Relato erótico leído 827 veces
Idioma: Español-España
Autor: Zarnel

En el suelo, bocarriba, totalmente desnudo y a los pies de mi ama Mysha, ese es mi lugar y así estaba. Mi dueña estaba trabajando en su despacho y me usaba de reposapiés para su comodidad. De vez en cuando me ordenaba que masajease sus deliciosos pies, cosa que hacía con sumo cuidado. También me ordenaba ir a por algo que necesitaba en algún momento, un vaso de agua, el cargador del teléfono… sus necesidades son mis obligaciones. Entonces mi ama me comunicó que iba a venir un cliente y que no podía molestar. La seguí a cuatro patas hasta una estancia donde me ató las manos detrás de la espalda y juntó los grilletes a los de los pies, imposibilitando que me moviera, y luego me introdujo unas bragas usadas en mi boca y me amordazó para que no pudiera molestar mientras ella estaba en su reunión. Luego ató mi collar al radiador para que no pudiese moverme en absoluto. Luego apagó la luz y oí como cerraba la puerta con llave, y sus tacones alejarse. Ignoro el tiempo que estuve allí encerrado, únicamente acompañado del tic tac de un reloj. En un momento escuché sus pasos acercarse y tuve la esperanza de que por fin viniera a sacarme, pero pasó de largo.

Cuando por fin se abrió la puerta y vi a mi ama, no pude evitar tirarme a sus pies, intenté besarlos, pero la mordaza y sus bragas en mi boca lo impedían, así que todo lo que pude hacer fue restregar mi cara por sus pies patéticamente. Ella me dio un tirón de pelos para que me incorporara y liberó mis pies y manos, y me ordenó que le siguiera hasta la cocina.

— Te has portado bien, Sultán, es hora de tu premio.

Me quitó la mordaza y sacó las bragas de mi boca.

— ¿Has visto como has dejado mis preciosas braguitas? ¡Están completamente babeadas!

— Lo siento, mi señora.

Mi ama sacó dos platos para perros y en uno me puso agua, cosa que agradecí y la bebí usando mi lengua como lo haría un sabueso. A continuación mi Ama Mysha sacó una natilla de la nevera y echó en el plato el contenido, ordenándome que lo comiera. Así lo hice. Mientras comía, mi ama apartó mi cabeza del plato con el pie e introdujo su zapato en él, llenándose los pies de natilla.

—Come, Sultán.

Mi señora no retiró el zapato del plato y yo comí la natilla procurando dejar su maravilloso calzado lo más limpio posible. Cuando acabé, mi ama levantó el pié dejándome ver su zapato, y yo ya sabía lo que tenía que hacer. Lamí la suela de sus zapatos hasta que ella consideró que había hecho un buen trabajo de limpieza. Entonces me hizo ponerme de rodillas.

— Bien, Sultán. Hoy vamos a tener visita. Va a venir una amiga mía y tú tienes que obedecerla y tratarla como si fuera yo misma. No queremos que piense que tengo a los perros mal educados ¿verdad?

— No, mi señora.

— Bien, sígueme. Vamos a prepararte.

Me llevó al cuarto de baño y me hizo meterme en la bañera. Cogió el teléfono de la ducha y sin previo aviso me cayó un chorrazo de agua fría.

— Coge el jabón que hay ahí y límpiate.

Obedecí y me froté a fondo allá por donde mi señora pasaba el chorro de agua, y me dió un buen repaso. Cuando le pareció que estaba presentable, me hizo salir de la ducha y secarme, luego, lavarme bien los dientes. Me volvió a colocar el collar de cuero y unas muñequeras y tobilleras que podían engancharse para inmovilizarme. Luego me dio instrucciones que debía seguir durante la visita de su amiga.

