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Tiempo de lectura estimado: 34 minutos
Fotografías:
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Idioma: Español-España
Autor: Gilderoy

– Está bien, como quieras. Te lo contaré todo- aceptó mi novia, y fuimos al dormitorio. Nos tumbamos juntos en la cama, y empezó su narración.
– Bueno pues al entrar en la limusina, nada más dejarte, tenía puesta música clásica muy relajante, y me sirvió champán. Intentaba seducirme, como si le hiciese falta. Tal vez intentara ocultar el hecho de que estaba allí sólo por dinero.
– ¿Pero te gustaba?
– ¿Dorian?- asentí-. Bueno… sí, supongo. Es guapo, y estaba muy bueno con su traje… Pero el físico no lo es todo. Tal vez soltera, y si lo hubiese visto por la calle me hubiese fijado, pero después de saber que tiene que ir pagando millones a mujeres para poder mojar… La verdad es que un tío así de desesperado pierde todo el atractivo- me sentí un poco mejor-. Nos tomamos unas copas, y charlamos de música y banalidades.
Al cabo de un rato, se paró el coche. No me había dado cuenta porque las ventanas estaban tintadas, pero al abrir la puerta, me doy cuenta de que había una alfombra roja que conducía desde mi puerta hasta la escalera de un pequeño avión.
Me quedé completamente asombrada, y seguí sentada. Dorian se bajó, dio la vuelta hasta mi puerta, y me ofreció la mano para ayudarme a salir del coche. Yo se la di, y me coloqué sobre la alfombra. Le pregunté que qué significaba aquello. “No pensarías que nos quedaríamos aquí, ¿no? Yo sólo ofrezco lo mejor. Y lo mejor no está aquí”. Le pregunté a dónde íbamos, y me suelta: A París.
Casi me da algo vaya. Pero bueno, aun un poco sobrecogida, caminé por la alfombra y subí al avión con su ayuda. El interior era impresionante. A la derecha había un largo sofá de piel, frente a una televisión de plasma. Más allá había un par de asientos, enfrente de otros dos y una mesa de cristal en medio, y al final del pasillo una puerta, con más compartimentos. Con nosotros venían dos o tres personas más, que tras cerrar la compuerta se fueron por la puerta del fondo y ya no las volví a ver. Me invitó a sentarme en los sillones individuales, ya que teníamos que despegar. Se sentó junto a mí, y me abrochó el cinturón. Le dije que tenía que volver al día siguiente por la mañana, ese era el trato. “No te preocupes, mañana a las 12 estarás en casa. El vuelo sólo dura una hora”. Así que el avión despegó y nos fuimos a París. Como si nada.
– ¿Qué hicisteis durante el vuelo?
– No gran cosa. Puso música clásica de nuevo, y jugamos a un ajedrez de cristal que tenía. Me ganó todas las veces. También hablamos un poco de mi carrera y eso. Era bastante divertido. Me caía bien.
– Salvo por el hecho de que había pagado por acostarse contigo.
– Sí bueno… Pero no sé, intentaba no pensar en eso. Me sentía humillada cada vez que lo recordaba, así que intenté disfrutar del momento y ya está. La verdad es que el lujo era impresionante.
Pasadas las 10 llegamos a París. Fue impresionante ver la torre Eiffel iluminada desde el cielo, y todas las luces a su alrededor. Al aterrizar nos esperaba otra limusina y otra alfombra. La verdad es que lo tenía todo perfectamente planeado. La limusina nos llevó por las calles parisinas durante un rato. Le dije que tenía bastante hambre ya, y me dijo que no me preocupase, que cenaríamos en seguida. Y a esto que el coche se para enfrente de la torre Eiffel. “Ya hemos llegado” me dice. Y yo claro, en plan: ¿no íbamos a comer?
– Hay un restaurante en la punta de la torre.
– Ya. Pero yo no lo sabía. “Seguro que te gusta” me dijo. Subimos en el ascensor, hasta la segunda planta. En la primera creo que había otro restaurante. Pero me dijo que el Julio Verne era mejor. Ya lo creo. Dios mío, cuanto lujo. Era el típico restaurante romántico, con velas, silencio, intimidad… Nos dieron una mesa apartada junto a una enorme y panorámica ventana. Las vistas eran impresionantes.
– ¿Qué comiste?
– Ni idea. Él lo pidió todo en francés, y no me enteré de nada. Pero todo estaba buenísimo. El primer plato era una especie de ensalada con queso, pero yo no sé qué llevaba, si el aliño o qué, pero estaba que te mueres. El segundo era un pescado también buenísimo, más el postre, un pequeño trocito de tarta para chuparse los dedos. Tomamos vino y Dorian tuvo que impedir que me lo bebiera a tragos. Que cosa más buena coño.
– ¿De qué hablasteis?
– Nada en especial, me contó cosas sobre Francia, las veces que había estado, sus negocios allí, por qué hablaba francés… Conforme iba avanzando la comida, me ponía cada vez más nerviosa. Supuse que después iríamos al hotel… y el pulso me iba a mil.
– ¿Cuánto costó?
