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Relato erótico leído
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Tiempo de lectura estimado: 30 minutos
Fotografías:
3
Idioma: Español-España
Autor: Erasmusfry

Siempre he sido una mujer conservadora. En realidad, no en el sentido de una mujer reprimida, sino porque tengo poca imaginación, y tampoco me he encontrado con gente que me propusiera cosas fuera de lo común.

Supongo que también juega un papel importante el apetito sexual. El mio funciona como un condensador: me paso hasta semanas sin pensar demasiado en sexo, incluso tengo que fingir disposición para satisfacer a mi marido. A él le gusta, o al menos le es suficiente, pero yo siempre me quedo con la sensación de que es un poco robótico todo. Y luego están las otras semanas, en que sin saber por qué, y sin tener demasiada relación con nada más, se despierta un apetito sexual voraz. Tengo ganas a todas horas. Y, pasados unos días, sin motivo aparente, vuelve a empezar el mismo ciclo.

No es que estas pulsiones me hayan creado problemas. Mis novios de juventud se asustaban un poco, pasaban de estar con esa chica tímida y comedida a estar prácticamente con una ninfómana.

La manera natural en que siempre he estado con un novio desde mi adolescencia ha restado importancia a esto. Siempre ha sido una cosa entre mi novio de cada momento y yo misma. Y eso ha sido importante para mí, porque aunque siempre digo que me da igual lo que diga la gente, lo cierto es que no es así. No me hubiera gustado que se me considerara una golfa, y con estos impulsos periódicos, la “monogamia sucesiva” que he practicado me ha ayudado a evitarlo. Tampoco es que haya tenido tantos novios, no llegan a la decena. Empecé a salir con mi actual marido desde bien pronto.

Lo cierto es que a estas alturas ya si me da más igual, casada ya desde hace varios años, lo que me importa es lo que piense mi marido. Como mucho, nuestro reducido círculo de amigos.

Cuando estoy en el momento alto del ciclo, ni siquiera necesito estímulos de ningún tipo, se resumen en…estar salida. Mi marido siempre lo ha llevado más que bien, en cierto modo casi lo desea. Es bueno ver como una nunca se encuentra con un “me duele la cabeza” o “no es un buen momento”. Pero, como todo, siempre hay un límite. Mi marido terminó por comprarme varios consoladores, consciente de que no siempre podía satisfacer mi necesidad de tres, cuatro y hasta cinco polvos al día durante periodos de tiempo.

Y es muy extraña, esa necesidad, ese impulso constante, siempre me deja insatisfecha, es como la llamada periódica de mi cuerpo pidiéndome “algo más”, algo que satisfago a medias por exceso más que por calidad. Siempre tengo la sensación de que toda esa ansiedad se podría satisfacer de un solo golpe, pero no sé cual es.

Quizás por eso mi marido me animó a explorar un poco, tratar de encontrar qué es lo que generaba ese vacío. Puede que no supiera lo que era, pero quizás lo reconociera al verlo. Empecé a ver vídeos porno por internet.

No lo encontré, pero aprendí varias cosas de mi misma. Puede ser que fuera porque nunca había utilizado estímulos, pero al principio todo me llamaba la atención y me excitaba sobremanera. Cada fetiche, cada categoría me obsesionaba de manera exclusiva y sucesiva haciéndome masturbarme con auténtica lujuria. Bukkakes, gays, lésbicos…cogía una categoría, hasta que inevitablemente me agotaba, ya no me estimulaba más, y pasaba a otra. Mi marido, que ya conocía como pasaba esas épocas, aceptaba de buen grado mi nueva manera de pasarlas. En muchas ocasiones, cuando llegaba del trabajo y me encontraba masturbándome delante del ordenador, se hacía la cena él, si mi necesidad ese día no me había permitido hacerla.

Ante algunas de las cosas de las que me encaprichaba, mi marido levantaba la ceja, pero no ponía pegas ni me juzgaba. Él siempre había sido un gran aficionado al porno, no tendría mucha legitimidad moral para criticar, pero se agradecía el gesto.

La mejora en el desahogo sexual también tuvo algunas cosas no demasiado positivas. Asociar mis orgasmos por necesidad con los vídeos me hizo desarrollar ciertos comportamientos más propios de la adicción que de otra cosa. No fueron pocas las veces que follábamos con un vídeo puesto en el portátil de la temática que me atrajera en ese momento. A mi marido no le importaba demasiado durante los preliminares, pero sí se le notaba molesto con que estuviera más atenta a la pantalla del portátil que a él estando haciendo el “tema”.

Y así, como en una ruleta que nunca repetía número, di vueltas y vueltas, para dejarla cuando el ansia remitía y retomándola cuando volvía para morderme, hasta que finalmente paró…

Se detuvo, o más bien no me hizo falta girarla más, cuando llegué a las orgías, bueno, más concretamente a los llamados gangbangs. Había algo en las situaciones, en el abandono en que las mujeres se entregan a un sexo desprovisto de cualquier otra cosa que no sea el impulso animal, que me hacía sentirme llena. Todos me gustaban, amateurs, profesionales, interraciales… mientras las protagonistas fueran penetradas por todos sus orificios, sucesivamente por hombres pacientemente esperando su turno.

Claro, inevitablemente perdió fuerza con la repetición, con la costumbre de los mismos vídeos, pero no los sentía gastados y aburridos como me había pasado con los demás. La diferencia era que volvía a ellos sin sensación de hastío, apeteciéndome, a pesar de que el estímulo que me proporcionaban ya no era suficiente. Como un adicto desarrollando tolerancia.

Desde el comienzo hasta llegar a ese punto pasó algo más de un año. Durante ese año, había otras facetas de nuestra vida que continuaban, como las habituales cenas con amigos.

