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Idioma: Español - España
Autora: Janis

La Navidad pasó, la primavera llegó. Ágata se sentía algo deprimida mientras caminaba hasta la casa de Frank. En estos meses, su relación con Jezabel había fructiferado de veras. Acudía un par de veces en semana al piso de la morena y se amaban toda la tarde. En esos momentos, no se acordaba de Frank para nada. Sin embargo, más tarde, su culpabilidad y su dependencia la atormentaban hasta que volvía a ver a Jezabel.

Jezabel era algo especial para ella. La morena asumió perfectamente el rol dominante y la hacía vibrar. Salían de compras juntas y se comportaban como buenas amigas, cuando, en realidad, eran más bien marido y mujer. Jezabel consiguió un vibrador especial en un sexshop con el cual le encantaba penetrarla. La poseía como si fuese un hombre y Ágata enloquecía con ello.

Frank no la besó cuando abrió la puerta. Estaba preparando un poco de té en la cocina. Se limitó a saludarla, un tanto fríamente, y ella supo que algo pasaba. Él se giró y la miró, atentamente.

– Tenemos que hablar – le dijo. –Siéntate.

Ágata lo hizo en una de las sillas y apoyó las manos sobre la mesa de madera.

– ¿Qué sucede, Frank?

– Sé lo tuyo con Jezabel.

– Oh, Dios mío… – susurró ella.

– Lo sé desde hace tiempo. Comprendo que tienes edad para estar con otra gente, para descubrir cosas nuevas. Por eso mismo, no te he dicho nada antes. Pensé que volverías a ser la misma, pero no ha sido así.

– Lo siento, Frank, yo no quería… – las lágrimas brotaron, incontenibles.

– No quiero disculpas. Te has comportado de un modo completamente egoísta, Ágata. Me has traicionado, engañado. Yo la compartí contigo y sólo la he visto cuando tú estabas delante. En eso quedamos, te lo prometí, ¿no? Entonces, ¿por qué lo has hecho?

– No lo sé. Me siento muy bien con ella. Es como una amiga.

– Tienes otras amigas y no te acuestas con ellas. ¿Por qué tiene que ser diferente?

Lo que más le dolía es que Frank no le gritaba; se mantenía frío y firme. Supo que estaba a punto de perderle y el llanto arreció.

– Perdóname, Frank. Sucedió así, sin más. No la volveré a ver más.

– Vete, no quiero seguir hablando por ahora – dijo él, marchándose de la cocina.

Tardó mucho tiempo en regresar a casa. No quería que sus padres la vieran en ese estado. Finalmente, consiguió serenarse y regresó, pero se negó a cenar y se encerró en su habitación. Se excusó con sus padres achacándole su estado al periodo. Se dejó caer en la cama y siguió llorando. Después, un poco más calmada, estuvo tentada de llamar a Jezabel y contárselo todo, pero se reprimió. Ya había hecho suficientes tonterías. Primero debía ver en que quedaba todo con Frank. La simple idea de ser repudiada por su hombre le causó un malestar físico que la postró en la cama al día siguiente. Estaba en medio de una depresión.

Al tercer día, llamó a Frank.

– Ven, tenemos que hablar – le dijo lacónicamente. Así que ella acudió, preparada para lo peor.

Se sentaron como dos desconocidos, de nuevo en la cocina, frente a un té moruno.

– Le he dado muchas vueltas al asunto y sólo he llegado a una conclusión – dijo él.

– ¿Cuál? Estoy dispuesta a redimirme.

– He perdido la confianza en ti y debes hacer que la recupere. Es como un castigo, ¿lo comprendes?

– Sí.

– ¿Estás dispuesta para escucharme?

– Sí, haré lo que sea.

– No me entrometeré en tu relación con Jezabel. La comprendo. Puedes seguir viéndola, pero, a cambio, te pediré una cosa.

– Dilo ya – Ágata intuía que iba a escuchar algo que significaría un nuevo cambio en su vida pero estaba demasiado avergonzada como para negarse.

– Como tu falta ha sido agenciarte una mujer para ti sola, sin compartirla, ahora quiero que me consigas una mujer para mí, para mi solo. Después, podremos compartirla si quieres.

