritos, pues siento tanto por el clítoris como por la vagina. Me empujaba con fuerza y ritmo. Empecé a llorar mientras oía sus insultos que me excitaban aún más. Lloraba y gritaba de placer sexual. Yo me movía también, sintiéndolo dentro de mí, pues me gustaba y mucho que me follara de ese modo tan fuerte y me insultara.

Chillé cuando me mordió los pezones y me abofeteó la cara. Entonces ya era su sierva, su puta, su posesión y su esclava.

Tuve el primer orgasmo y otro y otro. Nunca me habían follado así, al menos hasta entonces.

Quedé exhausta y él visiblemente satisfecho por lo que denominó, por fin mi entrega.

Cenamos y luego me enseñó sus dibujos tan bonitos. La temperatura subió nuevamente y volvimos a follar antes de irnos a dormir, maravillosamente juntos.

Por la noche, desnuda, me despertó una sensación de frío y me acurruqué contra su cuerpo tan cálido y fuerte. Lo interpretó mal y volvió a follarme. Yo me entregaba totalmente, sin reservas. Y me gustaba hacerlo y cómo me sentía. Aún volvimos a dormirnos.

Nos despertamos tarde. Había sonrisas y confianza. Complicidad. El desayuno acabó en otro revolcón. Esta vez la novedad erótica fue que llamamos por teléfono a mi marido, como él quería y ambos le contamos lo que estaba ocurriendo entre jadeos. Resultó de lo más provocativo y excitante. Y a él le gustó.

Luego fuimos a dar un paseo por caminos que discurrían entre campos. Ruralidad tranquila del domingo y sin embargo tan cerca de la playa. Me había exigido que yo fuera descalza y sin bragas. Con falda muy cortita y escote. Sin sujetador. Me advirtió severamente de que si nos cruzábamos con algún campesino me entregaría a él, para que me follara arrodillada sobre el polvo del camino. Y le creía muy capaz de hacerlo.

No encontramos a nadie y entre unos olivos fue él quien me atacó y me poseyó con brutalidad.

Así lo había soñado a veces, en la oficina, cuando algún jefe autoritario y dominante se había excedido conmigo. Aquel sueño pecador y perverso, ahora me supo a gloria.

De regreso, guardamos todo y me acompañó, a esta mujer diferente que ahora conocéis, a mi casa. Mi marido ignoraba el regalo que le había sido otorgado. Pero yo estaba decidida a no dar ni un paso atrás. Había encontrado mi camino para ser feliz.

Bien, así sucedió. Y esa es la verdad. Entonces aún no sabía que el pintor, buen amante, educado y delicado, tenía un amigo ilustrador, un cincuentón dominante y perverso, aficionado al BDSM. Ni tampoco sabía que mi amigo me invitaría a su exposición en un local nudista. Y que allí admirando las obras en que aparecía esta chica decente que os habla estaría el viejo cerdo pervertido. Ni que se encapricharía de mí a la primera mirada. Ni que para estimular la venta me presentaría al público allí presente y por si no fuera bastante claro que yo era la modelo de las obras, me haría desnudar en público, delante del artista y de mi marido. Y eso sí que da vergüenza, aunque sólo fue el principio. Pero eso ya es otra historia.

Espero que si no os gusta, al menos os interese, porque a veces la realidad de lo ocurrido supera a la ficción.

Un beso a todos, lectores y lectoras.

Continuará…