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Idioma: Español - España
Autora: Janis

Alma intentó esconderse cuando vio a Ágata en el pasillo del instituto, el lunes por la mañana. No había contestado al teléfono de casa en todo el fin de semana por temor a que fuera Ágata la que llamaba; no se atrevía a mirarla siquiera. Pero era demasiado tarde, la pelirroja la había visto y la llamó. Su semblante era serio y su voz demasiado grave cuando le dijo que tenían que hablar. Alma asintió con la cabeza y murmuró que lo harían más tarde, cuando acabaran las clases.

– Espérame en el patio. Hablaremos al regresar a casa – la citó Ágata.

En la clase, Alma se sentó lejos de ella, buscando espacio para calmarse. Sin embargo, la morenita podía sentir la dureza de las miradas de reproche de su amiga sobre su espalda. Durante el fin de semana, Alma se había tachado de idiota redomada por no haberle dicho a Ágata lo que sentía mucho antes. Todo aquello no hubiera pasado nunca.

Como un alma en pena, Alma esperó cabizbaja a que Ágata se reuniera con ella en el patio. La pelirroja se colocó a su lado y no la tocó.

– Vamos al parque. Hablaremos allí a solas – le dijo y Alma asintió.

El parque estaba vacío a aquellas horas; era un pequeño parque infantil con una arboleda que sombreaba algunos bancos. Se instalaron en uno y Ágata le preguntó:

– ¿Por qué no me lo dijiste antes?

– Tuve miedo. No es algo que se vocee a los cuatro vientos – respondió Alma, sin mirarla.

– Me tomaste por sorpresa. Te aprovechaste de mi indefensión, de mi confianza – la recriminó.

– Sí y me odio por ello; no sabes cuánto me odio, Ágata. No supe reprimirme.

– ¿Desde cuándo sientes así?

– ¿El qué? ¿Qué me gustan las mujeres o bien que me gustas tú?

– Las dos cosas.

– Hace un par de años, cuando rompí con Richard. No me sentía a gusto con ningún chico, ni siquiera me atraían. Es más, creo que salí con él por los demás. Fue entonces cuando empecé a mirar a las mujeres. Al principio, me asusté, pero asumí la evidencia. Me fijé en ti desde el principio, pero nunca me atreví a decirte nada; temía perderte.

Ágata asintió, como si la comprendiera.

– Alma, estoy enfadada contigo sólo por no habérmelo dicho. Lo que pasó en mi casa es una tontería. Me cogiste desprevenida y me asusté. Eso es todo.

– Lo comprenderé perfectamente si no quieres volver a verme.

– ¡No seas tonta! No he dicho nada de eso. Ahora mismo, nos sentimos las dos muy mal, una por un motivo y la otra por otro, pero ambas sufrimos y eso nos une aún más – dijo Ágata poniendo su mano sobre la de su amiga.

– ¿Significa que me perdonas?

– Claro, tonta – dijo sonriendo Ágata. – Sigues siendo mi mejor amiga, aunque un tanto especial ahora.

– No volveré a tocarte, lo prometo – dijo Alma, apartando su mano de la de su amiga.

– Alma, cállate y déjame hablar. Durante este fin de semana, lo he pensado mucho. Me he sentido furiosa y engañada, traicionada y abatida, pero también he sentido pena por ti. Comprendo perfectamente por lo que estás pasando, porque yo también lo he vivido. He intentado comprenderte, sentir lo que sientes al verme, y te he visto desde otra perspectiva muy diferente… – Ágata tragó saliva y retorció sus manos. Por un momento, no supo qué decir y Alma se dio cuenta de ello. – Lo que intento decirte es… que… ¡Dios, qué difícil es esto!

Alma contuvo el aliento.

– Lo que trato de decirte es que… si tú quieres…

– ¿Qué?

– Si querías enseñarme lo que siente una mujer… con otra – ahora fue el turno de Ágata de agachar la cabeza y musitar.

– ¡Oh, mierda! ¿No te estás burlando de mí? ¿Estás segura?