– ¿Eso es todo? Puedo buscar a otra que no sea Jezabel. Sólo lo hemos hecho con ella, pero me acostumbraré y…

– No quiero una profesional. Tiene que ser una chica normal, una amiga tuya, la que yo elija.

– Pero… – se asombró Ágata. — ¿Cómo puedo yo…?

– Esa es la condición. Si no puedes cumplirla, lo mejor será que desaparezcas de mi vida.

Ágata se quedó callada, la cabeza inclinada. Allí aparecía lo que había estado esperando. La nueva propuesta. Frank tenía razón a su manera, toda la culpa era suya.

– Está bien. ¿Quién es la chica?

– Que conste que no es nada personal, pero tengo que escoger a alguien especial, alguien a quien quieres y respetas para que el castigo sea eficaz. Quiero que sea tu amiga Alma.

– ¿Alma? Dios santo, Alma… No puedo hacerlo. No quiero hacerle daño.

– Es ella o nadie. Tú tienes la culpa y debes pagar.

– Pero, ¿cómo voy a convencerla de que se entregue?

– Creo que ya sabes cómo tienes que hacerlo, pero, de todas formas, puedo darte un par de consejos. Por lo que sé, tu amiga no sale con ningún chico y se preocupa mucho por ti. Tú misma me lo has dicho. La he observado en ocasiones, cuando estáis en la academia. Te come con los ojos; está enamorada de ti.

– ¡No puede ser! ¡Alma no es…!

– Como prefieras. Era solo un consejo. No nos veremos más hasta que la traigas aquí y me la entregues. Después, todo volverá a la normalidad.

– No puedes hacerme eso, Frank. No puedo estar sin ti – gimió ella.

– Haberlo pensado antes. Podrías haberme dicho tu lío con Jezabel y yo lo hubiera aceptado, incluso podría haberte aconsejado. Pero preferiste engañarme. Esas son mis condiciones, Ágata.

Ágata se sintió abandonada en el momento en que salió de la casa de Frank. Por el momento, había perdido a su amante y no podía confiarle su problema a Jezabel; no lo entendería y podía perderla a ella también. Mientras caminaba hasta la parada de bus, pensó en su amiga Alma. Nunca la había atraído; bueno, ninguna chica lo había hecho hasta que conoció a Jezabel e, incluso después, no solía fijarse en ellas, pero tenía que reconocer que su amiga era bonita. Alma era morena y llevaba el pelo cortado en melenita, sobre la nuca. De vez en cuando, se pintaba el pelo con tonos rojizos. Se preguntó si Frank tenía razón y Alma lo hacía para parecerse a ella. Era un tanto más baja que Ágata y mucho más estilizada. Poseía una nariz respingona y unos ojos almendrados muy dulces. Era muy morena de piel, por eso mismo, en primaria, algunos chicos se habían reído de ellas, llamándolas Blancanieves y Tizón. Su rostro era ovalado y destacaban sus labios carnosos. Poseía poco pecho, pero su trasero era respingón y muy atractivo, con unas largas piernas que ponía de manifiesto usando siempre tejanos.

El consejo de Frank seguía dándole vueltas en la cabeza. Recordó diversas ocasiones que, en aquellos momentos, le parecieron banales e inocentes pero que, al mirarlos bajo otro prisma, cambiaban de significado. Si era cierto, tenía una posibilidad de convencerla, utilizando sus sentimientos. Eso la hizo sentirse mal. Iba a engañar a su mejor amiga por un hombre, a utilizarla como un trozo de carne. No sabía si sería capaz.

Alma suspiró cuando Ágata salió de la habitación para traer algo para merendar. Cada vez le era más difícil mantenerse cerca de ella. Creía que con estos meses de separación la había olvidado, pero sólo había hecho falta tres días para darse cuenta que la seguía deseando. Alma nunca se lo había dicho, ni a ella ni a nadie, como todas sus amigas, había mantenido algunas relaciones con chicos, justo las suficientes para perder su virginidad y comprender qué era un hombre, pero nunca se sintió segura con ellos. Observaba a sus amigas en las duchas, soñaba con ellas y se masturbaba pensando en ellas. No pudo darle más vueltas; era lesbiana. Desde que asumió su sexualidad, se tranquilizó, aunque Ágata le gustaba más y más a medida que pasaban los días.