Nuestros amigos de toda la vida, o mejor dicho, los que nos quedaban como cercanos tras la criba que se produce con el paso de la adolescencia a la edad adulta, eran dos parejas: Antonio, su mujer Rosa, Miguel y su mujer Paula. Más recientemente se unieron al grupo Juan y su mujer Esther, hará unos dos años, y posteriormente el mejor amigo de ellos, Carlos, que había vuelto tras una estancia en China.

Mi marido David y yo fuimos los primeros que nos pusimos de novios. Es extraño, siempre he tenido la sensación de que éramos los únicos realmente enamorados, mientras que las otras dos parejas terminaron juntas por inercia, por roce, o por cualquier otra razón por el estilo. Muchas veces pienso que eso es debido a lo que he bautizado como “el síndrome del vodevil”: tratamos a la gente como si todo lo que son es lo que pasa delante de nuestras narices. Como si cuando salen por la puerta desapareciera su existencia hasta que volvemos a verlos. Quizás mi marido y yo somos más públicos en nuestras muestras de afecto, pero quién sabe si ellos, detrás de esa apariencia desafecta se arrancan las ropas y se comen a lengüetazos en la intimidad. Reconozco que cuando mi mente vaga en estado “calienturieta” alguna vez los he imaginado follando como animales en celo.

A veces me he preguntado, ¿me convierte eso en algún tipo de voyeur? Quizás tenga algún nombre, no sé, “psico-voyeur” o algo así. Lo cierto es que no hay casi ninguna persona en mi vida a la que no haya imaginado follando en una ocasión u otra.

Curiosamente mi mejor relación no es con ninguno de los integrantes de las dos parejas de nuestro grupo de siempre, sino con Esther, lo que es bastante raro, porque su marido me parece un auténtico imbécil. No es sólo que sea machista y que se crea bastante más listo de lo que es, sino es que además parece ir a hacer daño a los demás de manera totalmente gratuita, mostrando una especie de absurdo orgullo en ello. No son grandes cosas, es una respuesta por aquí, un pequeño perjuicio por allá, vamos, las pequeñas cosas que convierten a alguien en un insoportable.

Esther, sin embargo, es una persona fiel, que guarda los secretos, atenta y siempre de buen humor. Es rara la semana que no quedamos a tomar café, en casa o fuera, más allá de las cenas conjuntas de todos. También es cierto que ella es bastante reservada con sus cosas. Es más un oído atento que una boca activa.

Ella conocía de mis “ataques” periódicos, informada por mí en nuestras charlas de café. Incluso de mi búsqueda de una manera de paliarlos o llevarlos mejor, pero nunca me ofreció más que comprensión y sonrisas que acompañaban a las mías. Es algo raro, debe ser difícil dar consejos para algo así. Dar consejos a alguien que busca algo que no sabe lo que es, no creo que esté al alcance de cualquiera.

Eso cambió cuando Esther también lo hizo. No fue que de repente se volviera muy habladora, o que su actitud con la gente cambiara de manera radical. Eran cambios sutiles, solo visibles a quien la conociera mucho y conociera sus gestos y movimientos. Sobre todo, en nuestras conversaciones parecía que quería insinuar algo pero sin atreverse a decirlo explícitamente. Cuando quedábamos todos juntos noté ciertas miradas fugaces entre ella y Carlos, el soltero del grupo, cuando la conversación giró hacia bromas sexuales en un par de ocasiones.

Más o menos una semana después de esa cena, tomando un café con Esther le pregunté:

-He visto que tenías mucha complicidad con Carlos cuando se hablaba de sexo, ¿ha pasado algo?

Esther me miró con asombro. No es la primera vez que lo hacía. En realidad es algo que me pasa a menudo con casi todo el mundo:

-¡Joooooooooder, Julia! Siempre tan directa, ¿eh?

-Lo siento, no era mi intención incomodarte…

-No, no, si ya estoy acostumbrada. Bueno, no, pero debería.

-Olvídalo, entonces.

Esther se quedó pensativa mirando la taza de café que sujetaba cerca de sus labios:

-No, está bien. La verdad es que sí. Sí ha pasado algo. Follamos-dijo ella.

Me llevé la mano a la boca con sorpresa:

-¡No me lo creo!

-Sí, ya sabes que me cuesta entrar en detalles. Soy bastante reservada.

-Pero, ¿a espaldas de Juan?

-No, no, no sería capaz. Tenemos un…acuerdo, supongo.

-¿Acuerdo?

-Sí, él también saca lo suyo. Una serie de circunstancias nos llevaron a ello. Pero estamos bien, nada ha cambiado salvo ese detalle.

Me quedé pensativa. Me resultaba extraño, pero muy fascinante la manera en que parecía hablar sin culpabilidad ni justificaciones. Siendo ella tan conservadora. La reserva que mostraba no era mayor que la habitual en ella. No mayor que cuando se había comprado un bolso a escondidas, o confesaba haberse saltado la dieta comiendo chocolate. Me recordaba siempre a una niña contando travesuras a sus amigas, con una mezcla de vergüenza y orgullo.

-¿Sabes? Siempre pensé que si alguien me decía algo así, y mentiría si dijese que nunca he pensado que nadie me diría algo así, sería Rosa-continué.

-¿Y eso?

-No sé. Supongo que siempre he pensado que esas cosas son más propias del desamor o de agravios, aunque sean inventados. Rosa lleva toda la vida quejándose de Antonio: si trabaja mucho, se queja de que la tiene abandonada, pero presume de dinero y gasta bastante. Cuando trabaja menos, se queja de que no trabaja mucho y no trae dinero. Me parece el tipo de persona que siempre se inventa excusas para ser una mártir.

Esther me miró sorprendida y estalló en carcajadas:

-Quizás es un poco tarde, pero, Julia, de verdad, deberías trabajar un poco lo de suavizar esa honestidad brutal.

-Lo intentaré-dije.