– Sí, creo que sí. Eres hermosa y me gustas. Además, nos conocemos de toda la vida. Por mucho que lo niego, desde aquella tarde, te veo de otra manera. Me gustaría mucho contentarte y tener una experiencia nueva. Es algo sobre lo que he fantaseado en ocasiones. Creo que todas las chicas lo hacen, en un momento o en otro.

– No quiero que sea por lástima – musitó Alma.

– No lo es, te lo juro. Es que… estoy intrigada, ¿sabes? – Ágata, entonces, la miró y, subiendo una de sus manos, la acarició el rostro, suavemente.

– Oh, Ágata, no sabes qué feliz me haces…

– Sí, pero esto debe quedar entre nosotras. Nadie debe enterarse. Además, tenemos que planificar el momento.

– Sí, claro. ¿Qué tal en mi casa este fin de semana? Mis padres se van al lago Tahoe y mi hermano nunca para en casa cuando no están.

– Estará bien. Mientras tanto, será mejor que no nos veamos.

– ¿Por qué? – se desilusionó Alma.

– Porque, de esa forma, sabremos con seguridad cuales son nuestros sentimientos. Debo estar segura, ¿me comprendes?

– No, pero se hará como dices.

– No te pongas así. Para que veas que voy en serio, róbame otro beso.

Alma fue de nuevo cogida por sorpresa. Miró a su alrededor; no vio a nadie. Ágata mantenía los ojos cerrados y el rostro ladeado, esperando la caricia. Alma se inclinó sobre ella y besó los sensuales labios que la enloquecían. Esta vez, Ágata respondió a la caricia y lamió fugazmente los labios de Alma. Se separaron rápidamente. Alma sintió su corazón galopar, excitado. Caminaron hasta casa cogidas de las manos y sin decir ni una palabra.

Ágata, al igual que Alma, estaba deseando que llegara el fin de semana, aunque por un motivo diferente. La morena soñaba por las noches con aquella cita. Por fin, iba a tener a su amada entre los brazos. En cuanto a Ágata, estaba un paso más cerca de volver con Frank. Las cosas estaban saliendo muy bien. No las había planeado paso a paso, pero era la intención que portaba: provocar a su amiga en el caso de que fuera cierta su condición homosexual. Frank no se equivocó, nunca lo hacía. Para él estaba claro y ella se aprovechaba de su consejo. La verdad es que tampoco fingía con Alma. Era cierto que la veía de otra manera. Se había revestido de una sexualidad que antes nunca fue capaz de ver en ella. Su romance con Jezabel, que aún se mantenía, la ayudaba a comprenderla mejor. Decidió fingir ignorancia en el tema sáfico; sería encantador que Alma llevase las riendas, tal y como a ella le gustaba. De otra cosa que estaba orgullosa, era de su actuación ante Alma. Asumió su papel de mujer herida con facilidad; la verdad, era que la herida era demasiado reciente y se desahogó en aquel momento. Pero cuando fingió molestarse y todo aquello, estaba actuando, y, en su opinión, merecía un Oscar.

Cuando Alma le abrió la puerta quedó bastante claro para Ágata que era el turno de la morena para intentar seducirla. Vestía una cortísima falda y una camiseta recortada justo por debajo de los senos, de color malva. Alma nunca llevaba faldas, ni cortas ni largas. Verla así impresionó a Ágata más de lo que suponía. Las bronceadas y esbeltas piernas de Alma atrajeron su mirada y se lamió los labios, excitada.

– Vamos, pasa – le dijo la morena, cogiéndola de la mano.

– ¿Seguro que tu hermano no vendrá?

– Seguro. Nada más irse mis padres, metió algo de ropa en un bolso y se largó. Creo que dijo algo de un piso alquilado o algo así. Apuesto lo que quieras a que estará de fiesta todo el fin de semana.

– Entonces, tenemos la casa para nosotras solas – se rió Ágata.

– ¿Has tenido algún problema con tus padres?

– No, que va. Nunca ponen pegas cuando vengo a tu casa. Llamarán por teléfono para ver cómo estamos, eso es todo.

– Todo el fin de semana para nosotras – le dio un suave codazo Alma.

– Sí, eso mismo.

– ¿Qué te apetece hacer? – le preguntó Alma, abrazándola por la cintura y pegándose a ella. Ágata aún no había soltado el pequeño bolso que llevaba en bandolera y que contenía un par de mudas.