El timbre sonó y, como me había ordenado mi ama, abrí la puerta, su amiga pasó y yo cerré. A continuación me puse de rodillas y le besé los pies. Después le guié a cuatro patas hasta el salón donde esperaba la Diosa Mysha. Ellas se saludaron y a continuación se sentaron en el sofá. Como me había ordenado mi señora, fui a la cocina y les preparé un tentempié. Dos copas de vino blanco, unas aceitunas y unas galletas saladas. Llevé la bandeja y la apoyé en la mesa de café. Yo me quedé al lado para atender cualquier necesidad de las señoras. Les acercaba el vino, les encendía cigarros, les rellenaba la copa, les sujetaba el cenicero. Cuanto necesitasen. Entonces, por primera vez, su amiga me prestó atención.

— Tienes un perrito muy bien educado — dijo mientras me daba una patadita en los testículos que hizo que me doblase.

— ¿Verdad? Es muy obediente, pruébalo.

— Quítame los zapatos, con mucho cuidado.

Obedecí.

— Masajéamelos.

Obedecí.

— Bésalos.

Obedecí.

— Lámelos.

Obedecí.

— ¿Sabes? — dijo—. Últimamente los hombres no me han tratado muy bien.

— Lo siento — respondí mientras lamía sus pies.

— Tu ama te ha elegido para que me desquite contigo de todo lo que me han hecho algunos hijos de puta.

— Un placer serle de ayuda.

— Apártate.

Obedecí.

— Ponte recto.

Puse la espalda lo más recta que pude y, con un un movimiento rápido, ella pellizcó mi pezón y lo retorció.

— Recuerda, Sultán —dijo mi ama —, como si fuese yo misma.

— Sí, mi ama.

— Abre la boca — pidió su amiga sin dejar de torturar mi pezón.

Así lo hice, y me llevé un escupitajo en la boca.

— Traga.

Lo hice con gusto.

— ¿No te has olvidado de decir algo?— intervino mi ama.

— Gracias, señora.

La amiga de mi Diosa agarró mi otro pezón y lo retorció con violencia. Yo aguanté el dolor como pude y ella se recreó más. Entonces me ordenó ponerme de pie y empezó a jugar con mis testículos. Mientras, mi ama me ató los brazos por detrás de la espalda. Me palmeó los testículos y una serie de rápidos calambres me recorrieron la parte baja del estómago. Simultáneamente, recibí un fuerte latigazo en la espalda por parte de mi Ama.

— Gracias, señora.

Entonces la amiga cerró el puño y poco a poco apretó con más fuerza mis testículos, mientras seguía recibiendo latigazos de mi dueña. Al principio el dolor era soportable, luego se me escapó un quejido que traté de disimular con un “gracias, señora”, luego me tambaleé. Ella me soltó y me ordenó volver a ponerme de rodillas. Lo hice y justo cuando pensaba que iba a tener unos segundos para respirar me tiró de los pelos y me llevó la cara debajo de su minifalda, dejándome ver su coño. El olor de su sexo me invadió los pulmones.

— ¿Te gustan, perro?

— Sí, señora.

— ¿Huelen bien?

— Fantástico, señora.

Entonces, con un movimiento ágil, puso sus muslos sobre mis hombros y con sus piernas me atrajo hacia ella, me apretó contra su coño, luego juntó los muslos con fuerza sobre mi cara de forma que no podía respirar. Abrí la boca para coger aire, pero lo único que conseguí es que sus labios vaginales invadiesen en mi boca. Cuando más luchaba por respirar, más placer le daba y más apretaba. Entonces abrió las piernas y tuve un par de segundos para tomar aire antes de que volviese a cerrarlas. Repitió varias veces la operación.

— ¿Te gusta mi coño?

— Sí, señora.

— ¿Quieres comerlo?

— Sí, señora.

— ¿Cuánto quieres comerlo?

— Muchísimo, señora.

Me dio un empujón y me tiró al suelo de espaldas.

— Como si fueses a hacer algo que quisieras hacer.