Ahora, Ágata había vuelto a ella. Aunque no se había sincerado con Alma, ésta estaba segura de que había roto su relación con quien fuera que estuviera saliendo y necesitaba una amiga. Le estaba dando su apoyo incondicional. Durante esos tres días, habían reanudado su amistad. Fueron al cine, al zoo, a una fiesta y, ahora, pasaba el fin de semana en casa de Ágata. Quizá fuera el momento que Ágata aprovecharía para contarle todo.

Pero Alma no las tenía todas consigo. Ágata había cambiado, había madurado. Ya no se comportaba como antes, de manera desenfadada, como una adolescente, sino que mostraba ser toda una mujer. Su forma de hablar, sus gestos, su manera de andar, todo ponía de manifiesto una sensualidad recién descubierta con la que se sentía a gusto y, por ello, Alma estaba nerviosa. Antes, Ágata era una amiga hermosa a la que admirar, a la que imitar, con quien poder charlar de todos los temas; ahora, la contemplaba, la espiaba y se excitaba. Su corazón latía a todo ritmo y la boca se le secaba. Ágata estaba mucho más bella bajo esa faceta. ¿Cuántas veces se había masturbado, desnudándola en su mente, besándola con su imaginación?

Ágata abrió la puerta y entró, portando una bandeja con unos sándwiches y unos refrescos. Se había cambiado de ropa y traía el pelo húmedo.

– Siento haberte dejado sola, pero he aprovechado para ducharme y cederte el cuarto de baño para después. Ya me he puesto cómoda. Debes hacer lo mismo. Esta noche, mis padres salen, así que estaremos solas para ver la tele y hablar de lo que queramos.

– Perfecto – respondió Alma, palmoteando como una chiquilla. Su explosión de alegría no era más que una tapadera para disimular su asombro cuando vio aparecer a Ágata.

Se había cambiado de ropa, colocándose una más cómoda, de estar por casa, pero no por eso menos atrevida. Sólo llevaba puesta una amplia camisola azul, quizá de su padre, cuyas mangas llevaba remangadas por encima de los codos. La camisa no le llegaba más debajo de las caderas, por lo que cualquier movimiento dejaba ver sus braguitas rosas y caladas. Llevaba los botones desabrochados hasta muy abajo, dejando asomar parte de su vientre plano y pálido, formando un gran escote que revelaba que no llevaba sujetador. Ágata debió darse cuenta de su mirada y se disculpó por el atuendo.

– Es que tenemos el termostato de la calefacción estropeado. No podemos regularla ni quitarla hasta que no venga el técnico – dijo y Alma quedó sorprendida por la tonta excusa. – Deberías ponerte tú también cómoda, pronto hará calor aquí.

– No importa. De todas formas, estás en tu casa – se encogió de hombros Alma.

Ágata colocó la bandeja sobre la mesa de estudio y se agachó para recoger varios folios que se cayeron. No se acuclilló, sino que se inclinó totalmente sobre sus piernas, de tal forma que la camisa se subió mucho, dejando ver sus nalgas cubiertas por las braguitas. Alma tragó saliva, si no la conociera tan bien, pensaría que la estaba provocando. Estaba bellísima.

Merendaron y, al mismo tiempo, charlaron de muchos temas que llevaban atrasados. Estudios, chicos, chismes y trapos, los cuatro temas más importantes para unas adolescentes. Se rieron bastante y Ágata se revolcó sobre su cama, enseñando sus largas piernas desnudas y su pelvis, sin darle importancia. Alma, que seguía sentada a la mesa, no dejaba de mirarla con disimulo. Nunca la había visto tan desinhibida. Algo le pasaba y quería saberlo. Poco a poco, se serenó y, finalmente, bajaron a ver la tele un rato. Alma, conociendo los gustos de su amiga, escogió una vieja película, en blanco y negro, que trataba de un romance con mal final. A media película, se dio cuenta de que su amiga estaba llorando en silencio.