Me quedé pensando que no era muy justo que me dijera eso. Al fin y al cabo, ella sabe que su marido me cae muy mal y si no digo nada, sabrá que es porque sé comportarme socialmente. Tiene que saberlo, ¿verdad? Quizás no. A veces me pregunto cuanta proporción de realidad y cuanta de “veo lo que quiero ver” es la que conforma la cabeza de un ser humano normal.

Decidí aprovechar el momento de intimidad y confidencias:

-He estado pensando mucho últimamente. No sé por qué me he terminado enganchando a esos vídeos de orgías, cuando ya no me provocan esa sensación de satisfacción.

-¿No te parece evidente que guarda relación con tus ataques desde la adolescencia?

-¿Qué quieres decir?

-Bueno, que algún rincón de tu cabeza te está diciendo que eso es lo que buscabas.

-No, si me gustan, pero ha perdido fuerza.

-No lo entiendes. Quiero decir que estás yendo en la dirección correcta. Pero aún no has llegado a la meta.

La revelación me golpeó con fuerza. No me hacía falta darme cuenta de la humedad y los picores repentinos para darme cuenta de que tenía razón. Pero en seguida llegó la reflexión.

-Espero que no. David no lo permitiría ni en tres vidas.

Se generó un silencio incómodo, que rompió Esther:

-Quizás sí. No digas nada. Espérate un par de semanas. Creo que se me ha ocurrido una idea.

-¿Cuál?

Esther con una sonrisa pícara, contestó:

-Prefiero que no lo sepas aún. ¿Esperarás?

-Me parece mi mejor alternativa. Si tengo que elegir entre una idea que no se cuál es o ninguna, me quedo con la primera.

Ahí dejamos la conversación. Esther se levantó, me dio dos besos y me dijo que confiara en ella.

No volvimos a vernos hasta pasada la fecha acordada. Nuestros maridos y Carlos solían quedar cada vez en una casa para ver los partidos de fútbol. Esa semana habían quedado en la casa de Esther y Juan. David volvió esa noche un poco raro. Me dio miedo que Esther le hubiera dicho algo y que hubiera tenido una mala reacción. También tenía miedo de que la tuviera conmigo, así que por los nervios, lo dejé estar.

Al día siguiente llamé a Esther para salir de dudas. Me dijo que no le había dicho algo exactamente, pero que la cosa iba “bien”, sin dar más detalles. La presioné, pero me dijo que esperara un par de días y ya me lo contaría todo tomando un café.

Pasados los dos días, en los que la actitud evasiva de David continuó, quedamos Esther y yo en nuestra casa. En cuanto entró por la puerta la apremié a contarme qué había pasado:

-Venga, dime de que va todo esto. Espero que no me hayas provocado un problema.

-Tranquila. Tengo que reconocerte que quizás no me debería haber tomado la libertad, pero me emocioné, y pensé que si sale bien te resultaría más satisfactorio por la sorpresa. Pero, eso, claro, si no te enfadas.

-Me estás asustando.

-No, no te asustes. Tienes que verlo como que te he abierto la puerta a lo que necesitas. Lo mejor es que lo veas- dijo pasándome un pendrive.

Lo cogí con la mano algo temblorosa, fui a la habitación a recoger el portátil, lo llevé a la salita, lo puse encima de la mesita delante del sofá en el que se había sentado Esther. Conecté el pendrive mientras iba encendiendo el ordenador.

-Tengo que decirte que siempre he pensado en David como una persona influenciable en grupo: la persona que se toma esa última copa sin ganas en cuanto le presionan un poco los amigos, el que se ofrece a hospedar una cena cuando nadie se ofrece…

-Si, es un poco así…

-Sí, ya me había dado cuenta. Te lo digo por si te resulta difícil verlo. Te diré que fue un poco reticente, pero le pudo la presión de grupo. Hubo suerte con eso.

-No tengo ni idea de que me estás hablando.

-Bueno, ahora lo verás-me dijo Esther dándome unas palmadas en la mano que tenía más próxima.


En el pendrive había un fichero de vídeo, lo cliqueé. En él solo se veía a todos los hombres del grupo sentados en el sofá de la casa de Juan y Esther. Parecía como si la cámara estuviera encima del televisor.

-Es que puse a grabar un poco antes del descanso-dijo Esther al mirarla con expresión de no comprender nada.

Esther se acercó al portátil y desplazó un poco la barra de reproducción del vídeo:

-Ahora empieza-dijo.

En el vídeo se veía que entraba en la sala Esther. Lo que venía a continuación me dejó sin habla y fascinada. Fui incapaz de decir nada ni apartar la vista hasta que acabó el vídeo casi una hora después.

Estaba esperando desnuda en la cama, después de haber visto el vídeo dos veces más, cuando llegó David del trabajo.

-¿Cariño?-gritó.

-¡Estoy aquí, en la habitación!

David entró en la habitación sin la chaqueta y aflojándose la corbata. Se inclinó y me dio un beso. Terminando de quitarse la corbata, dijo:

-Te está durando mucho ésta vez, ¿no? LLevas casi un mes en este plan.

-Sí.

-Bueno, no pasa nada. Voy a cenar.

-No, espera. Tengo un vídeo que quiero que veas.

-¿Otra vez? A ver que tienes ahora.

Miró el vídeo en la pantalla del portátil. Estaban todos sentados en el sofá:

-¿Qué es esto? ¿Todos viendo el part…

David se interrumpió de repente al darse cuenta de qué era. Se llevó la mano a la cara, deslizándola hacia arriba hasta agarrarse en un puño su pelo:

-Cariño, yo…no sé por qué me uní…yo…

-Tranquilo. Ya me contó Esther que en tu caso fue más una cosa de dejarse llevar que de auténticas ganas. Sólo no lo hubieras hecho.

-¿No estás enfadada?-dijo realmente sorprendido.