— Creo que necesitarás esto — oí que decía mi ama.

Incliné la cabeza para ver qué era y sostenía un bozal con un dildo que salía de la boca.

— Excelente idea.

— Abre la boca, Sultán — ordenó mi ama antes de ponerme el bozal.

Me hicieron tumbarme bocarriba, mi ama ató las tobilleras para inmovilizarme por completo y su amiga se puso de rodillas sobre mi cara. Agarró con una mano el consolador.

— Este trozo de plástico va a disfrutar de algo que tu no puedes ni soñar.

Se deslizó y el consolador entró en su coño, a apenas unos centímetros de mi cara. Empezó a cabalgar sobre mi cara poco a poco, aplastando mi cabeza contra el suelo. Gotas del sudor de sus ingles caían sobre mi cara, igual que los fluidos que se deslizaban por el plástico hasta mi piel. Poco a poco fue acelerando y cada sacudida era una mezcla de placer y aprisionamiento. Finalmente soltó un gemido y un chorro de líquido caliente me roció la cara. Se inclinó hacia delante y el consolador salió de su interior, salpicándome aún más. Se sentó sobre mi pecho mientras me quitaba el bozal.

— ¿Has visto lo sucio que está esto? ¿no se lo vamos a devolver a tu dueña así, verdad?

— No señora.

Me introdujo el dildo húmedo de sus fluidos en la boca y traté de dejarlo lo más limpio que pude. Cuando se levantó vio que mi erección era muy notable. Se rió.

— Mira, mira… ¿te quieres correr?

— Sí señora.

Se sentó de nuevo en el sofá.

— Ven, siéntate aquí.

Fui hasta ella como pude, atado de pies y manos. Eso pareció divertir tanto a las señoras. Entonces agarró mi polla y empezó a masturbarme muy lentamente.

— No te corras todavía.

— Sí, señora.

— Me has relajado mucho, la verdad.

— Gracias, señora.

— No te corras todavía.

Empezó a masturbarme un poco más rápido.

— ¿Crees que te mereces correrte?

— Si, usted lo desea…

— No te he preguntado eso.

— He hecho lo que he podido, señora.

— No te corras todavía.

Las sacudidas ya eran importantes y a mi me costaba no eyacular.

— ¿Quieres correrte?

— Sí, señora.

— ¿Cómo hay que pedirlo?

— Por favor, señora, permítame correrme.

— Puedes correrte.

En ese momento sentí como si se abrieran las puertas del cielo, pero para mi sorpresa ella soltó mi polla y dejó de masturbarme justo cuando iba a correrme. Ella rió.

— ¡Pensaba que iba a dejar que se corriese!

Me dió un empujón y acabé de nuevo en el suelo, ahora bocabajo. Entonces sentí el pié de mi ama sobre mi cara, impidiendo que me moviera.

— Espero que no te hayas corrido.

— No, mi ama.

— Date la vuelta.

Efectivamente, no me había corrido. Había líquido preseminal en la punta de mi polla, pero no había llegado a eyacular, para mi desesperación.

— Quédate así un rato, queremos ver como sufres.

Y así me quedé, bocarriba, atado de pies y manos, con una erección equina y sin poder correrme mientras ellas volvían a charlar animadamente. Al cabo de un rato se hizo tarde y mi señora me liberó las manos y los pies.

— Acompaña a la salida a mi invitada, Sultán.

Obedecí, guiando a cuatro patas a su amiga hasta la puerta, le besé los pies y le abrí la puerta. Ella tocó mi cara, al principio pensé que era una especie de gesto cariñoso, pero de golpe recibí una tremenda bofetada. Cuando me recuperé ella ya había salido. Cerré la puerta pensando que necesitaba correrme y al girarme vi a mi Diosa Mysha sonriendo y con una fusta en la mano, y supe que aquella noche aún no había terminado.

Y nada podía hacerme más feliz.

Continuará…