– Jaja, pues mira al principio me quedé un poco pillada, porque al traer la cuenta, vi que eran 50 €. Luego me di cuenta que la coma en realidad estaba más a la derecha. Sería 500 y pico. Y yo que dejé parte del segundo plato… Lo llego a saber y lo rebaño con la lengua.
A eso de las 11 y media nos marchamos. La limusina esperaba, y condujo apenas unos minutos hasta el supuesto hotel. Yo cada vez respiraba más rápido. “No te pongas nerviosa” me dijo. Normal que se diera cuenta. Al bajar, vi que era bastante simple por fuera. Se llamaba Tour Season Hotel, George V. Según me dijo el hotel más lujoso de Francia, y uno de los mejores del mundo. Eso no ayudó a que me calmara.
La verdad es que al entrar pude comprobar que era cierto. Todo lleno de alfombras, lámparas de cristal, butacas y mesas rimbombantes… Había gente muy elegante, y me sentí un poco avergonzada de estar allí. “Tú vales mucho más que todos ellos. Y estás mucho más preciosa” me susurró Dorian, como si me hubiese leído el pensamiento. Eso me animó. Recordé que en ese momento llevaba encima mucho más de 15.000, y me sentí mucho más confiada. Me sentía distinta. Estar en aquel ambiente y no desentonar… no sé, me hizo sentir ser otra persona. Dorian fue por la llave a un mostrador de mármol, y pude ver que las mujeres y hombres que pasaban por mi lado se me quedaban mirando, impresionadas. Era una sensación increíble.
Después caminamos por un pasillo hasta el ascensor, y subimos a la 8ª planta. “He reservado una suite. Te va a encantar. Cuando vengo suelo pedir por una habitación más simple. Pero esta es una ocasión especial”. Me dio miedo preguntar. “¿Cuánto cuesta? “Unos 6.000 € la noche”. Casi me da algo allí mismo. Creo que hasta me mareé. “Y lo más importante es que realmente lo vale. Tiene las mejores vistas de todo el hotel”. Salimos del ascensor y me condujo hasta una puerta doble, en la que ponía Suit Honeymoon. Cualquiera que nos viera pensaría que éramos recién casados. Además con el anillo aquel en la mano… Pero bueno, entramos rápido.
– ¿Cómo era?
– Puff. Yo que sé, allí había de todo. Una mesa de madera súper brillante, sillones, mesitas, lámparas… Parecía un museo, me daba miedo tocar nada. Luego me llevó a la habitación, y me dio un calambre el estómago al ver la cama. Era gigantesca, con un edredón de seda grueso y mullidito, y un ciel de lit blanco.
– ¿Un qué?
– Yo tampoco sabía que se llamaba así. Es el aro este que se pone en el techo justo encima de la cama, y de allí cuelga como una sábana que envuelve la cama.
– Como lo de los mosquitos.
– Si bueno, pero aquel no era para eso. Era una tela súper suave y muy transparente. Súper romántico. Además había una chimenea encendida, por lo que el ambiente dentro de la habitación era muy agradable. También había un balcón enorme y espectacular. Tenía un pretil de piedra y mármol. Justo enfrente estaba la torre Eiffel, iluminada y preciosa. “Allí acabamos de estar” me dijo acercándose por atrás. Yo sonreí. Me señaló también donde estaba Notre Dame, el Louvre…

Ana y Dorian

Yo no conseguía distinguirlo entre tantas luces, y mientras estaba en ello, Dorian se puso a mi espalda, y se pegó a mí. Me agarró por la cintura, me tapó los ojos momentáneamente y me atrajo más contra su cuerpo. Yo empecé a ponerme nerviosa. Me cogió el brazo y lo fue guiando a lo largo del Sena, hasta una isla grande que había. “Allí está Notre Dame” me dijo. Después me apartó el pelo hacia un lado, para dejar mi cuello al descubierto, y me lo besó. Sentí un escalofrío y temí que empezase a meterme mano. Pero sólo fue un besito. Después me susurró “Qué suave estás… y qué bien hueles… Anda, entremos, o se enfriará la habitación”.

Yo me moría de celos.
– Entramos, se sentó en una alfombra blanca y suave que había en el suelo, junto a la chimenea. Estaba mullidita, y me invitó a quitarme los zapatos y acompañarlo. Me senté con mucho cuidado en un sillón de seda que había e intenté quitarme los tacones. Él se arrodilló frente a mí, y me ayudó. Suavemente me los desabrochó y quitó. Luego me dio un besito en los dedos.
Nos sentamos junto al fuego en silencio, y me sirvió champán. Eran las 12 ya, y fue la última vez que te contesté a un toque. “Esta noche eres sólo mía” me dijo. “Y no quiero que estés distraída en ningún momento”. Me quitó el móvil, lo metió en el bolso y lo dejó lejos de mí, en el sofá. Después se acercó, y me dio un tierno beso. Pude sentir como mordía mis labios con los suyos. No sé la verdad es que… bueno da igual.
– No, qué pasa.
– Es que… mejor no te lo digo, no quiero que te enfades.
– Dímelo. No me voy a enfadar- ya veríamos.
– Pues… no sé. Quizá fuera por el lujo, el momento romántico o el champán… pero estaba un poco cachonda.
– ¿Sí?