En la pantalla Esther ya se había arrancado su camisa e iba pasando frente al sofá invitando a todos a tocar sus tetas. Miguel es el que más entusiasmo mostraba. Tras un rato David acercaba tímidamente una mano a esos magníficos pechos que tiene la pelirroja ante la petición a gritos de sus amigos.

-No, no realmente-le contesté.

Y era verdad. No me hacía sentir ni bien ni mal, sólo lo veía como una oportunidad para conseguir mi objetivo. Quizás más adelante, viéndolo de otra manera, a lo mejor sí llegaba a molestarme. Pero gracias a verle reticente lo veía poco probable.

En la pantalla Esther ya estaba sin bragas y lo que le estaban tocando ya era directamente el coño. Lo puse a velocidad rápida.

-Te juro, Julia, que te quiero muchísimo, pero es que creo que nunca podré comprenderte.

-¿Por?

El vídeo ya mostraba a Miguel en el suelo y a Esther cabalgándolo mientras se la mamaba a Juan. Antonio trataba de derramar lubricante en el culo en movimiento de Esther. David seguía vestido y sentado mientras Antonio giraba la cabeza hacia él, riendo e instándole a desnudarse. Carlos sonreía y asentía.

-Tus reacciones a veces son de lo más extrañas. Deberías estar cabreadísima. Ya tenía pensado contártelo. No te lo conté el mismo día, por miedo a que afectara a tu relación con Esther, y decidí esperar a que se pasara tu “época de picores”. Tú no te das cuenta, pero además de más cachonda también eres más impulsiva.

-Ya, ya, te conozco. Sé que no me engañarías salvo circunstancias muy excepcionales. Tranquilo.

El portátil mostraba ya a mi marido desnudo, tras bajarse los pantalones a regañadientes después de ser levantado a la fuerza por sus amigos. Esther se la chupaba mientras Antonio y Miguel la penetraban por sus agujeros. La velocidad a la que había puesto el vídeo los mostraba como una máquina acompasada, penetraciones mecánicas como los cilindros de un motor en marcha. Carlos se masturbaba en el sofá. No pude evitar sorprenderme la primera vez que vi el vídeo por el tamaño de su pene en máxima erección. El vídeo acelerado aumentaba el impacto de verlo alcanzar esa envergadura.

-Entonces, ¿ya está?

-No, no está. Quiero hacerlo yo también.

Esther había cambiado de pollas, ahora era Carlos la que penetraba su coño, mi marido su culo y Juan volvió a que se la mamara.

-¿Queeeeeé…?-dijo frunciendo el ceño.

-Que quiero hacerlo. Como Esther. Creo que lo de los vídeos fue la señal. Es lo que necesito. Una vez al menos-contesté con un tono completamente carente de cualquier emoción. Como el que comenta apático que está lloviendo.

-Mira…-dijo frotándose el ojo cerrado con los dedos- podría aguantarlo con los demás, pero es que me parece que si veo al gilipollas de Juan metértela, creo que no podría aguantarme las ganas de arrancarle la cabeza.

-Tú te has follado a su mujer. Además, hay maneras de aguantarte.

La pantalla mostraba a mi marido sentándose en el sofá, a Esther levantándose y sentándose en el miembro de mi esposo. Carlos desde detrás del sofá se la introducía en la boca, mientras Esther, con las dos manos libres, pajeaba a Antonio y Miguel, que estaban de pie en el sofá. Esther comenzaba a moverse con la velocidad de un colibrí en un movimiento delante-atrás, hasta que Juan llenaba el plano con su espalda al tratar de buscar metérsela por el culo.

-¿Como cuáles?

-Mantente cachondo. No te corras hasta el final y la excitación superará al cabreo.

El vídeo ya mostraba a Esther tumbada en el sofá, con todos a su alrededor pajeándose, a punto de derramarse sobre cada centímetro de ella.

-Mira…yo…hay otros factores que juegan a favor de lo que dices. Déjame un par de días para pensarlo.

-Muy bien, cariño- le dije con una sonrisa.

No le presioné más. El día debió ser difícil para él. Además de que no tenía pinta de haberlo pasado muy bien los días anteriores guardando el secreto. Follamos sin vídeos y sin decir nada. Nos deseamos buenas noches y nos dormimos.

El día siguiente pasó sin novedades. Yo no saqué el tema ni él tampoco. Comimos y cenamos con normalidad y nos fuimos a la cama pronto.

Pero pasados dos días sí hubo resolución. David se presentó con una bolsa de un sex-shop. Me dijo:

-Bien. Vamos a hablar.

Nos sentamos en las sillas del salón, y continuó:

-Mira, si no hubiera entrado en el juego el día de Esther, probablemente diría que no. Pero lo hice. Ahora Miguel dice que se lo ha comentado a Paula y que ella se ha ofrecido a hacerlo con mucha insistencia.

-¿Paula? Pensé que se ofrecería antes Rosa.

-Sí, bueno, da igual. El caso es que habiéndolo hecho Esther, y más pronto que tarde haciéndolo Paula, será bastante difícil enfrentarme a los demás negándome a que lo hagas tú. Así que prefiero pasarlo cuanto antes.

David metió la mano en la bolsa, sacó varias cajas de preservativos que fue colocando encima de la mesa y finalmente un estuche.

-Toma-dijo ofreciéndome el estuche-quiero que te pongas esto.

Abrí el estuche y era un antifaz sin aberturas.

-¿Que me ponga esto?

-Sí. Para “despersonalizar” las pollas-dijo haciendo el gesto de las comillas con dos dedos de ambas manos-. Así me será más fácil. ¿Te molestaría? ¿Lo aceptas?

La manera en que lo preguntaba me hizo comprender que David no lo entendía del todo. Me daban igual las personas. Solo quería ser penetrada por muchas pollas, me daba igual de quien fueran. Las personas que las poseían eran intrascendentes. Solo quería las penetraciones simultáneas y sucesivas. Casi prefería estar ciega.

