Relato erótico leído [CPD_READS_THIS] veces
Tiempo de lectura estimado: 13 minutos
Fotografías:
3
Idioma: Español - España
Autora:
Naunet

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El agua tibia resbalaba por su cuerpo relajando sus músculos entumecidos tras una hora de spinning intenso.

Abby se duchaba en el gimnasio mientras tomaba conciencia de que hoy era el día en el que se ponía en marcha el tren al que había decidido subirse.

Enjabonaba despacio sus largos muslos admirando su piel suave y dedicaba tiempo extra en acariciar sus firmes glúteos y su fino vello púbico que había reducido a la mínima expresión.

Se gustaba, más que eso, se admiraba. Consideraba bien empleado todo el dinero que había gastado en convertir su figura en una escultura perfecta.

Tras la ducha y ya en la zona de banquetas, se entretuvo en aplicarse leche corporal, masajeando suavemente su cuello, sus hombros y sus pechos, que reaccionaron favorablemente a sus caricias.

Compartía vestuario con dos jóvenes de 20 años que reían abiertamente recordando alguna situación del fin de semana, hasta que una de ellas se percató de que Abby se había calzado un ceñido vestido negro, sin haberse puesto previamente ropa interior. Cesaron sus risas y empezaron susurros y cuchicheos de los que Abby no se apercibió.

Ella estaba completamente centrada en el encuentro que debía producirse hoy y para el que se estaba preparando especialmente, de ahí que hubiera decidido prescindir de bragas y sujetador, escogiera uno de sus vestidos más ajustados y unos zapatos de tacón que le dibujaban unos gemelos y unos tobillos, algo más que deseables.

Hastiada de relacionarse con hombres sumisos en su trabajo y cansada de lamentarse por su nula dedicación a su desarrollo personal y sentimental, priorizando en exceso su trayectoria profesional, en detrimento de su vida privada, la semana pasada decidió darse de alta en Adult Friend Finder, una Web de relaciones adultas que encontró en la red.

En tan solo cinco días había recibido 87 mensajes privados de hombres que habían visto su perfil y le proponían relaciones.

Descartó la mayoría, algunas por la falta de fotografía (condición indispensable para ella), otras porque los mensajes decían que los pretendientes buscaban relaciones serias y con futuro (y por el momento le interesaba más calmar su sed sexual que su falta de cariño) y las que más por parecerle mensajes insulsos cargados de ñoñería e infantilismo.

Tan solo conservó dos mensajes que le habían llamado la atención por motivos diferentes.

En el primero, la foto de un sonriente joven de 40 años cortaba la cinta de meta en una prueba de cross, mientras alzaba los brazos en señal de victoria. El texto rezaba que necesitaba una compañera para practicar un deporte que se desarrolla en posición horizontal y en recinto cerrado.

El segundo era más directo y ofrecía menos pistas. El texto era una simple pregunta – ¿Te atreves? Y la foto presentaba un hombre de aspecto rudo que se aferraba con ambas manos a una reja, como si de un preso se tratase.

La decisión estaba tomada, buscaba sexo sin complicaciones, atrevido, directo y exento de cariños innecesarios.

El amor estaba, según su parecer, sobrevalorado y sin duda tenía que ver con muchas otras cosas más aparte del sexo.

Le había costado aceptar sus carencias, pero una vez definidas y armada de valor par dar el paso, ahora sólo quedaba lanzarse a la piscina, no había vuelta a tras.

Contestó el mensaje aceptando un encuentro y el desconocido, que por el momento respondía al nickname de Ironman71, le había citado en su casa de la calle Rosellón, 73.

A las 18:00 horas, puntual, llamaba al interfono y tras una espera de escasos segundos se abría la puerta sin dialogo alguno.

Cruzó la entrada del jardín y se dirigió con firmeza a la puerta principal.

Golpeó la puerta con los nudillos y apareció ante ella un hombre que le sacaba más de una cabeza en altura. Andaba descalzo con una camiseta blanca básica arrugada y unos pantalones tejanos desgastados.

De aspecto hercúleo, hombros anchos, mandíbulas cuadradas, pelo corto despeinado, barba de cuatro días negra intensa y unos ojos profundos y oscuros.

No le sonrió en el minuto largo que estuvieron mirándose sin mediar palabra. Se estudiaron de forma fría y detallada.

Después Ironman71 dio un paso lateral ofreciendo el acceso a la casa e inició una breve conversación:

– Buenas tardes, veo que te has atrevido.
– Así es ¿he hecho mal?.
– Eso depende de lo que vengas buscando.
– Por el momento entrar en tu casa.

Tras lo que Abby accedió decidida a un salón amplio con una decoración austera y carente de objetos inútiles.

Una puerta balconera abierta invitaba a salir a una terraza de grandes dimensiones, bordeada de setos de media altura plantados en jardineras de piedra artificial. Una mesa de teca, dos butacas y un sofa con cojines color pastel, era todo el mobiliario existente en el exterior.

