Relato erótico leído [CPD_READS_THIS] veces
Idioma: Español-España
Autor: Zarnel

Hay momentos en los que uno debe buscarse dinero como buenamente puede, así que decidí sacarme un extra haciendo de fotógrafo low cost. No era profesional, pero siempre se me había dado razonablemente bien. Un anuncio en Internet con un enlace a Flickr y al poco tiempo ya tenía encargos, especialmente de chicas que buscaban trabajo de azafatas o similar y necesitaban un pequeño book pero no tenían dinero para pagar un fotógrafo de los de verdad. Y así me llegó un buen día un correo firmado escuetamente como «Mysha». Un nombre extraño, y asumí que debía ser rusa o tal vez ucraniana. Quería una sesión de fotos en su casa, así que acordamos precio y hora e intercambiamos teléfonos. No tenía ni idea de dónde me metía.

El primer impacto lo recibí cuando me abrió la puerta. Era una chica joven, poco más de veinte años, melena castaña hasta los hombros, piel clara y unas cejas que hacían que su mirada se clavase como cuchillas.

—Pasa— dijo sin más saludo. No era extranjera.

Obedecí no por última vez y la seguí hasta su despacho. Iba vestida con un corsé rojo con decoraciones negras, un ajustado pantalón de cuero negro y zapatos de tacón rojos. Su figura era espectacular. Me indicó que me sentase y así lo hice. Allí me explicó que era una dómina y que quería unas fotos para su blog. Me debió notar sorprendido porque me preguntó si alguna vez había sacado fotos de ese tipo. Aclaré que no, pero que evidentemente lo haría tan bien como pudiera. Me pagó lo acordado y me guió a la habitación donde haríamos las fotos. Tuvimos algunos problemas con la luz, así que me hizo traer una lámpara halógena que tenía en el salón y, apoyándola de lado, conseguimos improvisar un foco. Primero quería que le sacase varias fotos con un arnés y con una fusta y luego me dijo que le sacase varias fotos de sus pies, que eran pequeños y realmente preciosos. Entonces me dijo que le esperase un momento que iba a cambiarse.

Cuando regresó, la visión casi me derriba. Llevaba un cuerpo de látex ceñido a su cuerpo, que parecía una estatua renacentista, unas altísimas botas rojas que dejaban ver la parte superior de unas medias de rejilla y unas braguitas de encaje que dejaban ver uno de los mejores culos que había visto nunca.

—Primero quiero que me hagas unas fotos de pie y luego otras sentada— dijo para sacarme de mi anonadamiento.

—Sí, de acuerdo— logré decir.

Hicimos las fotos de pie y yo no podía separar mi mirada de ella desde el objetivo. Pasamos a sacar las fotos sentada y me tumbé en frente de ella para sacar un contrapicado. Ella tenía las piernas cruzadas y noté que con el tacón de la que tenía en el aire me pisaba ligeramente. Aquello fue la gota que colmó el vaso y ya no pude controlar la erección. Y ella lo notó.

— ¿Alguna vez has tenido una experiencia BDSM?— preguntó.

— N… No…— titubeé.

Estaba nervioso y ella lo disfrutaba.

—¿Por qué?

— No sé, nunca me lo había planteado.

— ¿Y ahora sí te lo planteas?

No sabía qué responder, así que sólo tiré la foto. Salió borrosa. Entonces noté que me pisaba la polla.

— Te he hecho una pregunta.

— S… Sí— conseguí contestar, completamente hechizado.

— Levántate, quiero ver cómo han quedado las fotos.

Cogió mi cámara sin siquiera colgársela al cuello, pero fui incapaz de quejarme.

— ¿Sabes? — dijo sin levantar la vista de la cámara — No permito la presencia de hombres vestidos aquí.

—¿Cómo?— pregunté como un idiota.

Su mirada se clavó en mi y pocos segundos después estaba completamente desnudo.

— Besa mis botas— dijo.

No le hice esperar y traté de complacerla. En realidad llevaba toda la tarde deseando hacerlo. Lamí y besé sus botas mientras ella azotaba mi culo con un látigo corto de varias colas. Jamás hubiera dicho que así, lamiendo las botas de una diosa hubiera disfrutado tanto. Cuando mi trasero ya estaba rojo, su color favorito, cogió un collar y me lo puso.

— Vamos, quiero ver esas fotos en el ordenador.

Tiró de la correa y volvimos al despacho. Allí ató la correa a la pata de una mesa como quien ata la correa de su perro mientras entra un momento en una tienda.

— A partir de ahora eres mi perro. Y por lo tanto te pondré un nombre de perro: Sultán.

Mientras decía esto me acercó un plato con agua y me lo dejó delante.

—Estás sudando, Sultán. Bebe esto mientras yo me voy a poner algo más cómodo.