-Sí, claro. Acepto la condición-contesté.

-Bien, este fin de semana hay un partido importante. Ya les he dicho que lo veremos aquí. Así es como lo vamos a hacer…

LLegó el día. Todos los hombres estaban viendo el partido. Desde que llegaron me sentía como cuando se toma demasiado café. Cuando se cruza la línea del nerviosismo y se ve lo que hay más allá: una tranquilidad acompañada de atención felina.

Les puse aperitivos y bebidas mientras sonreía y mi entrepierna deseaba que llegase la hora.

Faltaban quince minutos para el descanso, la hora que me indicó mi marido para prepararme. Salí de la cocina, donde había estado haciendo ejercicios de respiración para relajarme. Pasé por la salita donde estaban todos sentados frente al televisor:

-¿Qué tal el partido?-pregunté.

-Bastante aburrido-contestó Carlos.

-Bueno, seguro que os divertiréis de todos modos.

-No sé. Aunque hubo otro partido aburrido en el que al final nos lo pasamos estupendamente-dijo Antonio riendo.

Miguel pegó un codazo que pretendía ser discreto a Antonio. Creo que no sabían lo que les esperaba. Miré a David, que me devolvió la mirada con una sonrisa que se notaba nerviosa y me hizo un ligero asentimiento con la cabeza. Le sonreí y me dirigí al salón. Cerré la puerta y solté una profunda respiración.

Quité los candelabros de la mesa y el tapete, dejándola completamente despejada. Coloqué el cuenco en el que habíamos puesto todos los preservativos en un taburete alto que habíamos llevado de la cocina antes de la llegada de los invitados. Empecé a desnudarme con bastante nerviosismo. Notaba las manos temblar. Una vez completamente desnuda, cerré los ojos y pensé en lo que iba a pasar. Los nervios pasaron para dejarme una completa sensación de felicidad. Encendí una cámara escondida.

Me subí a la mesa, me giré para tumbarme de espaldas. Me abrí de piernas, me puse el antifaz y esperé.

Es extraño, cuando nos quitan un sentido parece que todos los demás se agudizaran para compensar. Notaba el frío de la madera de la mesa bajo mi espalda desnuda, con las yemas de los dedos podía distinguir las vetas con una claridad que no creía posible.

Casi podía oler los dulces que antes ocupaban el cuenco ahora lleno de preservativos, olía el humo proveniente de la salita, y casi podía oler la humedad de mi propio sexo.

Oía todo lo que podía ser oído como si se distribuyera en capas: podía oír la narración del partido, las conversaciones paralelas de los hombres y separarlas con facilidad en mi cabeza.

Finalmente pude oír como en la televisión daban paso a la publicidad tras comenzar el descanso. Mi respiración me hizo arquearme ligeramente en un un espasmo. Oí a David:

-Bueno, ¿qué os parece el partido? ¿Mejor o peor que el último, en casa de Juan?

-El partido, mejor, pero el resto de ese día convierte a aquél en infinitamente mejor- dijo riendo Antonio.

-Vamos a la mesa del salón, a comer algo- dijo David.

-Ya tenemos aperitivos aquí. Yo personalmente no tengo hambre-contestó Carlos.

-Da igual. Por favor, vamos todos- dijo David en un tono que dejaba claro que debían ir.

Oí como se levantaban todos.

-Bueno, ya que Juan fue tan amable de ofrecernos lo mejor de su casa…

Oía como se acercaban a la puerta y, a continuación, como iba girando el pomo:

-He decidido hacer lo mismo-concluyó David.

Al abrirse la puerta se generó un silencio sepulcral por debajo del sonido de la televisión, fruto de la sorpresa de todos los invitados.

-¡Adelante, chicos! Ella no va a hablar, y si lo hace, solo conmigo. Y respeto dentro de lo posible-les indicó David.

Notaba los pasos de como se acercaban y rodeaban la mesa. Unas manos se acercaron y empezaron a masajear uno de mis pechos. En el otro pellizcaron ligeramente el pezón, que mostraba claramente mi excitación, por mucho que yo evitara cualquier movimiento o alteración de la respiración. Algún roce de los antebrazos me indicó que estaban desnudos.

Note una mano que acariciaba gentilmente mi mejilla. El propietario de la mano inclinó su cabeza hasta quedar a la altura de mi oído. En un susurro dijo:

-Soy yo, cielo-era la voz de David. Y me besó en los labios.

Alguien cogió una de mis manos, apoyadas sobre la mesa, y la dirigió a lo que claramente era una polla en semierección. Empecé a pasar la palma por la parte inferior y los testículos, a lo que el miembro anónimo respondió endureciéndose. Lo agarré y empecé a masturbarlo muy lentamente.

Casi a la vez noté como un dedo iba acariciando entre mis piernas abiertas. El dedo se introdujo en mi sexo. Emití un leve gemido:

-Bufff, desde luego parece que está preparada-era la voz de Antonio en respuesta a mi humedad.

Lo que debía ser una polla se depositó sobre mis labios cerrados. La mano de David todavía estaba en mi mejilla, y por la posición desde luego no era la suya. Saqué mi lengua tímidamente, topando con lo que con toda seguridad era un frenillo. Me introduje el prepucio en la boca, chupando y jugando con mi lengua.

Noté que recogían el cuenco que había depositado a mi lado. Se oían sonidos crepitantes, propios de los envoltorios de los preservativos. La polla que tenía en la boca seguía ahí, no así la mano de mi marido, que noté que se retiró.

Dos manos separaron, empujando el interior de mis muslos, más mis piernas. Alguien subía a la mesa. Empezó a deslizar su glande por mi coño. Tras varias pasadas, fue introduciendo esa polla extraña. No era la de David, definitivamente, era algo más gorda pero algo más corta. No se apoyaba sobre mí. Sentía las manos apoyadas a mis costados, se debía erguir sobre sus brazos estirados. El movimiento era más un deslizamiento de delante hacia atrás que el típico martilleo dentro y fuera propio de la posición del misionero.