– Sí…- Ana vio mi interés, y que no estaba enfadado, de modo que especificó, más tranquila-. Bastante cachonda, en realidad. Desde que me levanté de la mesa en el restaurante sentía las bragas mojadas- eso me excitó. No sé exactamente por qué, ya que mi novia estaba a punto de decirme cómo un millonario se la había follado, pero no pude evitar tener una erección. Ana se dio cuenta-. No me gustaba lo que había hecho y no me caía realmente bien, pero no sé. Estaba bueno, y yo estaba excitada. Y ya con el beso… volvía notar como me mojaba. Hasta me dio coraje que se separara en seguida, y no me metiese la lengua. Tuve que ir al baño para secarme un poco las bragas con papel, porque…
– Cómo era el baño- dije, intentando cambiar de tema, ya que estaba empezando a necesitar una paja.
– Lujoso. Todo de mármol, muchos espejos y un jacuzzi junto a una ventana con vistas impresionantes. No sé, ya estaba empezando a acostumbrarme al lujo. Dorian llamó la puerta, y tras ponerme las bragas de nuevo lo dejé pasar. Se acercó al jacuzzi, y abrió el grifo caliente. Echó también una pastilla de jabón. “Tal vez lo usemos luego, si te apetece”. En realidad estuve a punto de decirle que podíamos usarlo en ese instante si quería, pero me contuve “No sé, ya veremos”.
Yo ya me estaba hartando un poquillo de la seducción que se había montado. Creo que estaba un poco borracha, porque sino no entiendo lo que le dije luego…
– ¿Qué le dijiste?- Ana sonrió, sonrojada
– Me da vergüenza…
– Venga ya- insistí.
– Pues… le dije: ¿Me vas a follar de una vez?- me quedé sorprendido, aunque mi erección aumentó más aun-. No sé, estaba muy cachonda, y quería acabar cuanto antes… – Ana vio mi excitación. Ninguno entendió por qué, pero ella se alegró de que me lo tomara bien y no me enfadase, así que no preguntó, y se limitó a complacerme-. Aunque si te digo la verdad, en ese momento hubiera echado cuatro polvos seguidos…
– Y él qué dijo.
– Sonrió. Yo creo que tenía tantas ganas como yo, y nada más decir eso, se me acercó, me sujetó con una mano la cara, y me besó, metiéndome la lengua. Fue un beso muy largo. Yo me dejé llevar e introduje mi lengua en su boca también. Era muy delicado, sólo me sujetaba por la cadera. Y yo estaba allí súper caliente…- Ana me miró, y vio que la miraba excitado, ansioso-. Lo que tenía ganas era que me tocase las tetas de una vez, o me empezase a masturbar, pero nada. De modo que empecé yo, quitándole la chaqueta, y tirándola al suelo. Luego le aflojé la corbata y se la saqué también. Él continuó besándome, mientras yo le desabrochaba los botones de la camisa.
Cuando terminé, pude ver su pecho. Estaba totalmente depilado, y era musculoso. Eso me excitó más, y le acaricie los pectorales y abdominales, mientras él seguía besándome. Entonces por fin, reaccionó. Llevó sus manos hasta mi cuello, y desató…- me miró picaronamente- el lazo que tú mismo habías hecho y… bueno ya sabes cómo era el vestido- sólo se mantenía por aquel nudo-. Así que al quitarlo, se deslizó hasta el suelo de golpe, y me quedé allí con las tetas al aire. Me dio un poco de vergüenza, porque tenía los pezones duros.
Sin dejar de besarnos, él posó su mano sobre mi pecho, y me lo aplastó con fuerza… tenía las manos calientes, y sentí un escalofrío de placer… Me estaba derritiendo allí mismo. Lo agarré por la camisa, lo acerqué hacia mí, y pude sentir su polla. Estaba súper dura. Me dijo que se la tocara. En realidad no hubiera hecho falta que me lo pidiese… Le desabroché el cinturón, el botón y le bajé la cremallera. Los pantalones cayeron como mi vestido. Llevaba unos bóxer negros, y me sorprendí al ver que su miembro apuntaba hacia arriba, hasta tal punto que se salía por el borde del calzoncillo. Tenía la cabeza, cubierta por el glande, toda fuera. Era bastante grande…
– ¿Más que la mía?
– Bueno… sí, un poco- me excité más aun por eso. Ella se dio cuenta-. Era bastante más larga y más gruesa… pero lo que más me sorprendió era lo dura que estaba.
– ¿Por?
– No sé… Es que estaba como una piedra. No exagero. A ti se te pone tan dura cuando estas a punto de correrte, pero la suya es que estaba así siempre.
– ¿Y qué hiciste?
– Pues nada, le bajé los calzoncillos y se la agarré. Tenía todo depilado, incluidos los huevos y las piernas. Menos mal que yo me había depilado, que sino me hubiera sentido hasta mal. Total, que empecé a subir y bajar mi mano, masturbándolo. Él gemía. Entonces fue cuando me metió la mano dentro de las braguitas, y me tocó el coño. “Estas chorreando…” me dijo. Yo sonreí, y lo masturbé con más fuerza. Él entonces pasó un dedo entre mis labios húmedos, y empezó a rozar mi clítoris. Qué gustazo… llevaba deseándolo toda la noche, y me temblaron las piernas del placer. Casi me corro al instante.
