Relato erótico leído 655 veces
Idioma: Español-España
Autor: Zarnel

Llevaba varios meses sin saber nada de ella. Mi señora Mysha había dejado de contestarme a mis mensajes. Le envié varios correos disculpándome si había hecho algo que le hubiera molestado y asumir las consecuencias, pero ninguno obtuvo respuesta. Me planteé insistir, pero tampoco quería ser pesado. Y cuando menos lo esperaba, me llegó la orden de presentarme en su casa.
Llegué a su casa a la hora que me había indicado, con frialdad, me extendió su mano para que le besase el dorso, y lo hice.

—¿Me has echado de menos, Sultán?
—Por supuesto, señora.

Ella se rió y me hizo seguirla hasta el salón, allí se sentó en un sillón, donde parecía una auténtica reina. Iba vestida con una chaqueta negra y pantalones negros, camisa blanca y zapatos de tacón. Yo me quedé de pie, esperando que me diese indicaciones.

—¿Nunca te han dicho que estar vestido ante tu señora es una falta de respeto, perro?
—Perdón, mi señora— dije mientras comenzaba a desnudarme apresurado.

Justo me había quitado la camisa cuando recibí un golpe que me mordió el costado derecho. No supe de dónde había salido el látigo que tenía mi ama en su mano.

—¡Estás tardando, perro!— me dijo mientras soltaba un latigazo hacia mi pecho.

Acabé de desvestirme entre latigazos, con tanta prisa que casi me caigo al quitarme los pantalones. Cuando acabé, mi señora se recostó en el diván, con las piernas cruzadas. Me observó seria unos segundos y luego con la punta del zapato me tocó los testículos, como tanteándolos.

—¿Estabas deseando esto, eh, perro?
—Más que cualquier cosa en el mundo, señora.
—Has tenido mucha suerte de que te hiciese venir, ¿lo sabes?
—Lo sé, mi señora.
—Demuéstrame que lo sabes— dijo señalando sus pies.

Me lancé al suelo, poniéndome de rodillas y comencé a besar sus zapatos. Ella metió la punta del zapato en mi boca mientras clavaba el tacón del otro en mis muslos.

—¿Qué harías por mis pies?
—Cuanto vos desee, mi señora.
—Bien, no les iría bien un masaje. Quítame los zapatos.

Le quité los zapatos con cuidado, un poco al revés que el Príncipe a la Cenicienta, pero, claro, yo no era exactamente un príncipe. Ella me ordenó tumbarme boca arriba y posó uno de sus pies sobre mi, como si fuese un reposapiés comprado a piezas en Ikea. El otro pie lo dejó suspendido sobre mi cabeza, indicándome que le hiciese un masaje. Cogí su delicioso pie y comencé a masajearlo, firme pero suavemente, mientras ella movía sus dedos. Estuve un buen rato disfrutando del contacto con sus pies, mi señora iba cambiando el pie cuando lo deseaba, apoyando el otro en mi pecho o en mi cara, para mi disfrute. Hasta que consideró que ya estaba bien de masajes.
Entonces se levantó, apoyando su peso en el pie que tenía en mi pecho y se dirigió a la puerta. Yo me incorporé para seguirla, pero en seguida me detuve.

—¿Quién te ha dicho que puedes moverte, idiota?— me regañó con tono severo.
—Disculpe, señora, pensaba que…
—Tú no te muevas si yo no te lo digo, Sultán.
—Sí, señora.

Fue hacia una cómoda que había en un lado de la habitación y sacó algo de un cajón. Al girarse vi que era un collar.

—Como veo que no sabes estarte quieto, voy a tener que atarte.
—Como vos desee, señora.

Me ató el collar al cuello y ató la correa alrededor de la pata de una mesa, como cuando se ata a un perro mientras entras en el supermercado.

—Tú quédate aquí, a mi ahora me toca sufrir un poco en el gimnasio.

La miré sorprendido.

—El estado perfecto de un sumiso es la espera, ¿o no te lo han enseñado antes?— me dijo.

Estuve así un buen rato, esperando el regreso de mi señora. No sé bien cuánto, seguramente más de una hora, sólo, desnudo y atado a la pata de una mesa, hasta que mi señora regresó.

—¿Te has portado bien? ¿No te has movido?
—No, mi señora.
—Bien— dijo mientras soltaba la correa del collar—. Voy a darme una ducha, mientras tanto ve a la cocina y prepárame algo de cenar.

Nunca he sido muy hábil en la cocina y me inquietó no estar a la altura. Rebusqué en la cocina e hice una ensalada con tomate, un poco de bacon frito y piñones. Preparé la mesa del salón, con un bajoplato, una copa de vino tinto y encendí unas velas con un mechero que encontré en la cocina, y pelé y corté una manzana.

Cuando mi señora regresó al salón me quedé con la boca abierta: llevaba un traje de látex rojo ajustadísimo a juego con sus uñas que resaltaba su espectacular cuerpo, con mangas hasta las muñecas, y unos zapatos negros. Se sentó en la mesa.

—Vamos a ver… ¿te parece que esto es digno de tu señora?
—Yo…— titubeé.
—“Yo, yo, yo”— me imitó burlona mientras probaba la ensalada. —Esto no se lo comen ni en África. Abre la boca.

Obedecí y al momento escupió en mi boca la ensalada que había probado. Realmente, no se me da nada bien la cocina y me sentí avergonzado.

—Trágatelo.

Justo cuando tragué recibí un bofetón.

—Lo siento, señora, yo…

Otro bofetón en la otra mejilla.