Noté como flexionaba los brazos el que me estaba follando, apartando al dueño de la polla que estaba chupando. Noté que acercaba sus labios a los míos, a lo que giré mi cabeza. Los besos y follar con cariño, sólo para mi marido. Debía ser el gilipollas de Juan. Hay gente que no respeta las normas implícitas. Siguió buscando mi boca, que le rehuía, con su lengua. Se detuvo de repente, seguramente por algún gesto de David. Pasó su mano por detrás de mi cabeza en un amago de abrazo. Su nueva posición, completamente sobre mí, le permitió empezar a martillear fuertemente mi coño.

Se detuvo de repente y se apartó, seguramente por la petición de turno de algún otro. Alguien me agarró del brazo:

-Ponte a cuatro patas sobre la mesa, cariño-era la voz de David.

Me giré y me incorporé a tientas, asegurándome que mis manos se apoyaban en la mesa. Una vez en posición noté como empezaban a lubricar mi culo y a empezar a abrirlo introduciendo primero un dedo y, luego dos. Mientras tanto iban pasando pollas cerca de mi boca en sucesión que yo chupaba. Ninguno es tan alto, supongo que se subirían a una silla. Noté como sacaban los dedos de mi ano.

-Ahora de pie en el suelo un momento, cielo- me indicó David agarrándome otra vez del brazo y proporcionándome apoyo para que no me cayera.

Una vez de pie, noté movimiento en la mesa. Con David todavía agarrándome del brazo, dijo:

-Ahora, con cuidado, hay alguien tumbado en la mesa. Coloca tus rodillas a sus lados.

Con cuidado, y con las guías de sus manos, subí a la mesa y avancé un poco a gatas hasta que me indicaron detenerme. Debíamos estar bastante cerca del borde. Me incorporé, apoyada solo en mis rodillas sobre la mesa.

-Ahora ve bajando poco a poco, cielo- oí en la voz de David.

Fui descendiendo lentamente mi elevación. Sentía un glande que se iba introduciendo, y una mano externa que lo dirigía a mi entrada que se iba retirando. Entraba bien sólo debido a mi humedad. Las proporciones eran enormes…

-¡Dios!- exclamé, sin poder evitarlo, llevándome inmediatamente la mano a la boca- Perdón-añadí en forma de disculpa a David.

Me dí cuenta que había exclamado demasiado pronto, porque sólo me había introducido lo que en seguida me di cuenta que no era ni la mitad de aquel miembro. Debía ser el de Carlos.

-¿Estás bien? – preguntó David.

-S…sí…-contesté.

-Bien, quédate quieta un momento.

Estar quieta un momento desde luego que me venía estupendamente para acostumbrarme a tener “eso” dentro. Noté como lo que debía ser una polla estaba en la entrada de mi culo. Estábamos tan al borde para facilitar la penetración por detrás a alguien que estuviera de pie. Quien quiera que fuera el que estaba detrás, tuvo suficiente habilidad como para meterla entera en apenas dos minutos sin hacer ningún daño. La bestia de tres cuerpos que ahora formábamos estaba completamente quieta.

-Empieza a moverte cuando estés lista, cielo-dijo David. Por la posición de la voz claramente no era el propietario de ninguna de las dos pollas que tenía dentro.

Respiré hondo y comencé a moverme. Que uno estuviera abajo y otro detrás permitía que fuera mi movimiento el que controlara las penetraciones. Era fantástico, según salía una por un lado, iba entrando la otra por el otro. Ellos hacían poco movimiento, especialmente cuando se dieron cuenta de que gemía mucho más cuanto más quietos estaban. La coordinación era perfecta.

Noté una polla cerca de mis labios, alguien estaba de rodillas en la mesa, a los lados de la cabeza que suponía de Carlos. Me la introduje en la boca. Creía que era la de David, pero no estaba segura, ya que había notado antes otra de dimensiones parecidas a la suya. Eché las manos hacia los lados. Los dos restantes comprendieron mi gesto, acercando sus pollas a mis manos. La de David también podía ser la de mi mano izquierda.

Y mientras era penetrada doblemente, felaba, y pajeaba a dos manos, me invadió una sensación de felicidad extrema, de plenitud. Comprendía aquello de “Vive el momento”, porque nada más me importaba en ese instante que, precisamente, ese instante.

No aguanté mucho, pasados unos minutos me saqué repentinamente el miembro de mi boca:

-¡David!¡Que me corro!¡Que me corrooooooooo!

-¡Dadle!¡Dadle muy rápido!¡Es lo que le gusta!-gritó apremiante David. Definitivamente era el de mi mano izquierda.

Empezaron a moverse muy rápidamente. Toda coordinación se perdió y lo arrítmico de las penetraciones hicieron que el orgasmo me golpeara con más fuerza. En un espasmo me incliné hacia delante, abrazando con fuerza la cabeza del que suponía que era Carlos y apretándola contra mis pechos. Durante la duración del orgasmo, que fue de los más largos de mi vida, emitía un gruñido parecido al de una ardilla mientras mantenía los dientes apretados. Finalmente respiré liberando toda la tensión acumulada. Y los tres integrantes del acto sexual nos quedamos completamente quietos. Oí una voz:

-¿Seguimos?-dijo David.

-S…Sí…dame un minuto para recuperarme-dije respirando hondo.

Durante un par de minutos mi mente se quedó completamente en blanco. Tenía una sensación de tranquilidad serena. Casi podía quedarme dormida en ese preciso y precioso momento.

Las pollas seguían erectas en mi interior, y al volver a ser consciente de ello, desperté de mi sensación.

-Bien, estoy lista. Pero cambiadme las pollas, ¿no?-dije riendo.