Él debió notar mis espasmos, porque se detuvo, y empezó a desabrocharme los elásticos de la liga, para poder quitarme las bragas. Me las bajó al tiempo que se arrodillaba. Me las sacó por los pies, y se las acercó a la cara, oliéndolas y tocándolas. Me dijo que estaban empapadas, y yo le dije… – dudó un instante-. “Así es como me tienes..”. Él sonrió, y me separó un poco las piernas. Tenía la cara a la altura de mi coño, y yo deseaba que me lo comiera. Estuve a punto de agarrarlo por el pelo y aplastarlo contra mí, pero no hizo falta. El mismo se acercó y olisqueó mi sexo. Me dio un poco de vergüenza, debía de oler muy fuerte. Sin embargo a él le gustó, y tras olfatearlo un poco, dio un largo lametón, desde casi mi culo hasta mi clítoris. No pude evitar gemir.
Lo hizo un par de veces más. Parece que sólo quería saborear mis jugos. Cuando se terminaron, se levantó, agarrándome en brazos, y me llevó a la cama. Me tiró sobre el colchón y se colocó encima. Desde luego no quería perder ni un segundo. Yo abrí las piernas tanto como pude, para que cupiese cómodamente y pudiera penetrarme. Él se apoyó con sus manos a ambos lados de mi cabeza, y pude ver sus brazos tensos y musculosos. Miré hacia abajo, y ví su polla tiesa, posada sobre mi barriga. Acerqué mi mano, la cogí con delicadeza, y la puse en la entrada de mi coño. Él sólo tuvo que empujar, y fue entrando con sorprendente facilidad, para tenerla tan grande. Yo estaba tan mojada que prácticamente la absorbió. Conforme iba entrando, Dorian gemía de placer. Yo también.
– ¿Es mejor sin condón?

– Uff… muchísimo mejor. No sé, es una sensación muy agradable, como cuando te hechas agua calentita ahí… Tenerlo dentro, sentir su calor, todas sus venas y cavidades… Como un escalofrío de placer. Él supongo que debió sentir lo mismo, porque cerro los ojos, y sus brazos temblaron. Yo no dejaba de mirar su polla, y como iba entrando. La metía muy lentamente, y cuando tenía la mitad dentro, pude sentir como había llegado hasta el fondo. Sin embargo el continuó empujando, y… me corrí.
– ¿Ya?
– Si… No sé, era muy grande y larga, sentía que me llenaba por completo, sentía su calor, su aliento… No pude aguantarlo. Y tampoco quise, la verdad. Él debió notarlo, porque se apoyó sobre los codos, para estar más cerca, y me susurró que quería que me corriera muchas más veces. Yo sonreí, lo atraje hacia mí, y lo besé. Ya la había metido entera, así que empezó a embestirme con suavidad. Apoyó su peso sobre el brazo izquierdo para poder tocarme el pecho con su mano derecha. Me besaba el cuello, los hombros, los labios, los pezones… No sé, no dejaba de darme placer en ningún momento. Yo gemía y gemía, y escuchaba el chapoteo de su pene entrando y saliendo.
Le pedí que fuera más rápido, y obedeció. Lo agarré por las nalgas, y lo ayudé en los movimientos. El aceleró aún más, yo sentí como iba a correrme otra vez. El parecía que aguantaba, y lo tenía controlado, de modo que le dije que se corriera conmigo, que quería sentir su semen dentro.
– ¿Eso le dijiste?
– Sí… no sé, era la primera vez que se me iban a correr dentro, y quería saber qué se sentía. Quería correrme mientras él me bañaba por dentro. Él me dijo que avisara cuando quisiera que se corriera. Yo moví mi pelvis hacia arriba, para que la suya rozase mi clítoris, y cuando estuve a punto, se lo dije. “Córrete ya, vamos… ahora…”. Pensé que se lo había dicho muy tarde, porque yo estaba ya en el límite, y no podría aguantar mucho, pero que va. Fue instantáneo. A los cinco segundos de que se lo dijese, empezó a lanzar grandes gemidos, y noté como algo caliente me llenaba por dentro. Con esa sensación me corrí.
– Ah. ¿Te gustó?- me estrujé la polla, cachondo perdido como estaba.
– Si… bastante. Él siguió entrando y saliendo lentamente un ratito más, recogiendo las últimas gotas de placer. Sudaba y jadeaba tras el esfuerzo del polvo. Yo le bese en los labios. “¿Te apetece un relajante baño de espumas en el jacuzzi?” me preguntó. Yo ya no me acordaba del jacuzzi, pero la verdad que cuando me lo sugirió me pareció una buena idea.
– ¿Por qué no le dijiste que te queráis acostar?- pregunté celoso, aunque seguía cachondo-. En fin, era una noche, se entiende que era sólo un polvo. Ya habías cumplido, podías haber acabado la cita ahí.
– Ya cariño pero no sé… No vas a una habitación de miles de euros para dormir. Quería aprovechar todas las cosas que tuviera el hotel. De todas formas, acababa de correrse, no pensé que quisiera volver a hacerlo tan pronto…
– ¿Tan pronto? ¿Cuándo volvisteis a hacerlo?