– ¿Qué te ocurre? – le preguntó.

– No… es nada. Esta película me pone triste.

– Y por eso estás llorando a moco tendido. Ágata, va siendo hora de que me cuentes lo que te pasa. No soy tonta – dijo seriamente Alma, apagando la tele con el mando a distancia.

– No… no es nada.

– Vamos, vamos, soy yo, Alma. No puedes engañarme. ¿En qué lío te has metido?

– Oh, Alma – rompió a llorar Ágata, sin freno.

Alma dejó que se calmara un poco y escuchó en silencio.

– Conocí a un hombre, un hombre mayor que yo. Era muy interesante, atractivo y cariñoso. Al principio, solo éramos amigos, buenos amigos. Me ayudó… bastante y, me enamoré como una tonta.

– ¿Está casado?

– No, divorciado – explicó Ágata, enjugándose las lágrimas. – Tampoco tiene hijos. Prácticamente, hemos vivido juntos estos meses. Sólo volvía a casa para acostarme. Era tan cariñoso, tan bueno. Me ha enseñado muchas cosas, ya sabes, en la cama. Y, ahora, no…

Alma contempló como la barbilla de su amiga hacía un mohín. Estaba a punto de echarse de nuevo a llorar.

-… no quiere verme más. Oh, Alma, me siento tan desgraciada… – sollozó Ágata, abrazándose al cuello de su amiga.

– Vamos, vamos, desahógate. Eso es. Llora todo lo que quieras – dijo conmovida.

– Gracias a Dios que estás aquí. Necesito aferrarme a alguien en estos momentos – su voz sonó extraña al tener su rostro enterrado en el pecho de Alma.

La esbelta morena la acunó en el sofá, susurrándole palabras de consuelo, de cariño. Sin embargo, tenerla así entre sus brazos, tan indefensa, la excitaba, pero no quería separarla. Tratando de que se calmase, acarició su espalda y sus cabellos rojizos. Ágata se acurrucó contra ella y colocó una de sus piernas desnudas sobre su regazo. Alma se mojó los labios y bajó lentamente una de sus manos, temblorosa. Era más fuerte que ella. Colocó la palma de su mano sobre el muslo de Ágata y la acarició suavemente, como si la consolase, pero no era una caricia de consuelo. Tuvo que reprimirse para no profundizar más. Ágata levantó la cabeza y la miró a los ojos.

– No sabría qué hacer si no estuvieras aquí, Alma. Gracias, eres una buena amiga – dijo sorbiendo. Acto seguido, la besó en la mejilla.

– Venga ya. Tú harías lo mismo por mi – dijo Alma, quitándole importancia.

– No, no. Eres una santa. Has aguantado todo, incluso seguiste a mi lado cuando yo te abandoné sin explicarte nada. Eres mi mejor amiga.

Con estas palabras, Ágata se incorporó un poco más y empezó a besar repetidamente las mejillas de Alma. Ésta se sintió incómoda, nerviosa. Aquellos besos la enervaban de tal manera que no supo que pasó después, sólo que se encontró besando a Ágata en la boca, apasionadamente. Reaccionó cuando se dio cuenta de que la pelirroja no respondía a su caricia bucal; se había quedado muy quieta, con los ojos abiertos. Alma, jadeando, se apartó y desvió la vista.

– ¿Qué… qué has hecho? – musitó Ágata.

– Lo siento. Ha sido un impulso. No se volverá a repetir, descuida – respondió Alma, sin mirarla y levantándose.

– Me has besado en la boca. Con la lengua – tartamudeó Ágata, aún sentada y tocándose los labios.

– Será mejor que me vaya; es tarde.

– ¡Santo Dios! ¿Eres… eres lesbiana, Alma?

Alma salió corriendo; aquellas palabras sonaban tan horribles en boca de Ágata que no pudo soportarlo. La dejó en casa, sola y confusa, y corrió hasta su casa. Estuvo toda la noche llorando y tachándose de estúpida.

Continuará…