Me puse de rodillas sobre la mesa para que el de debajo cambiara posición sin tener que levantarme de la mesa. Pasaban por debajo mío, entre mis brazos y mis piernas hasta que me daban la señal. Siempre había una mano ajena que guiaba la polla del hombre tumbado a mi cueva. Suponía que sería David.

Cambiaron tres veces las posiciones, una de ellas cortándome un orgasmo en ciernes. Preferí seguir en mi rol y no decir nada. Como rotaban, no estaba segura, porque soltaba todas y me sacaban todas en cada ocasión. De lo que sí estaba segura es que David no la había metido en mi coño y que Carlos la metió ahí dos veces. También estaba segura de que Carlos no me la había metido por el culo, puede que por indicación de David o por iniciativa propia, ya que es el hombre más atento y considerado de todos los amigos.

Las pollas que pajeaba y chupaba no llevaban condón, las que me metían sí. Al principio supuse que primero pasaban por mis manos o por mi boca y luego iban a mi interior, pero a estas alturas eso era imposible. Simplemente se los quitaban para todo lo que no fuera metérmela.

Cuando tocaba la tercera rotación, me puse de rodillas, pero David me dijo:

-No, siéntate en el borde de la mesa y túmbate.

Así lo hice. Era difícil para mí hacer una estimación del tiempo, pero oí acabarse el partido en la televisión al cabo de un rato. Debíamos llevar más de una hora. Pensé que o se habían corrido fuera, o yo no había sentido correrse ninguna polla, ni en mi interior ni en mis manos, o tal vez debían tener tal carga acumulada que me iban a cubrir entera.

Alguien empezó a penetrarme. La idea de colocarme así, estaba claro, era follarme estando ellos de pie. Afortunadamente la altura de la mesa era la adecuada a la altura de casi todos ellos para hacerlo cómodamente.

La polla parecía la primera que me metieron. Suponía que sería Juan. Trató de recrearse alternando ritmos, pero en seguida aceleró. Emitió un gruñido que me resultaba imposible de identificar. La sacó a toda velocidad y empecé a notar impactos por todo mi cuerpo. Los primeros en la cara. Los siguientes no estaban tan localizados. Eran como cuerdas que caían de golpe desde mis pechos hasta mi entrepierna. Debió soltar al menos trece o catorce chorros.

-¡Jo-der! ¡Vaya corrida!-era la voz de Miguel, que no había dicho nada en toda la noche. Por la distancia que debía estar, obviamente no había sido él.

La siguiente polla se fue introduciendo en mi coño. Era Carlos, sin duda. Después de un par de minutos de bombeo lento empecé a notar el fuego subiendo desde mi bajo vientre:

-¡Me voy a correr!¡Me corro otra vez!¡Dame polla!¡Dame pollaaaaa!-grité.

-¡Dale rápido!-urgió David.

El que seguro era Carlos me agarró con las dos manos de la cadera y empezó a bombear a una velocidad endiabla. Empecé a arquearme hacia atrás hasta estar apoyada en la mesa sólo con mi culo y la coronilla de mi cabeza. Esta vez no emití un chirrido, sino que dije en un crescendo que empezó en un susurro y terminó en un grito:

-Me corro…me corro…me corrooo…¡Me corroooo!

Y caí derrumbada sobre la mesa, resoplando. Sonó una voz proveniente de la zona de penetración:

-Tranquila. Espero hasta que te recuperes, que estarás hipersensible. ¿Prefieres que la deje dentro o la saco?-era la voz de Carlos.

-Dentro, por favor- le contesté intentando recuperar el aliento.

De donde había sonado antes la voz de Miguel, alguién habló:

-Parece que le gusta la tuya, ¿eh? La has hecho correr dos veces-era la voz de Antonio.

-Bah, esto es como la ruleta rusa. Es más por la posición que te toque que por cualquier otra cosa. Si le hubiera tocado el turno a otro se hubiera corrido igual-dijo Carlos quitándose importancia.

Ya había recuperado un poco la compostura.

-Ya puedes seguir-indiqué.

Carlos empezó a medio ritmo directamente. Aparte de las proporciones, la sentía dura como una barra de hierro. Aguantó varios minutos, lo que ayudó a que volviera a ponerme a tono. Finalmente aceleró y la sacó. Noté los chorros tan abundantes como los anteriores, quizás un poco menos de potencia, aunque uno si que cayó en mi cara, cerca de los labios.

-¡Madre mía!¡Otra igual!¡Antonio, a ver si vamos a quedar mal!-dijo Miguel.

-No es un concurso. Lo importante es que ella lo disfrute-dijo Carlos mientras se alejaba de mí.

-¡Exacto!¡Eso es!-reafirmó David.

La siguiente polla empezó a introducirse. Era la que se parecía a la de David. Empezó muy rápido, pero sin ritmo constante. La sacó enseguida. Noté como se me iba encharcando el ombligo y el vientre. No había impacto ni fuerza ninguna, pero la cantidad no debía estar lejos de la que me habían tirado los dos anteriores.

-Bueno, no he estado a la misma altura, pero tampoco he estado mal- se oía alejarse a Miguel, en un tono de excusa.

La siguiente me fue introducida. No era David. El movimiento era errático. Pasaron unos minutos, en los que noté muy breves pérdidas de erección:

-Buff, lo siento. Es que estoy bastante nervioso. Ya te he comentado más de una vez lo mucho que me gusta tu mujer-dijo Antonio.

-No te preocupes. Tómate el tiempo que necesites-dijo David, que era el que quedaba por descargar después.

El comentario tranquilizador de David pareció surtir su efecto y Antonio comenzó un bombeo más constante en ritmo creciente. En un par de minutos más la sacó y noté caer chorros sobre mi cuerpo, más calientes aún que los de los anteriores, y con la misma fuerza. Hasta tres veces noté que cayó algo en mi cara.