– Pues… al rato de entrar en el jacuzzi- resoplé-. Venga cariño, no te enfades. Si estás cachondo…- y me agarró el paquete.
– Ya, pero eso no quita que esté enfadado- dije, apartándole la mano, intentando salvar un poco de orgullo. Me tumbé boca arriba, sin mirarla.
Ana se acercó a mí, e insistió. Me desabrochó el botón y me bajó la bragueta de los vaqueros. Entonces metió su mano dentro, y empezó a acariciarme la polla, al tiempo que me besaba el cuello.
– ¿Quieres que pare?-
– No -mi excitación venció a mi enfado-. Pero sigue contándome qué pasó.
– Muy bien. Pues nada, tras sugerirme lo del jacuzzi, se quitó de encima, y se puso de pie sobre la alfombra. Tenía el pene flácido, aunque seguía siendo bastante grande. Le colgaba alguna gotilla de semen. Yo ya sabes que no suelo sudar cuando follamos, pero él sí que estaba chorreando, y me había manchado a mí. Yo tenía todas las tetas y la barriga mojadas, así que pensé que sería buena idea ducharnos. Le dije que sí, y me puse de pie. Entonces noté algo salir de mi coño, como si me estuviera bajando la regla. Me llevé la mano ahí, y noté como unos chorreones de semen salían de mi cuerpo, deslizándose por mis muslos. Era bastante. Dorian sonrió “será mejor que te limpies”. “Anda que no has soltado nada, tenías ganas, ¿eh?” “Llevaba toda la noche acumulando…”
Así que me fui al baño, y me limpié con papel, mientras el encendía los chorros del jacuzzi. Estaba súper guay. Todo lleno de espumas, burbujas y vapor. Luego me quité las medias y el liguero, mientras él entraba en el agua. Después fui yo. Metí primero la pierna. Quemaba un poco, pero me fui acostumbrando y conseguí meterme entera. Era redondo, y tenía unos asientos a media altura. Me senté enfrente de Dorian, delante de la salida de un chorro, que me daba justo en la espalda. Qué gustazo…
Dorian se me acercó con la alcachofa de la ducha, y empezó a mojarme el pelo. Después se puso junto a mí, puso su brazo sobre mis hombros y yo me apoyé en él. Era muy relajante estar allí.
– ¿Y entonces os pusisteis a follar?
– No… primero hablamos un ratillo. Me preguntó si me había gustado lo de antes y eso. Después le pregunté que por qué me había comprado un anillo de compromiso. “Siempre me acuesto con mujeres que tienen pareja. Pero sobre todo me gusta que estén prometidas, o recién casadas. Y como tú sólo tenías novio pues…” “Eres un pervertido” le dije. “¿Siempre pagas a las mujeres para que se acuesten contigo?”. “No, a veces ellas mismas le ponen los cuernos a sus parejas voluntariamente. Pero tú eras una chica decente y fiel, de modo que tuve que sobornarte”. En ese instante me sentí excitada. No sé por qué, me sentí como una puta… y sin embargo me gustó. Era excitante esa sensación.
Fue entonces cuando follamos. No sé si notó que estaba cachonda, o simplemente es que lo estaba él, pero guió mi mano por debajo del agua hasta su polla. Como estaba todo lleno de burbujas no lo había visto. Estaba de nuevo como una barra de hierro. “¿Otra vez?” exclamé “Pero si acabamos de hacerlo… El trato era una noche.” “Así es. Y la noche aún no ha acabado. Quiero follarte muchas más veces hoy. Cuando pago a las mujeres me gusta que hagan todo lo que les digo. Y ahora quiero follarte”. Eso me puso a tope. Le agarré la polla y empecé a meneársela. Él me agarró por el cuello, me atrajo hacia él y me metió la lengua hasta el fondo.
Todo fue muy rápido. En un momento el me agarró por debajo de los brazos, y me llevo al otro lado del jacuzzi. Me hico apoyar las rodillas sobre el asiento y los antebrazos en el borde, dejando las tetas colgando fuera de la bañera. El pelo mojado se me había quedado pegado a la espalda, y la espuma me resbalaba por todo el cuerpo. “Esto te va a encantar” me susurró al oído. Acto seguido, se puso detrás de mí, y me penetró. Noté como entraba también un poco de agua caliente, lo que me puso más cachonda aun. Pero lo mejor vino después. Dorian metió la mano debajo del agua, y no sé qué hizo con un chorro de agua, que lo apuntó hacia mi coño. Salía a presión, y me daba justo en el clítoris. Después me agarró por las caderas y empezó a embestirme. Era una sensación increíble. No recuerdo haber sentido tanto placer en mi vida…
– Para, que me corro- dije, quitándole la mano a Ana de mi polla. Estaba súper cachondo, y necesitaba un descanso.
– ¿Tan cachondo estás?- me preguntó mi novia-. No lo entiendo. ¿No debería molestarte esto? En fin, te estoy contando como me he tirado a otro tío.
