Dudas un momento, pero al final te dices a ti mismo «¡qué diablos!» y recordando el buen rato que has pasado chateando con ella y sus preciosos ojos, entras en el restaurante.
La joven te ve y duda. Está a punto de levantarse, pero parece recordar algo y se vuelve a sentar con la mirada baja.

—Hola, Carolina, porque eres tú ¿Verdad? —dices sabiendo que estás siendo poco diplomático.
—Sí. —responde ella cohibida—Ante todo quiero pedirte perdón pero en mi descargo tengo que decir que la idea no fue mía.
—Ahora ya no hay vuelta atrás. Disfrutaremos de unos deliciosos platos de pasta y mientras tanto te confiesas y me lo cuentas todo, pero solo si levantas la cabeza. Odio hablar a los cogotes de las personas. —dices tú con una sonrisa tranquilizadora mientras haces una señal al camarero.
—Ella levanta la vista aún dubitativa y descubres que no todo en las fotos era mentira. Unos ojos grandes y de color azul cielo enmarcados por una melena espesa y de un negro brillante como el ala de un cuervo te recuerdan, al menos en parte, por qué estás ahí.
—Estupendo, ¿Sabes que tienes unos ojos preciosos? —le preguntas satisfecho con la sonrisa de la joven.

Interrumpís la conversación para pedir vuestros platos. Tú pides unos raviolis de carne, mientras ella se contenta con una ensalada Caprese. Revuelve la ensalada aparentemente buscando una manera de explicarse.

—Lo mejor será empezar por el principio. Hace dos años, aunque no lo parezca, era la mujer de las fotos, pero de repente empecé a sentirme mal sin motivo aparente, los médicos me hicieron pruebas y lo único que encontraron fue una alarmante bajada en las plaquetas.
—¿Y no averiguaron la causa?
—Me hicieron un millón de pruebas y al final llegaron a la conclusión de que el agente era un virus…
—O sea que no tenían ni puta idea. —sentencias tú viendo como la joven asiente con la cabeza.
—El caso es que lo único que se les ocurrió fue hincharme de corticoides hasta que hace seis meses la enfermedad desapareció tan misteriosamente como se había presentado. —dice ella.
—Afortunadamente no me han quedado secuelas, salvo esto claro está. —dice señalándose la barriga con frustración— Desde entonces me he puesto a dieta y he intentado adelgazar pero el proceso es sumamente lento.
—Entiendo. —dices tú apretándole las manos suaves y regordetas— ¿Y la página de contactos?
—Eso fue cosa de mi amiga Silvia. Es la mejor, pero tiende a ser un poco lianta. El caso es que llevaba diciéndome un tiempo que lo que necesito para eliminar kilos es practicar el mambo horizontal, ya sabes. —añade Carolina enrojeciendo un poco— Y por su propia cuenta y riesgo me apuntó en la página de contactos y colgó las fotos más sexys que encontró sin preocuparse lo más mínimo, buscó un candidato que le pareció adecuado, le envió un mensaje y me pasó el portátil cuando respondiste.

—Ya veo —dices tú convencido de que no te miente.
—Yo intenté negarme e incluso empecé a enviar un mensaje de disculpa, pero entonces tú empezaste a hacerme preguntas y una cosa llevó a la otra….
—No me digas más, fue tu amiga la que me invitó a cenar y no tú —digo riendo— ya me parecía que eras un pelín lanzada de más.
—Sí, la verdad es que sería gracioso si no me hubiese pasado a mí. El caso es que mi querida amiga me embutió como pudo en este vestido diciéndome que necesitaba salir por ahí y divertirme —dice Carolina señalando el vestido de color índigo que abrazaba su cuerpo voluminoso acentuando sus curvas.—Y… Aquí estoy.
—Bueno, pues ya que estamos aquí, brindemos por tu amiga la meticona. —dices levantando la copa de lambrusco.

Brindáis mientras notas como la tensión va disminuyendo entre vosotros, disfrutáis de la cena y charláis animadamente mientras te dices a ti mismo que después de todo no está tan gorda. El ajustado vestido azul se ciñe a su cuerpo revelando unos pechos enormes y una barriga y unas caderas grandes pero no exageradas. Además su cara y sus ojos siguen llamando poderosamente tu atención.

En los postres, tu acompañante se permite un pecadillo y come un brownie. Tú pides un café y te limitas a observar los labios gruesos y sugerentes de la joven. Carolina ha resultado ser tan dulce e inteligente como parecía, pero además tiene un toque de inseguridad e indefensión que le hace extremadamente atractiva a tus ojos.
Aunque ella insiste en pagar por la jugarreta de su amiga, tú no le dejas y pagas la cena.

—Ya que no me dejas pagar, por lo menos déjame invitarte a tomar una última copa en mi casa — dice ella tratando de no parecer demasiado ansiosa.
¿Qué haces?

Vas a su casa

Opción 1

¿Aceptas ir a su casa a tomar una última copa?

Vas a su casa
La invitas a la tuya

Opción 2

¿O te das cuenta de que es la mujer que has estado buscando y la llevas a tu guarida?

La invitas a la tuya