El tiempo que se había tomado Antonio, más el aroma de la enorme cantidad de semen que me cubría, me habían puesto muy caliente otra vez. Deseaba terminar a lo grande.

La última polla se acercó a la entrada de mi cueva. Parecía la de David, y él era el que quedaba, pero al notar que no llevaba condón tenía que asegurarme:

-¿David?-pregunté.

-Sí, soy yo-dijo mientras empezaba a penetrarme.

-Es que como no notaba el preservativo…

-Es que ésta te va a regar por dentro, ¿te parece bien?

-A pesar de lo de hoy, es tuyo. Como gustes- dije con una sonrisa.

Yo notaba el calor familiar, y así lo avisé:

-Si puedes durar un poco…creo que me corro otra vez.

David aflojó el ritmo. Me hubiera gustado hacer el amor con él en ese momento, no sólo follar. Me hubiera gustado que se inclinara sobre mí, que nos comiéramos a besos, susurrarle al oído veinte veces “te quiero”, besar las primeras gotas de sudor que perlaran su frente. Pero comprendí que quizás era mucho pedirle que se revolcara entre las corridas de sus amigos en las que estaba totalmente cubierta. Así estaba lo suficientemente bien. Le avisé:

-Ya…ya me viene…me voy a correr…

David aceleró. Jamás me había embestido tan rápido. Tampoco me lo había hecho nunca de pie, quizás se lo facilitara. Había algo en la manera en que me embestía y más lentamente la sacaba. Como una pantera ronroneando cariñosa, que en cualquier momento puede darte un zarpazo. El cariño y la violencia. Lo humano y lo animal:

-Me corroo…ya…me corrooo…-dije.

David me apretó contra él agarrándome por las caderas casi haciéndome daño. Como si quisiera entrar todo él dentro de mí tras su polla. Apretó los dientes mirando al techo y gruñó como un oso.

Mientras me corría notaba sus chorros golpear en mi interior. Habiendo estado tiempo tomando la píldora, habíamos follado muchas veces sin condón, pero jamás, jamás había sentido nada como eso. La potencia, los espasmos, sus reacciones. Juntos llegamos a lo que hemos comentado muchas veces que ha sido el mejor orgasmo de nuestras vidas. Aunque después hemos tenido algunos que se le han quedado cerca. Todavía le dio tiempo a sacarla y lanzar dos o tres chorros que noté impactar en mis pechos.

Pasados unos segundos, supongo que cuando vieron recuperar un estado mental decente a David, Antonio comentó:

-Buff, hablando por mí, puedo decir que ha sido incluso bastante mejor que la otra vez-dijo Antonio.

-Aunque esté mal que lo diga yo, a mí también me lo ha parecido. Quizás sea por la práctica- dijo Juan.

-Para mí también-dijo Carlos.

-¡Gracias por los elogios!-dije yo con una sonrisa y el tono más cortés y juguetón que había utilizado en mi vida.

-Ya sabéis que mi mujer quiere también hacerlo-dijo Miguel. En su tono se podía adivinar que él lo deseaba.

-Buf, no voy a ser yo el cabrón egoísta. A ver cómo convenzo a Rosa. Me tendrán que ayudar las chicas-dijo Antonio.

-Y yo si queréis os traigo una puta, para compensar-dijo Carlos, siendo soltero.

-No, no. Tú te libras. Por lo menos por mi parte. Esa es una línea que tampoco me apetece cruzar.

Los oí recoger lo que supongo que serían sus ropas e ir saliendo del salón. Seguían hablando, pero mis sentidos ya habían perdido gran parte de su agudeza. Solo oía partes sueltas. Yo había prometido a David quedarme tumbada, regada y con el antifaz hasta que volviera y estuviéramos solos.

Oí la puerta de la calle. David volvió al salón:

-Bueno, ya has tenido lo que querías.¿Contenta y satisfecha?

-Totalmente. Mejor de lo que imaginaba.

-Pues ya está. ¡Una y no más, Santo Tomás!- dijo en un tono severo que no sonaba del todo en serio.

-¡A sus órdenes, mi general!-dije bromeando.

Me encontraba totalmente satisfecha por primera vez en mi vida. Pero pensé que más adelante, si eso cambiaba, podría pedir repetir, porque él lo iba a hacer más veces. Pero también pensé que él se follaba una cada vez y a mí me habían follado todos.

Desde entonces Paula ya ha puesto su fecha, para la semana que viene. Quería hacerlo en seguida, pero después lo pospuso dos meses, para, como dijo ella, pillarlos con ganas.

A Rosa también la han convencido con la ayuda de Esther. Es tan harpía que dice que se ve obligada a hacerlo por la deuda con los demás contraída por su marido. Todavía tendrá el descaro de vendérnoslo como un favor que hace al grupo a disgusto.

Las veces que cenamos en nuestra casa, en el salón, todos comentan entre risas el cariño que le han cogido a nuestra mesa.

Yo, por otro lado, me encuentro totalmente liberada. Las ánsias desaparecieron, la adicción a los vídeos también. Mi libido se ha domado completamente. Se despierta con la misma fuerza, pero sólo cuando me estimula mi marido. David no podría estar más feliz. Nuestra vida sexual se ha liberado de la necesidad caprichosa e imprevisible que me invadía.

Las pocas veces que necesito alivio, es controlable, es liberador, no una necesidad. Ya no soy esclava de mi impulso sexual. A veces, a solas, veo mi vídeo. Cuando miro las fechas del último acceso, compruebo que David también lo ve a menudo.

Recuerdo un cuento de un león con una astilla clavada, que al serle arrancada se volvió agradecido para toda la vida a su salvador. Tanto tiempo sufriendo ese asalto caprichoso, casi toda mi vida adulta, que casi no recordaba lo que era no tener esa astilla clavada. Es mejor de lo que recordaba.

La única diferencia es que para curarme yo no necesitaba que me sacaran nada, sino que me lo metieran.

Fin