– A ver, enfadado estoy… – tenía un revuelto de sentimientos-. Pero también estoy muy cachondo. No sé, la forma de contarlo, imaginarte follando… No es una infidelidad en plan… que quieras dejarme o que te hayas enamorado de otro. Eso sí me dolería pero esto… sé que no sientes nada por él, y no sé. Es como cuando veo nuestros videos follando. Me excita verte follar, pues esto igual. Me excita imaginarte follando.
– Si bueno, pero esto no es lo mismo- replicó-. En los videos follamos tú y yo. Aquí es otro el que me folló. Ha sido otro tío el que me ha besado, me ha acariciado, me ha tocado los pechos… ha estado encima mía, me ha penetrado, me ha lamido, ha probado mis jugos… y lo ha hecho contra tu voluntad, y sin que tú pudieses hacer nada por evitarlo – cuanto más hablaba más me ponía-. Deberías estar celoso.
– Si celoso estoy… pero no sé… Bueno de todas formas la puta aquí eres tú, así que no sé qué tienes que echarme en cara- me mosqueaba que me excitara, pero más que ella me lo recordara. No insistió.
– Está bien. Vamos a seguir, ¿vale? Aún queda mucha noche…- esto último lo dijo sonriente, a sabiendas que me excitaría. Sin duda, en un día normal, se hubiese enfadado porque no me molestase lo que me estaba contando. Pero ese día, ella tenía más delito encima que yo. Ninguno éramos santos, así que lo mejor era perdonarnos mutuamente y no hablar del por qué.
Así que estuvimos allí dándole un rato. Me corrí dos veces. Me quedé lo más quieta que pude, para que el chorro siguiese dándome en el coño, y Dorian se encargaba de penetrarme con fuerza. Estaba creando pequeñas olas, y el agua se derramaba. Sonaba el chapoteo y sus golpes contra mis nalgas. De vez en cuando me agarraba por detrás, y me abrazaba, tocándome los pechos, y besándome la espalda. Estuvimos cosa de 10 minutos, cuando empezaron a dolerme las rodillas. Entonces le dije que terminase, y se corrió.
Luego salimos. Él desconectó el jacuzzi y le quitó el tapón, para que se fuera vaciando. Yo me limpié un poco el coño con agua, para que saliese su semen. Después nos secamos con unos albornoces, y volvimos a la habitación. “Ponte tu pijama, ¿no?” me dijo Dorian, pasándome la camisola. Le dije que necesitaría unas bragas nuevas y me dijo que mandaría a alguien a comprarme ropa por la mañana, que esa noche no iba a necesitar nada más. Él se puso un pijama de seda.
– ¿Te quedaba bien?
– Sí. Era bastante sexy. Y a Dorian también le gustó, porque se puso cachondo de nuevo.
– ¿¡Otra vez!?
– Si, pero esa vez no follamos. Me comentó que lo había excitado con esa ropa, y yo le dije que acabábamos de follar, que me dejara descansar un poco. “Esta noche eres mi puta. Y harás lo que yo te diga”. Tío, eso me puso súper cachonda. No sé, cada vez que me llamaba puta me mojaba. Y lo peor es que él lo sabía. “Ahora que lo pienso… aun no has probado mi semen. Me apetece que me la chupes”.
Le dije que no, que le había prometido a mi novio que no se la chuparía, pero insistió. “Está bien. Te pagaré medio millón más”. Uf… tío yo no sabía qué hacer. Es que era medio millón, estaba tela de cachonda y al fin y al cabo tampoco era para tanto…
– Y aceptaste.
– Sí…
– Joder. ¿No se puede confiar en ti o qué? Para una cosa que te pedí…- me había mosqueado, pero no podía evitar excitarme. Al entrar en casa, me había besado… y unas horas antes, había estado chupándole la polla a otro tío… Qué ganas tenía de correrme ya, y poder pensar de una vez con la cabeza. Necesitaba enfadarme con ella, y dejar de ponerme cachondo porque me hubiera puesto los cuernos.
– Anda, no te enfades… – y se me acercó. Me agarró la polla, dura como una piedra. Me la empezó a menear-. ¿Quieres que pare?
– No…
– ¿Me perdonas?
– Anda, sigue contándome.
– Pues nada, le dije que sí. “Si ya sabía yo que eras una puta. Te pago y haces lo que yo quiera. Ahora chúpamela”. El cabrón sabía cómo ponerme cachonda. Le bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, abrió el ciel de lit y se sentó en la cama. Yo me puse de rodillas sobre la alfombra, y me coloqué entre sus piernas. En realidad la tenía flácida. Así que tuve que empezar desde cero. Le bajé el prepucio y me la metí entera en la boca. Él lanzó un suspiro. La dejé dentro un rato, y noté como se fue hinchando. Luego la saqué y la metí un par de veces y ya la tenía de nuevo como el acero. “Será mejor que te quites eso. Vas a babear bastante, y no es plan de mancharlo”. Me quité la camisola y me quedé en pelotas delante suya. Él estaba mucho más alto, y en aquella posición, me sentía sumisa y humillada. Me ponía cachonda. Lo masturbé un poco con la mano, pero me la apartó “No me toques. Te voy a dar medio millón para que me la chupes. Sólo quiero sentir tu boca. Más vale que merezca la pena, porque sino no te lo daré. Espero que me hagas algo que valga medio millón de euros”.