– Bueno, no sé. Tú eres la experta en esto – susurró la pelirroja, bajando la mirada, algo azorada.

– Es que así, en frío… ¿Qué tal si vemos la tele un rato?

– Bueno. ¿Tienes alguna película interesante? No quisiera tragarme el tostón de todas las tardes.

– Buscaré en el cuarto de mi hermano, a lo mejor tiene una de esas de miedo.

– ¡Estupendo – se rió Ágata.

Las dos subieron las escaleras, cogidas de la mano. Ágata dejó su bolso en la habitación de Alma mientras que ésta rebuscaba en el cuarto de su hermano, entre las diferentes películas que tenía allí.

– ¡Eh, Ágata! ¡Mira lo que he encontrado! – la llamó Alma desde la otra habitación.

– ¿Qué es? – le preguntó la pelirroja acudiendo.

– Historia de dos putas. Hospital sexual. El internado. Fiesta depravada. Hay un buen puñado – dijo Alma sosteniendo un lote de películas de vídeo.

– ¿Porno?

– Ajá. Mi hermanito está bien surtido.

– Me gustaría ver una. Nunca lo he hecho.

– Yo tampoco. Escogeré una.

Alma escogió la del Internado. Las fotografías de la contraportada revelaban actrices jóvenes y hermosas y un par de escenas lésbicas. A lo mejor, ayudaba a calentar el ambiente, se dijo. Bajaron hasta la sala y cerraron las persianas.

– ¿Quieres palomitas? – preguntó Alma antes de sentarse en el sofá.

– Alma, esta película no es propia para eso. Además, no hace ni una hora que he almorzado. No, gracias. ¿Cuál has escogido?

– El internado.

– Muy apropiado – sonrió. Las dos se sentaron y Alma accionó el vídeo con el mando a distancia.

La película comenzaba con tres amigas, jóvenes y hermosas; dos morenas y una rubia. Daban una fiesta en la casa de una de ellas. Cinco chicos esculturales estaban invitados. Empezaron a jugar al strippoker y pronto se celebró una buena orgía. Las chicas besaban, chupaban y lamían cuanto los chicos meneaban ante ellas. La mayoría de las veces tenían a dos tipos por cada una.

– Hay que reconocer que esos tíos están buenos – susurró Ágata.

– ¡Pché!

– ¿De verdad que no te pone una buena polla?

– Bueno, no es que me sea indiferente, pero prefiero mirarlas a ellas. La rubia esa está muy bien. Fíjate qué tetas.

– No están mal, pero parecen operadas. Oye, Alma, ¿has mirado mucha a las chicas en el cole?

– No es algo de lo que me guste hablar, Ágata.

– Venga, tía, siento curiosidad.

– Sí, de vez en cuando miraba a una chica en particular, sobre todo en el vestuario o en las duchas. Durante una temporada, Cristina Fauller me ponía cachonda con esas inmensas tetas. Pero siempre te he admirado a ti; mientras estabas delante, todas las demás desaparecían.

– Vaya, eso es muy amable – se sonrojó Ágata.

En ese momento, la orgía de la televisión acabó de mala manera. Los padres de una de las chicas regresaron antes de lo debido a casa y las pillaron in fraganti. Se armó una buena escena. Como castigo, mandaron a su hija, la rubia, a un internado.

– Tiene nombre de putilla: Tandy – dijo Ágata, de nuevo interesada en la película.

El internado era un tanto especial. La directora, una opulenta mujer de unos treinta y tantos años, castigaba, en ese momento, a una de las internas. El escenario parecía una celda de la Santa Inquisición. Una habitación colmada de aparatos de tortura. La chica, una morenita de pelo corto y ojos cándidos, estaba atada a un potro de madera, de bruces. Su falda aparecía levantada y las bragas bajadas. La directora la azotaba con un pequeño látigo, mientras que otra profesora le introducía a la chica un consolador en la vagina. La morena chillaba pero su expresión era de puro placer.

– Un poco fuerte, ¿no? – musitó Ágata.

– Sí, parece una cinta sadomaso.