No dejé ni una gota de agua, no debía enfadar a mi ama, y aguardé con impaciencia su regreso. Cuando lo hizo, volvía a llevar el corsé y los pantalones de cuero que llevaba cuando llegué, que parecía un recuerdo de otra vida. Ella se sentó frente al ordenador y me ordenó que me tumbase boca arriba debajo de ella.

—Quítame los zapatos.

Obedecí y retiré con cuidado esos tacones rojos.

— Cuando te de una orden, quiero que me contestes «sí, mi ama».

— Sí, mi ama.

— Bien. Voy a mirar las fotos que has hecho, tú, mientras, quiero que me masajees los pies.

— Sí, mi ama.

Mientras le masajeaba un pie, la Diosa posaba el otro sobre mi cara. Me hacía besárselo y lamérselo, y yo lo hacía encantado, venerándolo como la escultura que era.

— ¿Te gustan mis pies, Sultán?

— Me encantan. — Dije como pude con su pie en mi boca.

Con un tirón de correa me hizo ponerme frente a ella, de rodillas.

— ¿Sabes qué me tienes que traer?

Por un momento no entendí nada, y ella me clavó una mirada que me atravesó. Entonces lo entendí y fui a incorporarme.

— Sultán, ¿cómo andan los perros?

Rectifiqué y fui a cuatro patas hasta mi bolsa. La abrí y cogí el dinero que me había dado por las fotos.

— Sultán ¿los perros tienen manos?

Me puse el dinero en la boca y lo dejé a sus pies. Me indicó con un gesto que lo dejase sobre la mesa y así lo hice, aunque me costó un poco hacerlo a cuatro patas. A continuación me llevó hasta un lugar más despejado de su despacho y me hizo tumbarme boca arriba. Me puso unos grilletes en cada muñeca y me ordenó estirar los brazos por encima de mi cabeza. Obedecí, pero demasiado relajadamente.

— ¡He dicho que estires los brazos, no que te tumbes de campo y playa! — Me gritó mientras me clavaba un tacón en el muslo.

Estiré bien los brazos, y recibí un latigazo en el pecho. A continuación comenzó a azotarme las pelotas. A cada impacto la polla se me ponía más y más dura. Eso pareció complacer a mi señora, porque adiviné una ligera y preciosa sonrisa en su rostro. Al cabo de un rato paró.

— Vamos a pasar a otra cosa.

Me puso un antifaz tapándome los ojos y escuché sus tacones salir de la habitación. Al cabo de unos segundos, escuché sus tacones entrar en la habitación hasta mi lado. Escuché el sonido de un encendedor, y a los segundos sentí una punzada ardiente caer sobre mi pecho. Le siguieron varas ráfagas más.

— Ya verás qué dibujo más bonito estoy haciendo, Sultán.

Cuando mi señora hubo acabado de usarme como lienzo para sus velas, se sentó sobre mi abdomen y me retiró el antifaz.

— ¿Te gusta el dibujo, Sultán?— Preguntó mientras me pellizcaba los pezones.

— Todo cuanto haga usted me fascina, mi señora.

Toda respuesta que recibí fue un salivazo en la cara. Relamí su deliciosa saliva.

— Abre la boca.

Escupió dentro y le di las gracias. Cambió de posición y se sentó sobre mi cara. Una fina capa de látex era todo lo que separaba mi boca de su sexo. Me hubiera encantado poder lamerlo, incluso se me escapó algún lengüetazo instintivo. Me hubiera entusiasmado poder darle placer a mi diosa hasta que explotase empapándome la cara y llenándome la boca, pero debería seguir sirviéndola, honrándola y complaciéndola para poder llegar a tener tal honor. Note que su mano agarraba mi polla.

— ¿Quieres correrte mi Sultán? — Dijo mientras me empezaba a masturbar lentamente.

— Si me lo permite, mi señora…

— Suplícamelo como es debido.

— Por favor, mi señora, permítame correrme para usted aunque sé que no soy…

No pude ni acabar la frase, porque mi señora aceleró el ritmo y al poco rato no pude contenerme, y disfruté de la mejor corrida de mi vida a manos de una diosa sentada sobre mi cara. Mi semen caliente llovió sobre mi pecho. Algo le debió caer a mi señora, que se limpió sobre mi. Se levantó, aunque me hubiera gustado que hubiese seguido sobre mi cara el resto de la eternidad. Yo estaba tumbado, lleno de sudor y con el pecho lleno de cera endurecida y semen.

— Ve a darte una ducha, que estás asqueroso, pero no tardes, que quiero hacer más fotos.

Jamás hubiera pensado esa mañana que a partir de ese día sería para siempre propiedad de mi Ama Mysha. Y para siempre.

Continúa en:
La visita. Parte 2