Obedecí. Así era más complicado, porque de vez en cuando se me salía y me manchaba la cara de saliva. La verdad es que terminé con toda la cara babeada. Encima estaba sentado, y todo el movimiento lo tenía que hacer yo. Lo hice lo mejor que pude. Tuve cuidado de cubrir bien mis dientes con los labios y tener siempre la boca llena de saliva. Eso hacía que tal como dijo él, se me fuera saliendo y me empezaran a colgar unos enormes hilos de baba espesa de la boca, que al final terminaban o en la alfombra o en mi pecho. Como los chorreones me resbalaban por las tetas, se me ocurrió una idea. “Iba a hacerte una paja a la cubana… pero como has dicho que no te toque…” le dije. Sonrió. “Me gusta que tengas iniciativa, puta. Está bien, con las tetas sí puedes tocarme”. Así que me agarré las tetas y aplasté su polla entre ellas. Se la meneé, lo masturbé, se la restregué por mis pezones… cuando se secaba, volvía a chupársela.
Todo el movimiento lo tenía que hacer yo con el cuello, lo que me obligaba a hacerle una paja lenta. No conseguía hacer que se corriera. Lo máximo que conseguía era arrancarle un gemido, metiéndomela hasta el fondo de la garganta. Sé que eso a ti te da mucho placer cuando te lo hago… Pero no es suficiente para que llegase al punto. Así que debía seguir chupándosela, de forma lenta, lenta. Como además acababa de correrse dos veces casi seguidas, pues tardó un montón en terminar. Estuve chupándosela por lo menos 45 minutos. Yo estaba cachonda, y de vez en cuando me masturbaba, utilizando mi propia saliva, que iba cayendo sobre mis muslos. Por fin, al cabo de una hora casi, se corrió. Me agarró por el pelo y me la metió casi entera. Después de tanto tiempo mamándosela, ya me entraba bastante, sin que me diesen arcadas. Una vez bien profunda, se corrió, lanzándome varios chorros directos a la garganta gimiendo escandalosamente. Temblaba. Parece que la técnica de la paja lenta es cierta- al parecer, si haces una paja de una forma lenta y constante, tardas muchísimo en correrte, pero con todo el placer acumulado, el orgasmo final es muy superior. Lo habíamos intentado varias veces, pero yo al final siempre me hartaba y le decía que lo hiciera rápido- Después la sacó e hizo que chupara las últimas gotillas que le salían. El semen me lo tragué tal cual. Tenía tanta saliva en la boca que casi no noté su sabor.
“No ha estado mal. Te daré tu medio millón, zorra”. Se subió los pantalones, se metió en la cama y cerró la cortina. Yo me quedé allí de rodillas como en plan… bueno, ¿y yo qué? ¿No se te olvida algo? Estaba bastante cachonda, y quería que me comiera el coño, no lo había hecho en toda la noche. Apenas me había dado un par de lametones. “¿No vas a hacerme nada?” le pregunté. “¿Yo? Perdona, he sido yo el que te ha pagado. Tú eres la puta. No estás aquí para disfrutar. Estás aquí para complacerme”. Y se quedó allí tumbado con todo el morro. Claro, yo cachonda como estaba, pues me jodió bastante. Pero bueno, me limpié con el albornoz, me puse la camisola y me acosté a su lado, totalmente insatisfecha.
– Bueno, ¿y a qué hora os despertasteis? ¿Cuándo me diste el toque?
– Pues… no… A las 4.
– ¿A las 4 os levantásteis?
– No…. A las 4 nos despertamos. No para levantarnos cariño- entonces comprendí-. Yo estaba dormida, pero algo me despertó. No sé, un cosquilleo. Cuando abro los ojos, veo que está todo oscuro, pero hay algo entre mis piernas. Me di un susto al principio, pero luego noté que era Dorian. Estaba comiéndome el coño, y el placer me había despertado. Me había subido la camisola hasta el ombligo, y no dejaba de chuparme. “¿Creías que te iba a dejar así? Vamos, no soy tan cruel…” dijo. “Cállate y sigue” y le volví a pegar la cabeza contra mi coño.
Intenté aguantar todo lo que pude, para que Dorian que estuviera entre mis piernas tanto tiempo como yo había tenido que estar chupándosela, pero no hubo manera. Lo hacía muy bien, yo no dejaba de templar y aguanté nada más que 5 minutillos. Tras notar que me había corrido, se puso encima y cuando creí que iba a besarme, ya para acostarse, noto que me la mete de golpe. Sentí un escalofrío y me dolió, ya que acababa de correrme y aún tenía eso muy sensible… Pero a él no le importó mucho mi queja, y empezó a embestirme, sujetándome los brazos por encima de la cabeza, impidiendo que me moviese. Al cabo de un ratillo empecé a disfrutar yo también.
Éste fue el polvo más largo que echamos. Estuvimos un buen rato, y lo hicimos en diferentes posturas. Cuando se le cansaron los brazos de estar encima mío, se tumbó junto a mí, me levantó la pierna y me penetró de lado. Yo me corrí un par de veces.