—Al menos sabes cortar manzanas. Y pelarlas. Aunque viéndote no me extraña que sepas pelar cosas, seguro que eres un pajillero.
—Lo siento, mi señora, no volverá a ocu…

No pude terminar la frase, mi señora me agarró del pelo y me tiró al suelo.

—Cállate y ponte a cuatro patas, idiota.

Me quedé con la frente tocando el suelo cuando noté un chorro caliente cayendo en mi espalda. Me retorcí, pero sabía que merecía el castigo por no haber cumplido con mi deber. Un segundo chorro me quemó la espalda. Y un tercero. Cuarto. Maldita la hora en la que se me ocurrió que con las velas encendidas la mesa quedaría más bonita. Entonces oí el sonido de un mechero.

—De rodillas, que en algún lugar tendré que echar la ceniza.

Obedecí y puse mis manos en forma de cuenco mientras ella fumaba y disfrutaba de su vino.

—Que no se te caiga nada, Sultán.
—Si, señora.

Así estuve unos minutos sirviendo a mi señora como cenicero. De vez en cuando me echaba el humo a la cara. Cuando hubo acabado, apagó el cigarrillo en el cenicero de verdad y luego echó la colilla en mis manos.

—Vete a echar esto a la basura y vuelve, a ver si crees que tu castigo ha acabado.
—Sí, señora.

Obedecí, y al volver mi señora me ordenó ponerme contra la pared, con los brazos y piernas extendidas. Un fuerte latigazo me ardió en la parte baja de la espalda. Otro me mordió un poco más arriba. Y entonces recibí una fuerte andanada de azotes del que perdí la cuenta.

—¿Has entendido ya que no me puedes dar así de cenar?
—Sí, señora.

Una nueva serie de azotes se cebó con mi espalda, que ya prácticamente me quemaba. Entonces dejó de azotarme y pasó suavemente su mano por mi espalda roja. El placer del contacto de su mano se tornó dolor y más placer cuando me clavó las uñas y me arañó. Yo me incliné un poco por el dolor y recibí un fuerte azote en el culo, seguido de una nueva serie de latigazos.

—Ponte a cuatro patas y sígueme.

Mi señora me llevó hasta la cocina y allí me puso una capucha de cuero que me cubría la cara y un delantal muy femenino.

—Como suponía que no ibas a saber hacerme una buena cena, he encargado sushi y estará a punto de llegar. Cuando llegue, les abres y pagas.

Cogí un billete de mi cartera y esperé a que llegase la cena. Sonó el timbre y así abrí, con la capucha que me cubría la cara y el delantal femenino. El chino que traía la cena alucinó, abrió tanto los ojos que parecía una persona normal. Tardó unos segundos en reaccionar. Me dio la bolsa y el cambio mal. Cuando cerré la puerta, el chino todavía no se había movido, y es posible que aún tardase unos segundos más en reaccionar.
Fui hasta la mesa del salón y puse la bandejita de sushi, y serví la salsa de soja y una copa de vino. Mi señora me indicó que me quitase el delantal y la máscara y que me tumbase bajo la mesa y una vez más me usó de reposapiés mientras cenaba. Cuando terminó, me hizo recoger la mesa y meter las cosas en el lavaplatos.

Al terminar, me cogió por el collar y me llevó hasta su habitación, me hizo tumbarme en su cama y me ató con unas esposas de brazos y piernas. Luego me tapó los ojos con un antifaz. Noté el roce del látex sobre mi piel desnuda. Me pellizcó los pezones y me los retorció. Yo ya me había pasado toda la tarde con la polla dura como un cuenco de granito, ahora ya casi me dolía. Mi señora me la acarició y luego la agarró.

—¿Quieres esto?— dijo mientras me masturbaba.
—Sí, señora.

Entonces noté que se apartaba de un brinco.

—Pues no te lo has ganado. Pero yo sí.

Se levantó y sacó algo de un cajón y volvió a tumbarse junto a mi. Al principio no noté nada, pero poco a poco noté como su respiración se iba acelerando, y al poco rato su consolador empezó a chapotear con sus flujos vaginales, luego empezó a gemir. De golpe de un salto se puso sobre mi, con una pierna a cada lado de mi cara.

—Abre la boca.

Al cabo de unos segundos un chorro de líquido caliente y jugoso me golpeó la punta de la nariz, los labios, la lengua, la garganta y la barbilla. Cerré la boca para tragar y noté como dos chorretones me caían por las mejillas.
Mi señora se volvió a recostar a mi lado y al cabo de unos instantes volvió a agarrarme la polla.

—¿Tienes ganas de correrte, perro?
—Sí, señora.

Empezó a masturbarme más fuerte.

—No puedes.
—Por favor, mi señora, permítame correrme.
—Suplícamelo, Sultán.
—Por favor, mi diosa, permítame correrme.
—No te oigo.
—Por favor señora, se lo suplico, déjeme correrme…
—Córrete.
—Gracias, mi señora.

Y en ese momento, cuando estaba apunto de liberar la carga, me soltó, con una carcajada.

—¿Te lo habías creído?

Entonces me golpeó con la palma de la mano en los huevos. El dolor me subió hasta la parte baja de la tripa.

—Por favor, mi ama…

Recibí un segundo golpe y me corrí.

—Vaya… Pensaba que habías entendido que no te podías correr.
—Lo siento, mi señora, haré cuanto vos quiera para compensarle.
—Bueno, bueno, perrito…— noté cómo me rozaba la barbilla con una fusta— parece que hoy no voy a poder parar de castigarte.