En el salón una mesa de madera de grandes dimensiones con seis sillas a sus lados, un sofá blanco nieve y dos butacas del mismo tono arropaban una mesa de centro.

En una pared una estantería repleta de libros y una cadena de música en la que en ese momento sonaba In the air tonaight de Phil Collins.

Abby se sabía nerviosa, con el pulso acelerado, pero hacía esfuerzos por impedir que aquel gigante lo notara, sabía que el éxito o el fracaso del encuentro dependía en gran medida de su capacidad para controlar la situación.

Se fijó un poco más en su recién conocido amante, prestando atención a detalles como sus enormes y aparentemente poderosas manos, en su cuello robusto y en sus labios, que se dibujaban completamente planos en una expresión perfecta, si lo que quieres es ocultar un farol en una partida de póquer.

Se movía despacio, controlando el tempo, al ritmo de la canción que inundaba la sala, en la que ahora se había iniciado el sólo de batería más famoso de la historia.

Ofreció a Abby un trago largo en vaso de tubo, no le preguntó qué quería beber, tan sólo le entregó un líquido transparente que ella aceptó y sorbió sin pensar en que podía contener disuelta algún tipo de droga.

Había pensado mucho en el riesgo que corría al contactar con desconocidos a través de las redes sociales y las Webs de contactos y lo había aceptado sin remilgos.

Era un Gintonic, no demasiado cargado ni de excesiva calidad.

Tras cinco minutos de silencio y permaneciendo de pié en un paseo lento por la estancia, manteniendo la distancia, de nuevo Ironman71 rompió el hielo:

– Bien, naunet, tú no has venido aquí a hablar, ni yo tengo intención de darte conversación, así que quítate ese vestido y déjame ver el cuerpo que voy a poseer.

naunet era el nickname con el que Abby se había dado de alta en la red de contactos y que ahora le parecía una cursilada.

Detuvo su pasear y le miró directamente a los ojos. Nadie le había dado una orden tan directa en años. Aquel hombre le había hablado sin alzar la voz, de forma tranquila y pausada, pero a pesar del tono, el mensaje había llegado de forma rotunda e imperativa.

Dejó el Gintonic.

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Muy lentamente caminó hacia la puerta balconera que estaba abierta de par en par, empezó despacio a retirarse el vestido por los hombros. Con un contoneo estudiado dejó que cayera al suelo y lo apartó ligeramente con la punta del zapato.

El desconocido la examinaba a la vez que hacía sonar los hielos en el vaso de tubo.

Abby giró sobre si misma para mostrarle su espalda y su culo, lo hizo muy despacio. Aquella situación le excitaba, el exhibicionismo era una práctica habitual para ella, sabiéndose deseable, lo realizaba en su propia casa paseando desnuda frente a las ventanas de su habitación, con la esperanza de que algún vecino pudiera verla.

Ironman71 se acercó y comprobó la mercancía sin pudor, acariciando con sus manazas las nalgas y los pechos, luego se retiró hasta la estantería, de dónde cogió un antifaz negro que le entregó.

– Póntelo y a ciegas baila para mí. No sabrás dónde estoy, imagíname por todas partes.

Obedeció. En la radio sonaba Más y más de La Unión, ni hecho a medida.

Mientras bailaba de forma sugerente Abby se imaginó a aquel gigante desnudo, girando a su alrededor y diez ojos más mirando por las ventanas desde la terraza. La privación del sentido de la vista le permitía ausentarse del salón y crear en su mente el lugar ideal para su encuentro.

También acentuó su atención sobre el resto de sus sentidos, así creyó que era capaz de situar a su espectador por el olor a perfume que desprendía, ahora a su derecha, ahora detrás.

De pronto unas manos le cogieron firmemente por la cintura y sin dejar de moverse permitió que le abrazara.

Notó que el pecho del hombre estaba desnudo, era velludo y con unos pectorales duros, trabajados.

La barba, áspera como papel de lija le rozaba el cuello.

Le asía por detrás y le besaba la nuca mientras sus manos pasaban de su cintura a sus pechos.

De pronto dejó de sentir el contacto.

Seguía bailando, él no le había dicho que dejase de moverse.

Cuando volvió a notar su presencia unos dedos le acariciaban los labios, instintivamente entreabrió la boca esperando un beso, pero lo que encontró fue un objeto frío y esférico que le introdujo de forma delicada mientras le susurraba al oído.

– Tranquila, no te asustes, atrévete.

Notó como le fijaba la mordaza en la nuca, no demasiado fuerte ni tampoco floja.

– Ven, déjate llevar.

Desde su espalda y asiéndola por la cintura la guiaba con pasos cortos.

– Cuidado, hay un escalón.