– Y qué te hacía. Sé más precisa- Ana seguía masturbándome lentamente, para que no me corriese.
– Pues no sé… esta vez no me echaba mucha cuenta, estaba más pendiente de disfrutar él. Iba a su bola, al ritmo que le apeteciera, y ya está. Me besaba, me lamía los pechos y el cuello cuando le apetecía… alguna vez me pellizcó los pezones… Vamos, que me usó como le dio la gana, como si fuera un objeto. Una cosa con la que disfrutar. Yo me dejé hacer. En realidad no me importó demasiado, disfruté bastante.
Al cabo de 20 minutos me hizo ponerme encima, para que acabara yo el trabajo. Hasta me hizo sudar. Me tuve que mover yo todo el tiempo, y al final acabé empapada como él. Pero no sé, bote, cabalgué, lo besé mientras me masturbaba a mí misma. Estábamos rodeados por la tela esa, aislados, y molaba bastante. Me quitó las tirantas de la camisola, para ver bien mis tetas botando. Acabé antes y luego estuve clavándome su polla hasta que se corrió dentro de mí. Luego nos separamos, y dormimos.
– ¿Esta vez sí hasta por la mañana?
– Sí, esta vez sí. Dorian me despertó sobre las 10. Me tenía preparado un el desayuno junto a la cama, y ropa nueva en el sillón. Dijo que había pedido que lo trajeran todo. Tras desayunar nos duchamos. Me había dicho que cogeríamos el avión a las 12, pero al final decidió ducharse conmigo y… acabamos follando de nuevo.
– Joder.
– No sé… era ya el último, me insistió… y yo también tenía ganas, la verdad- añadió dándome un apretujón en la poya-. Lo hicimos de pie, debajo del chorro caliente de agua… Yo me incliné un poco y levanté la pierna, apoyándola en el borde de la bañera, y él se colocó detrás, y me la metió. Poco más que decir…
– ¿Y tanto tiempo estuvisteis que no os dio tiempo a coger el avión?
– No, estuvimos un cuarto de hora o así. Pero como luego nos duchamos bien, y como estaba cansada de haberme apoyado todo el rato sobre una pierna, nos tumbamos un rato en la cama. A eso de las 12 ya me vestí y fuimos al aeropuerto.
En el avión no pasó gran cosa. Me eché una cabezadita en el sofá. Cuando llegamos, nos recogió la limusina, y pasamos por el banco para asegurarme de que los 2 millones estaban allí, y ya se habían transferido por completo.
– Aham. Y luego vinisteis a casa. Nada interesante por el camino, ¿no?
– Bueno… no exactamente.
– A qué te refieres. No os pondríais a follar en la limusina, ¿no?- dije riendo. Ana miró hacia abajo, con una sonrisa-. Venga ya…
– Es que… Ya me había dado el dinero el dinero, estaba muy contenta… Íbamos camino de casa cuando me dijo “Bueno, ahora que ya tienes el dinero, y sabes que no te lo voy a poder quitar… No querrás follar conmigo una última vez, ¿no? Si lo hicieras, serías una auténtica novia indecente e infiel. No tendrías ninguna excusa…” No sé, y me puse cachonda… Y acepté.
– Qué guarra eres.
– Si, un poco- dijo, sonriendo-. Así que nada, Dorian se bajó los pantalones, se sentó en el sillón con las piernas abiertas y yo me puse delante, de espaldas a él. Luego me senté encima de su polla, clavándomela. Como llevaba falda, tan sólo tuve que apartarme un poco las bragas hacia el lado, y dejar mi agujero libre. Él me agarró por las nalgas y me ayudaba a subir y bajar.
…y… si te digo la verdad…- Ana estaba indecisa acerca de esto último. No sabía si contarlo, temía pasarse. Al final se atrevió-. El trayecto fue muy corto y como empezamos ya casi llegando… el conductor tuvo que aparcar en el portal un rato hasta que terminamos… Vamos que me has tenido follando con otro tío a dos metros y tú sin saberlo-. Ana acertó al contarlo. Toda la sangre se me fue a la polla. No recuerdo haber estado tan cachondo en mi vida…- Dios, se te ha puesto súper dura… – me dijo Ana sonriendo y me soltó la polla para que no me corriera-. Así que eso, estuvimos unos 10 minutos abajo follando, y cuando se corrió, me puse bien la ropa y me bajé. Antes me dio una tarjeta, con su nombre y su teléfono “Si alguna vez necesitas dinero, llámame. O si lo que necesitas es sexo, también puedes llamarme”. Yo la cogí y me fui.
– Qué cabrón, Qué morro tiene- entonces caí en una cosa. Si lo habían hecho en la limusina, justo antes de entrar… Eso significaba que lo habían hecho hacía nada, y sin condón… Y Ana no se había duchado-. Pero… eso significa que… ¿tienes aun su semen dentro?- pregunté, ansioso.
– Sí… Pensaba ducharme nada más llegar así que…- yo estaba a punto de explotar.
– ¿En serio? Estás irreconocible…
Ana sonrió, picarona. Se subió la falta hasta el ombligo, y dejó ver sus braguitas negras.
– ¿Quieres descubrir a qué sabe el semen de un multimillonario, cariño?- dijo sonriendo.