Relato erótico leído 1036 veces
Idioma: Español-España
Autor: Zarnel

La chica había crecido y había crecido bastante bien. Sus padres eran íntimos amigos de los míos y de pequeños solíamos coincidir fines de semana y en verano, claro que por aquel entonces a mi ella sólo me parecía una irritante criatura siete años menor que yo que merecía poco menos que ser eliminada de la faz de la tierra. Con el tiempo yo dejé de ir con mis padres a todos lados y esa mocosa desapareció de mi vida. Pasó el tiempo y yo empecé a trabajar. Sus padres tenían una pequeña empresa de mi sector y no tardé en empezar a hacer cosas para ellos como freelance. Y así fue como volví a encontrarme con Elena.

          La última vez que habíamos estado juntos ella tenía trece años y apuntaba maneras en una exageradísima edad del pavo. Con diecinueve años confirmaba sus buenos genes: alta, delgada, una melena rubia que le llegaba hasta la cintura, pechos no especialmente grandes pero bien puestos y una mirada y unos labios realmente sensuales. Estaba muy buena y ella lo sabía. Nos reencontramos un día en la oficina de sus padres y nos acordamos de aquella época en la que nos cambiábamos pokémons. Ella seguía enamorada de sí misma y necesitaba ser el constante centro de atención, pero de golpe aquello ya no me parecía tan molesto. Cosas de la edad. De esa tarde en la recepción de la oficina pasamos a hablar por Facebook, de ahí a comentar series por Whatsapp y luego a liarnos en el pasillo que llevaba a los baños de una discoteca.

          Un par de semanas después de aquellos tocamientos metí la pata en el trabajo y todo lo que había hecho ese día se tenía que repetir desde cero por un error de base. Ramón, el padre de Elena, era un trozo de pan y además me tenía mucho cariño, y realmente no me echó bronca, incluso asumió parte de la culpa por no haberme explicado las cosas mejor y no haberme supervisado el trabajo mientras lo hacía. En cualquier caso, decidí quedarme por la noche en la oficina para repetirlo. No era que fuese un trabajador ejemplar -aunque siempre está bien dar esa imagen- es que quería comprarme una lente nueva para la cámara de fotos y quería cobrar ese trabajo cuanto antes. Aunque me trató de convencer de que me fuese a casa y volviera otro día, al final me acabó dando una copia de las llaves, me explicó cómo poner la alarma y al rato me encontraba solo en la oficina medio a oscuras delante de la pantalla del ordenador.

Debía llevar aproximadamente una hora y media cuando oí que alguien entraba en la oficina. Me extrañó y levanté la vista de la pantalla para ver quién era. Desde el despacho no tenía vista sobre la entrada, pero sí sobre el pasillo por el que cualquiera que entrase debía pasar. Fue una agradable sorpresa ver a Elena.

— ¿Qué haces aquí a estas horas?— ella tampoco esperaba verme.

— Pues mira, que la he cagado y tengo que repetirlo todo.

Ella se sentó apoyándose en mi mesa. Llevaba unos vaqueros ajustados, unas sandalias que dejaban ver unas uñas pintadas de rojo y una blusa de manga corta que sin ser algo escandaloso insinuaba un escote bastante interesante.

— ¿Y mi padre te ha hecho quedarte a repetirlo?— preguntó mientras se soltaba el pelo— ¡Anda ya!

— No, no me ha hecho quedarme. Pero había que repetirlo.

— ¡Uhhhh! ¡Disculpe, señor superprofesional!— se burló.

Le di un golpecito en el muslo, aunque se lo hubiera querido morder.

— ¡Anda, calla! Que tengo mis caprichos, y quiero cobrar esto cuanto antes. ¿Y tú qué haces aquí?

— Tengo que imprimir un trabajo, se me ha estropeado la impresora de casa.

Hice un gesto ofreciéndole mi ordenador.

— Gracias, caballero.

Me levanto

- Decido que como buen caballero lo preferible es levantarme de la silla y cederle mi sitio.

Me levanto
Seguir sentado

- Con cederle el ordenador doy por satisfecha mi caballerosidad.

Seguir sentado