Su voz sonaba muy suave pero no perdía el tono firme. Le hablaba en susurros muy cerca del oído.

Tras el escalón se le erizó la piel al contacto con una brisa suave y sintió como el calor del Sol se hacía más evidente, sin duda habían salido a la terraza.

El rumor de la ciudad llegaba a sus oídos de forma clara.

Notó el contacto del borde de la mesa de teka en la parte anterior de sus muslos y la mano firme de él, que en su hombro derecho le sugería que se inclinara hacia delante.

Con sus pechos descansando sobre la mesa de madera los pezones se encajaron en las rendijas de las lamas de madera.

La rodilla derecha apoyada sobre la mesa y en esa posición notó como le acariciaban su sexo, que para entonces ya se encontraba completamente húmedo.

Primero un dedo y luego dos se introducían y salían de forma acompasada y lenta en su vagina.

Abby se rendía al sentido del tacto. La brisa, el calor y el masaje.

La mordaza le obligaba a mantener la boca entreabierta y le impedía tragar, por lo que al recuperar la verticalidad su propia saliva se derramó sobre sus pechos, caliente y viscosa.

Notó como él la aprovechaba para masajear ahora sus senos.

Ella había intentado usar sus propias manos para participar en la sesión de tocamientos y descubrir los atributos de aquel desconocido, pero él le detuvo diciéndole:

– Espera tu turno.

No estaba acostumbrada a no llevar las riendas de la situación.

Cuando por fin pudo actuar descubrió que él estaba también desnudo, con su miembro erecto y duro.

Al tacto no le pareció extremadamente grande pero su tamaño era más que aceptable.

Aprovechó para palparle el culo y mientras lo hacía, él le liberó de la mordaza y le retiró el antifaz.

La luz le molestaba y tardó en acostumbrar la vista.

Descubrió un enorme tatuaje en la parte izquierda del pecho, el dibujo representaba un enorme dragón encadenado.

Era un hombre más que velludo, era peludo.

Se entretuvo mordiéndole los pectorales y clavándole las uñas en la espalda.

A estas alturas estaba tan excitada que el aspecto físico ya no era importante, el desconocido le había ganado con su firmeza y su control de la situación.

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Bajó despacio hasta quedar arrodillada frente a él e introdujo su miembro en la boca. Lamió, chupó y saboreó sin prisa. Notaba la mandíbula dormida, como anestesiada por efecto de la mordaza.

Sentada en la mesa, ofreciéndose con las piernas abiertas, lo atrajo hacia si tirando de sus manos y le invitó a penetrarla.

El deseo se había apoderado de ella y necesitaba sentirse llena.

Aquel animal embestía con fuerza con un ritmo lento que fue incrementando a medida que ella lo incitaba con gemidos cada vez más fuertes.

Le sentía resbalar en su interior, estaba increíblemente mojada. Arqueaba su espalda y esa posición le permitió ver las vistas desde la terraza, en ese momento fue consciente de que vecinos de las fincas próximas podían estar viendo toda la escena y gimió todavía más fuerte, enloqueciendo de placer.

Ironman71 retomó el control asiéndola fuertemente por el culo y levantándola.

Ella le abrazó con sus piernas pero mantuvo la posición arqueada sin emplear sus brazos segura de que él soportaría su peso sin problemas y no sólo lo soportaba, sino que con cada embestida la elevaba en un balanceo frenético que hacía que la penetración fuera cada vez más profunda y dura.

El orgasmo fue tan extremo y duradero que le recorrieron convulsiones durante casi medio minuto.

Extenuada y rendida ante aquella sesión de sexo frenético sabía que él no se había corrido y que debía terminar el trabajo.

Arrodillada de nuevo le masajeaba los testículos con la mano izquierda mientras con la derecha ayudaba a sus labios a crear la excitación necesaria que lo llevara al punto de no retorno.

Se atrevió incluso a introducir un dedo en su ano y alzó la mirada para ver su reacción, pero él miraba al cielo con la respiración entrecortada y no varió un ápice su posición ni hizo gesto alguno de desaprobación.

Sintió como el semen se derramaba en su garganta a la vez que notaba contracciones armónicas en su dedo corazón.

Rendidos se tumbaron sobre el pavimento de la terraza, sudando y tratando de recuperar el ritmo cardiaco y respiratorio.

Tras diez minutos largos Ironman71 se incorporó y con la misma voz controlada y firme le ordenó:

– Vístete, debes irte, espero una visita.

Se sentía sin fuerzas para levantarse y hubiera deseado quedarse allí más tiempo, ducharse y tal vez comer algo, pero Abby obedeció pensando que era el mejor final para una relación fría y sin sentimientos que, por otro lado, consideraba la mejor sesión de sexo que había practicado jamás.

Aquella experiencia confirmaba sin lugar a dudas que darse de alta en aquella red de contactos había sido una decisión acertada.

 

Fin.