La directora dejó de azotarla para colocarse a la cabecera del potro y, remangándose la falda, obligó a la joven víctima pasar la lengua por la vulva que le colocó encima.

– Eso ya me gusta más – se rió Alma.

El castigo acabó y la rubia protagonista ingresó en el internado. Su compañera de habitación era una linda oriental, menuda y divertida. Aquella noche, la rubia escuchó como su compañera se masturbaba sin freno, ni vergüenza, y ella la imitó. Alma miró a su amiga de reojo mientras sucedía la escena. Ágata no quitaba ojo de aquellos dedos que acariciaban sabiamente las anhelantes vulvas.

– Alma, ¿en qué piensas cuando te masturbas? – preguntó Ágata, tomando a su amiga por sorpresa.

– Bueno, yo…

– ¿En mí?

– Sí, sobre todo – acabó reconociendo. – Aunque hay veces que imagino otras chicas.

– ¿Cómo me ves? Dime la verdad, por favor.

– Suelo imaginarte desnuda, ya sabes. Tumbada en la cama y esperándome…

– Es extraño saber que te ven así. No sé si estoy dolida o excitada.

– Ágata…

– ¿Qué?

– No preguntes más – dijo Alma, abrazándola y besándola en la boca.

El beso fue largo y profundo. Cuando se separaron, la escena en el televisor había cambiado y la rubia estaba lamiendo el peludo sexo de la asiática. Se quedaron abrazadas y muy juntas, sin decir nada y mirando la pantalla. La escena era buena y nada desagradable. Mantenía el ritmo y fluidez; las chicas no realizaban obscenidades, sino que se amaban lánguidamente. Alma tomó la mano de Ágata y, lentamente, la colocó sobre su muslo moreno y desnudo. La dejó allí, sin presionarla. Al poco, Ágata empezó a acariciar la piel, sin atreverse a explorar más. Alma tuvo que cogerla de la muñeca y tirar de ella para que la mano ascendiera por debajo de su corta falda. A partir de ahí, no tuvo que dirigir a Ágata. Esta había decidido que ya era el momento de dejar de hacerse la tonta; estaba excitada y quería probar a su amiga. Acarició la vulva por encima de las bragas; Alma se abrió de piernas y cerró los ojos, apoyando su frente en el hombro de su amiga. Se sentía en el cielo, ¿cuántas veces había imaginado esta escena? Ágata consiguió introducir sus dedos bajo la prenda y se apoderó del sexo de su amiga. Lo notó totalmente empapado y se alegró. Su dedo índice presionó sobre el clítoris, insistentemente. Alma gimió y se recostó sobre el sofá.

– No puedo más, Ágata… O te detienes y me dejas hacer a mí, o me lo haces de una vez.

– ¿Hacerte el qué?

– Comerme el coño, ¿quieres?

– No sé hacerlo.

– Sí sabes. Verás qué fácil. Ven…

Con delicadeza, colocó su mano en la nuca de su amiga y la atrajo hacia ella, entre sus piernas. Se alzó la falda y Ágata le quitó totalmente las bragas. Alma se abrió de piernas, mostrando su sexo oscuro y velludo. Ágata, con afectada timidez, lamió la cara interna de un muslo, a la altura de la entrepierna, pero su amiga la obligó a ir directamente al asunto. Succionó los hinchados labios externos de Alma y se asombró de que fueran tan distintos a los de Jezabel; una mujer distinta e igualmente maravillosa. Así que ahondó más con la lengua, consiguiendo que su amiga se deshiciera en una corta sinfonía de suaves quejidos y apasionados suspiros.

– Oh, sí,… así, ya… ya… estoy casi lista… Ágataaa… – murmuró Alma, estremeciendo sensualmente sus caderas al ser invadida por un largo espasmo.

– Vaya. Esto no está nada mal – dijo Ágata, incorporándose y quitándose un corto pelo del pubis de su amiga de la boca. — ¿Y ahora qué?

– Espera un poco a que me recupere. Te devolveré esta caricia centuplicada.

– Creía que eran los hombres que tenían que recuperarse – bromeó Ágata.

– Cariño, tenía tantas ganas de ti que creo que me herniado al correrme – le devolvió la broma Alma, abrazándola.

Continuará…